Hay
vidas que necesitarían varios siglos
para poder desarrollar todo el inmenso potencial
que atesoran. Vidas que nunca dejarán
de sorprendernos, por mucho que se escriba,
se diga, se investigue...
Vidas que definen una época, una
generación y todo un movimiento y
que resultan capitales para que las nuevas
generaciones entiendan los porqués
de quienes vivieron antes que ellos.
Éste es el caso de John
Allen Hendrix, más conocido
como Jimi Hendrix. Su virtuosismo
con la guitarra elevó dicho instrumento
y a la música misma a unos estadios,
impensables hasta entonces. Daba la sensación
de que aquel desgarbado y enjuto músico
estaba dotado de una especie de halo mágico,
capaz de transformar las notas musicales
en un lenguaje desconocido por los humanos
hasta el momento en el que Hendrix decidió
enseñárselo al mundo.
Sólo una persona como él
pudo ofrecer un concierto la misma noche
en la que se conoció que un demente
había asesinado al Dr. Martin
Luther King. Todo estaba en su
contra. El ambiente previo al concierto
no podía ser más tenso e inapropiado.
Sin embargo, Hendrix subió
al escenario, aquel 18 de abril de 1968
y rindió uno de los más sentidos
homenajes de cuando se dedicaron al Dr.
King. Por un momento, todos
los asistentes escucharon las palabras de
King cuando afirmaba que
había tenido un sueño donde
todos serían, al final, libres.
La vida de Jimi Hendrix comenzó
el 27 de noviembre de 1942 en Seattle, Washington.
Allí pasó sus primeros años
viviendo con su madre y con el resto de
sus parientes mientras su padre estaba en
el ejército. Sería este último
quien le comprara su primera guitarra con
tan sólo 11 años. Se puede
decir que fue amor a primera vista, dado
que el niño comenzó a desgranar
notas y acordes de una manera considerada
por él mismo como MAGIA.
Tras su paso por el ejército –siguiendo
la tradición familiar-, Hendrix
decidió que su futuro pasaba por
el mundo de la música y emprendió
una carrera que lo convirtió en el
guitarrista más grande de su época
y uno de los mejores de todos los tiempos.
Hendrix fue un músico
que nunca dejó de experimentar y
centró su vida en encontrar nuevos
sonidos, fusión de estilos y experiencias.
No obstante, la vida de Hendrix
estuvo condicionada por una industria –la
musical- la cual fagocita a sus estrellas
con la misma facilidad que las pirañas
devoran a sus presas, y por sus ansias de
encontrar un poco de tranquilidad en una
época dominada por los cambios drásticos
y las tensiones sociales.
Su traslado a Inglaterra sería
capital para que Hendrix
madurara como músico.
Después llegaron sus memorables
interpretaciones en directo, algunas tan
míticas que hoy forman parte de la
leyenda de la música. De entre ellas
hay dos que destacan por encima de las otras.
Por un lado está su interpretación
en el festival de Monterrey, California,
en verano de 1967. Allí estaban The
Who, Janis Joplin, Otis
Redding, el músico hindú
Ravi Shankar, entre otros
muchos. Sin embargo, Hendrix
brilló con luz propia, no sólo
por la notas que desgranó su guitarra
sino porque al terminarla decidió
incendiarla –en medio de un ritual
de luces, notas y éxtasis creativo-
en señal de agradecimiento al público.
El segundo momento para la historia sucedió
dos años después, en el no
menos mítico recital de Woodstock.
En él, a las ocho y cuatro minutos
de la mañana del día 18 de
agosto de 1969 Hendrix
interpretó la primera versión
del himno americano –Barras y Estrellas-
acompañado de su guitarra eléctrica.
Aquel símbolo unificó el
espíritu contestatario y contracultural
de la época y al país que
estaba sufriendo aquellos cambios, gracias
a una persona que por entonces ya ostentaba
el título de mejor guitarrista de
la historia.
La empresa juguetera McFarlane
Toys ha inmortalizado ambos momentos
dentro de su colección dedicada a
grandes cantantes y grupos musicales. La
primera, reproduce el momento que Hendrix,
en plena actuación, enciende su Guitarra
Fender Stratocaster sobre el escenario del
festival de Monterrey.
En la segunda, la figura de McFarlane
Toys atrapa el momento en el que
Hendrix levanta su mano,
formando con sus dedos el signo de la paz,
antes de entonar las notas de un himno que,
en aquellos momentos de luchas -dentro y
fuera de Norteamérica- había
perdido mucho de su sentido.
Esta figura del festival de Woodstock
se puede encontrar en dos versiones –aunque
recomiendo la versión en caja de
lujo- y atrapa de una manera increíble
el aspecto y la expresión de la cara
de Hendrix, con lo que
nos hace dudar de si estamos antes una fotografía
real o ante una figura en tres dimensiones.
