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Resulta terriblemente complejo analizar
una obra tan rica en matices e imaginería
como El Lama Blanco.
No en vano, su guionista Alejandro
Jodorowsky atesora en su cabeza unos
conocimientos más propios del hombre
renacentista y/ o ilustrado que de la cultura
contemporánea actual.
Además, sus vastos conocimientos
sobre las religiones y cultos de los humanos
–en este caso sobre el budismo- le
permiten componer un fresco excepcional
sobre aquellos elementos que sirven de base
para el eje central de la obra que estamos
comentando.
Leer El Lama Blanco
supone, para el lector, un viaje
hasta el mismo corazón de los monasterios
que otrora florecían en las faldas
de las escapadas montañas del Tibet.
Puede que uno de los requisitos indispensables
para poder disfrutar de esta obra, en su
totalidad, sea el despojarse del legado
católico que planea por nuestra sociedad,
sobre todo para las generaciones que vivieron
bajo el férreo control de la iglesia
afín al régimen –y que
aparece simbolizado en el fanático
pastor que pretende enseñarle a los
habitantes de aquellas tierras “el
manual del buen creyente”- Una vez
logrado, se pueden conocer cuáles
son los pilares de la religiosidad budista.
En cierto modo, el camino que deberá
recorrer el joven Gabriel Marpa,
un Tchilinga -hombre blanco- adoptado por
el matrimonio formado por Kuten
y Atma tras la muerte de sus padres,
es similar al que se debe emprender al abrir
la primera página de una obra como
ésta.
Jodorowsky no sólo
nos presentará la sociedad imperante
en un lugar tan lejano como el Tíbet
sino que nos dejará bien claro que
al lado de frutas idóneas para ser
degustadas hay otras tan podridas y corrompidas
como en cualquier comunidad humana.
Quizás quienes mejor simbolizan
la bajeza moral en un lugar presidido por
la espiritualidad que emana de los templos
son El Gyalpo y Kesang, este último
hermano de Kuten. Ambos son la
cara de una misma moneda, aunque sus acciones
serán definitorias para el desarrollo
de la obra. En lo que ambos coinciden es
en no entender el “capricho”
que los dioses dispensan a un ser blanco
y rubio como Gabriel.
Su falta de fe y exceso de apego por todo
lo terrenal serán el contrapeso utilizado
por el guionista para potenciar las cualidades
de Gabriel Marpa, envoltorio corporal
escogido por el gran Lama Mipan
para regresar reencarnado, como marca el
ciclo de la vida según la religión
budista, de nuevo entre los hombres.
Tras la muerte de su padre, a manos de
un Yeti que se aleja de la imagen clásica
del “abominable hombre de las nieves”
para transformarse en una criatura perseguida
por el capricho de los seres humanos, Gabriel
comenzará su travesía para
transformarse en monje, mientras es arrancado
de la única vida que conocía.
Por fortuna para él, hasta ese
instante, su vida ha estado tutelada por
el recto, pero fiel Tzu-La, encargado
por el espíritu del gran Lama para
preparar, en secreto, al joven aprendiz
en su nueva y complicada vida.
Nada más llegar, Gabriel
se dará cuenta de dos cosas; es decir,
de lo útil de su entrenamiento con
Tzu-La y cómo la corrupción
humana ha llegado hasta las misma entrañas
de la lamasería que debería
convertirse en su nueva morada. Allí
Gabriel conocerá a Migmar
el traidor y sus acólitos llegados
desde la cercana China, avanzada de una
profecía que amenaza con acabar con
los mismos cimientos del Tíbet.
Serán momentos duros, desconcertantes,
llenos de altos y bajos y que no terminará
como hubiese deseado Marpa. Sin
embargo, la vida le tiene guardada muchas
otras sorpresas, algunas lejos de allí,
y otras que podrán en juego sus más
profundas creencias.
Al final el viaje que antaño emprendiera
un desorientado joven extranjero lo llevará
hasta un plano de consciencia, reservado
para quienes han logrado despojarse de esencia
terrenal y ascender hasta el plano astral,
cúspide de la espiritualidad.
Y si elevada y armoniosa es la prosa regada
en las páginas de El
Lama Blanco por Alejandro
Jodorowsky, no menos cuidado es
el apartado gráfico. Su responsable,
el dibujante George Bess
nos sorprende, página a página,
viñeta a viñeta, con unos
dibujos llenos de un detallismo extremo
y que rivalizan con instantáneas
tomadas por un viajero de aquella época.
Su composición de página aporta
el ritmo narrativo necesario para que nada
quede sin contar. Bess
realiza un ejemplar trabajo, queriendo igualar,
en intensidad y dedicación, a la
épica y espiritual historia escrita
por Jodorowsky.
La ejemplar edición de la editorial
Rossell -la cual recopila
los seis números originales que conforman
la obra completa, publicados entre 1988
y 1993- para un cómic considerado
“de culto” entre los aficionados
al noveno arte se completa con un Cuaderno
de viaje, mezcla de resumen socio-político
del Tíbet –desde principios
del siglo XX- y de block de notas donde
se reproducen bocetos previos, estudio de
personajes y una galería de imágenes
realizadas por George Bess.
Es el broche final para una de las obras
más importantes del noveno arte contemporáneo
y que ahora regresa al mercado español,
gracias al magnífico trabajo de la
editorial Rossell. |