¿Qué
puede tener de malo componer una nueva melodía
o descubrir un nuevo color? En principio,
nada. Es más, cualquier descubrimiento
que ayude al desarrollo intelectual y espiritual
de las personas –al referirnos a dos
facetas, la música y arte, directamente
relacionadas con dicho desarrollo- siempre
es bueno. Lo que a buen seguro no estaba
en el pensamiento de Félix,
el músico, y de Azul, la
pintora, es que su aportación traería
consecuencias del todo impensables.
Todo comienza en la ciudad de Buenos Aires,
en un ambiente oscuro y gris, preludio de
lo que luego pasará. En aquel escenario,
el mundo artístico está de
enhorabuena por el descubrimiento de un
nuevo e indefinible color –ultramar-
por parte de Azul, una joven y
prometedora artista. Todos los que acuden
a ver sus obras quedan atónitos,
pero encantados con el nuevo pigmento. Sólo
una persona conoce el secreto de lo que
allí se muestra, pero callará
el secreto para ella.
Mientras esto ocurre, Félix
un solitario músico y compositor,
lleva más de una jornada tocando
la misma melodía, una y otra vez
sin reparar en ello. Ya se sabe que los
creadores son así. Sin embargo, esta
vez es distinto. Todo es diferente en la
ciudad y buena prueba de ello es la lluvia
carmesí que comienza a empapar las
calles de la ciudad.
Es sólo el preámbulo de la
llegada de Legión; Legión
es su nombre, legión de las sombras,
legión de la muerte... Legión.
Después todo se precipita, como
en un violento thriller urbano donde los
humanos son las víctimas de quienes
han logrado llegar hasta nuestro mundo para
reclamarlo. No hay tiempo para pensar, sólo
se puede huir y rezar para que las huestes
recién llegadas no te capturen.
Sin embargo, tanto Azul como
Félix son las piezas fundamentales
de un engranaje mucho mayor y que tiene
como lugar de finalización el dantesco
edificio reproducido por la pintora en su
obra. Es la hora de que el arte se convierta
en una fuerza destructora y su representante
sea Azul, proclamarán los
recién llegados.
En Legión
se mezclan ritos arcanos, colores prohibidos,
construcciones de pesadilla y la llegada
de un nuevo estadio en la vida de nuestro
mundo. Y todo gracias al trabajo de Salvador
Sanz (Gorgonas,
2004), artista argentino que con esta obra
irrumpe con una tremenda energía
en el mundo del noveno arte español.
Sanz -dibujante, animador
y editor de revistas especializadas en el
mundo del cómic- demuestra su capacidad
para teñir las páginas de
su historia con un juego de luces, sombras
y colores, ideales para transmitirnos el
estado de ánimo de los personajes
y de la propia situación.
La narración, por su parte, transcurre
entre negros, grises, ocres, rojos, naranjas
y azules, dispuestos en una sucesión
de momentos anímicos de los protagonistas.
Otro acierto es su capacidad para contarnos,
de manera cinematográfica, la huída
de los personajes por la calles de una ciudad
transformada en la antesala del infierno
descrito por Dante. Su
planificación de página y
los distintos ángulos en los que
están dispuestas la viñetas
discurren como si se trataran de fotogramas
de una película cualquiera. Todo
para llevarnos en volandas hacia un final
tan terrible como seductor.
Las últimas páginas -llenas
de un barroquismo que recuerda a las producciones
cinematográficas del Expresionismo
alemán o las composiciones de H.R.
Giger para Alien-
nos darán el mazazo final al comprobar
cuáles han sido las verdaderas causas
de todo lo que hemos estado presenciando
hasta ahora. Nada sobra en una narración
medida y calculada para llevarnos hasta
donde su autor quiere, aunque no siempre
podemos encontrarnos con un final feliz.
Impactante, sobria, atractiva y difícil
de digerir, Legión
es una obra que no deja indiferente al lector,
deseando conocer más detalles, una
vez que se llega a su final... si es que
realmente estamos asistiendo a su final.
Agradezco a la editorial
Ivrea las facilidades dadas
para la redacción de este artículo.
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