En octubre de este año la empresa
tiene anunciada la salida de una reproducción,
en tres dimensiones, de la portada del disco
The Jimi Hendrix
Experience, el cual fue comercializado
en agosto de 1967 y que catapultó
al artista al Olimpo de los más grandes.
Después de las actuaciones comentadas,
Hendrix regresó
a Inglaterra y continuó con más
recitales, entre ellos el concierto del
Festival de la isla de Wright.
A finales del verano de 1970, Hendrix
estaba grabando su cuarto álbum,
Fist Rays of the
new rising sun en Londres, el cual
se pensaba que terminaría siendo
un álbum doble por la gran cantidad
de canciones planeadas.
En esos días el músico buscaba
profundizar en el jazz y el blues, en un
intento por fusionarlos con su personal
estilo. Pero en la madrugada del 18 de septiembre,
Jimi Hendrix ingirió
una mezcla de pastillas para dormir y alcohol
y falleció por aspiración
de su propio vómito. La causa real
de la muerte continúa sin estar clara,
pero lo que sí se sabe es que el
músico no murió por causa
de las drogas duras –tal y como vocearon
los medios de comunicación de la
época-.
Sea como fuere, Hendrix,
al igual que otros compañeros de
generación -en especial Janis
Joplin y Jim Morrison-
vieron truncadas sus vidas por un mal viaje.
Siempre quedará en el aire lo que
hubiera sido capaz de lograr un músico
del talento de Hendrix
si no hubiese fallecido de manera tan prematura.
Hendrix es, ante todo,
música y sonidos. Y también
imágenes. Aquellas que definieron
su momento y lugar en este mundo. Por ello,
nada mejor que el formato gráfico
para contar una vida entremezclada con la
leyenda y el mito, a parte iguales.
Voodoo Child
nació de la imaginación de
Martin I. Green, Bill
Sienkiewicz, Jeff Young
y el mismísimo Will
Eisner –quien trabajó
de asesor creativo-. La obra, publicada
hace ya una década, ha sido reeditada
en España por la editorial Glénat
en una apuesta por rescatar grandes clásicos
del Noveno arte y ofrecerlos a las nuevas
generaciones.
La cuidada edición de Glénat,
la cual contó con Bill Sienkiewicz
como padrino en el pasado Salón
Internacional de Cómic de Barcelona,
ilustra la vida de Hendrix
apoyada en el grafismo que sólo un
genio como Sienkiewicz
es capaz de plasmar en una hoja de papel.
Además, la obra está salpicada
por multitud de fragmentos de la canciones
de Hendrix, definitorias
de la mente y el alma del artista.
Misticismo, magia, leyenda, amor, odio,
creación y música impregnan
cada una de las 128 páginas que forman
la obra.
Voodoo Child
no es –ni lo pretende- una biografía
al uso, sino una suma de experiencias, que
unidas, definen la personalidad y la obra
de Hendrix.
"Su vida estuvo rodeada por una
magia que traté de juntar en cada
página. Sé que es difícil
lograr que un cómic tenga sonoridad,
pero todos los que trabajamos en Voodoo
Child intentamos que quien lo leyera,
pudiera escuchar la música de Jimi
mientras tenía delante el cómic".
Son palabras de Sienkiewicz,
comentadas mientras compartimos mesa y entrevista
en Barcelona.
Obra imprescindible para todos los amantes
del Noveno arte en general y de
Bill Sienkiewicz en particular,
Voodoo Child demuestra
que el Noveno arte puede narrar cualquier
tipo de historia, siempre y cuando se cuente
con el talento de artistas como los responsables
de esta obra.
Para aquellos que gusten de conservar objetos
relacionados con el mítico cantante,
la empresa SD Toys acaba
de lanzar al mercado español cuatro
fieles reproducciones de las míticas
guitarras eléctricas Fender.
Dichas guitarras, de unos 20 centímetros
de tamaño, reproducen de manera fiel
cada uno de los detalles de los reconocidos
instrumentos. Además, cada modelo
ofrece la posibilidad de apretarles las
cuerdas como si tratara de una guitarra
de verdad, dándole un marchamo de
calidad al producto.
De los cuatro modelos comercializados
hasta ahora –además de las
Fender Telecaster, Fender Jazz Bass y Fender
Precision Bass- se encuentra la Fender Stratocaster,
modelo que utilizara el propio Hendrix
a lo largo de su carrera.
La novedosa iniciativa de SD
permite conservar una pequeña parte
del legado de Hendrix sin
necesidad de desembolsar las astronómicas
cantidades que se piden por una Stratocaster
a tamaño real. El que la iniciativa
provenga de una empresa española
le da, si cabe, un doble valor.
Agradezco a la editorial
Glénat, a S.D. Distribuciones y al
propio Bill Sienkiewicz las facilidades
dadas para la escritura de este artículo.
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