El martes 22 de abril del año
2003, efectivos de la tercera división
de infantería del ejército
de los Estados Unidos abatieron, mientras
patrullaban la ciudad, a cuatro leones
escapados del zoológico de Bagdad.
Los ejemplares, un león, dos leonas
adultas, y una cría fueron avistados
por los soldados y, al comprobar que dos
de estos animales comenzaban a correr
en su dirección, descargaron el
fuego de sus armas sobre ellos.
Estos leones escaparon, junto con
más de un centenar de animales,
de las instalaciones del parque zoológico
de la ciudad, tras los bombardeos de la
aviación estadounidense. Así
mismo, en las calles de la ciudad, se
encontraron cerca de una docena de briosos
caballos de pura raza, pertenecientes
a las cuadras privadas del, hasta entonces,
líder del país, Saddam Hussein,
y otros animales, pertenecientes a la
reserva privada de Uday, hijo del dictador.
Fuentes consultadas:
CNN y BBC World en su versión digital.
Ahora, por un momento, piensen en las motivaciones
que recorrieron las mentes de estos leones,
los cuales abandonaron, bruscamente, sus
jaulas para salir hacia una libertad totalmente
incierta y que no les acababa de convencer,
por lo menos a Safa, una leona
ya entrada en años.
Para ella, la vida en libertad no le reportaba
buenos recuerdos. Es más, su ojo
ciego –tras un enfrentamiento con
un pendenciero macho- se alzaba como un
recordatorio de los peligros que el mundo
exterior podía esconder.
Frente a su visión se encontraban
los deseos de libertad de Zill,
un macho que a duras penas recordaba lo
que era un atardecer en libertad, y Noor,
una joven leona, madre de Alí,
que llevaba tiempo tratando de llegar a
un acuerdo con otros animales para abandonar
aquella prisión.
Poco podía pensar Noor
que la libertad que ansiaba para su hijo
llegaría de mano del animal humano
–de la misma raza que quienes se encargaban
de cuidarles, cada mañana- a lomos
de unos estridentes y destructivos pájaros.
Después, tras unos momentos de asombro
y cierto estupor, la libertad estaba al
alcance de su mano.
Poco importó la sentencia de la
vieja Safa en relación a
lo sucedido: "La libertad no se
otorga, es algo que se debe ganar".
Aquélla era la oportunidad que estaban
esperando y no era cuestión de desaprovecharla.
Lejos de las rejas y las paredes de las
jaulas, el mundo exterior se abrió
ante ellos como un lugar inhóspito
y lleno de referentes y misterios que no
poseían ningún valor para
los recién llegados. Incluso, sus
encuentros con otros animales, como la tortuga
que emerge procelosa del río Tigris
para reclamar su espacio, les pinta un panorama
nada halagador. Ésta les cuenta la
verdadera realidad que se esconde tras el
mal llamado “animal racional”,
el responsable de la muerte de toda su familia.
No obstante, por si les quedaba alguna
duda, las divisiones acorazadas de la guardia
republicana iraquí -asolando el terreno
a su paso y todo lo que sobre él
pudiera encontrarse- se encargan de demostrarles
lo poco apetecible que puede resultar su
nuevo escenario.
De todas maneras, donde el cambio se torna
más radical es en las desiertas y
destrozadas calles de la capital del país,
llenas de los escombros de un sistema que
poco pudo hacer frente al avance de la maquinaria
bélica de los Estados Unidos.
En los pocos edificios que aún
se mantienen en pié, el grupo de
felinos se encontrará con la versión
“animal” del régimen
de terror liderado por Saddam Hussein
–simbolizado en Rashid, el
león escuálido y torturado,
y Fafer, el enorme oso pardo que
ahora ejerce como líder del desierto
palacio presidencial-. Ambos son una recreación
de los comportamientos del desaparecido
dictador, aunque muy bien podrían
simbolizar los atropellos cometidos por
las tropas americanas contra los prisioneros
iraquíes, tras el fin de la contienda.
Al final, la ansiada libertad, prometida
durante los momentos previos a la invasión,
se tornó en una nueva manera de sumisión
y control sobre la población del
país. Cambiaron los colores de las
banderas, pero no las intenciones para con
los habitantes del lugar, se podría
concluir.
La salida del palacio, tras el enfrentamiento
con Fafer, significará el
comienzo del final de la escapada para el
grupo de felinos, incapaces de oponerse
al avance de la civilización, simbolizada,
ésta, en las tropas de ocupación.
Sólo les quedará tiempo para
poder contemplar el atardecer… ¿en
libertad?
Los leones de Bagdad
(Pride of Baghdad),
novela gráfica creada al alimón
por el reconocido guionista Brian
K. Vaughan –responsable de
Y: the last man
y Ex machina-
y del dibujante Niko Henrichon,
conocido por su trabajo en Barnum;
agente secreto en el siglo XIX, se
nos presenta como una de las más
impactantes propuestas llegadas al mercado
gráfico.
Publicada bajo el sello Vertigo
de la editorial DC Comics,
y ahora publicada en España por Planeta
DeAgostini, Los
leones de Bagdad da toda una vuelta
de tuerca a la visión que hasta ahora
teníamos del inacabado conflicto
que todavía se libra en Irak.
El que los protagonistas sean unos leones,
acompañados de otras especies como
monos u osos, en nada los termina diferenciando
de animales como los humanos.
Las experiencias que, calladamente, recuerda
Safa mientras la libertad llega en forma
de caza-bombarderos F-18, no es muy distinta
que la de muchas mujeres en demasiadas partes
del mundo actual. Su ojo ciego bien pudiera
formar parte de los rostros de las mujeres
desfiguradas por los efectos del ácido,
víctimas del enfermizo comportamiento
de los varones con los que conviven.
Las dudas ante el incierto futuro, la supervivencia,
a costa de la libertad –todo un símil
de la vida bajo los efectos de un sistema
dictatorial- o la lucha a muerte contra
un enorme y pendenciero oso, el cual parece
haber copiado los comportamientos de sus
captores, son estampas que nos sirven para
identificar la realidad, anterior y actual
de un lugar como Irak.
En aquel nuevo escenario, sólo
sobreviven los mejores, los más aptos,
los mejor armados. Y, a pesar de ser considerados
como el símbolo que defenderá
a la ciudad de cualquier mal, los felinos
no son rivales para quienes marchan con
paso firme por las calles y los tejados
de la ciudad.
En cuanto a lo que concierne al realista
y naturalista grafismo que impregna cada
una de sus páginas, éste está
puesto al servicio de la narración,
como si se tratara de una crónica
periodística sobre lo que les ocurrió
a aquellos leones escapados del zoológico
de Bagdad. Henrichon ejerce
de cámara subjetivo, fotografiando
las andanzas del grupo y parándose
en algunos detalles que, raramente, se han
podido ver en las pantallas y en los diarios
de todo el mundo.
Su realidad está tomada a pie de
calle, al nivel mismo del suelo, donde ningún
decorador la puede embellecer ni alterar.
Obra intensa, de obligada lectura y posterior
reflexión sobre un episodio –la
invasión de Irak- que todavía
no ha dicho su última palabra.
Seguro que si escuchásemos lo que
nos tienen que decir los animales, “convidados
de piedra” de nuestros desmanes, aprenderíamos
muchas cosas sobre nosotros mismos. Aunque
me temo que no nos gustaría lo que
nos pudieran decir. |