| En
1944 se estrenaba La zíngara
y los monstruos (House
of Frankenstein). Así, John
Carradine, un actor especializado en
obras de Shakespeare, se hizo
con la capa del vampiro pese a que Lugosi
estaba interesado en retomar el papel. En esta
ocasión, el Conde aparece luciendo un
puntiagudo bigote y las sienes canosas, lo que
por un tiempo pasó a convertirse en parte
de la iconografía que definió al vampiro.
Un año más tarde, Carradine
conseguía de nuevo el papel protagonista
en La mansión de
Drácula (House
of Dracula) compartiendo cartel con Frankenstein
(Glenn Strange), el hombre lobo (Lon Chaney)
y un científico loco (Boris Karloff). Drácula
vuelve a la vida gracias a la intervención del
científico, quien se hace pasar por el propietario
de una feria de los horrores ambulante.
En la década de los 50, los derechos del personaje
ya eran de dominio público, por lo que desde todos
los puntos del planeta comenzaron a aparecer películas
que aprovechaban la popularidad del vampiro. Como
ejemplo encontramos: Drakula
Istanbulda (Turkía, 1953), Ahlea
Kkots (Corea del Sur, 1961), Mga
Manuggang ni Drakula (Filipinas
1967), Batman fights Dracula
(Filipinas, 1967), Draculas
Lusterne Vampire (Suecia, 1970) y Lake
of Dracula (Japón, 1972).
Con El regreso de Drácula
(Return of Dracula,
1958), el famoso Conde vuelve a Hollywood,
esta vez dirigido por Francis Lederer,
quien retomó las raíces del personaje adaptando
el texto de Stoker hacia un entorno
más contemporáneo a la época, ambientando la acción
en un pequeño pueblo californiano.
Entre las aportaciones que Lederer
introdujo se encuentran el introducir adolescentes
en los papeles protagonistas, la sorprendente
identidad del vampiro como un pintor checo y la
aparatosa muerte final. Como curiosidad apuntar
que, aunque se filmó enteramente en blanco y negro,
la muerte de una de las vampiras salpica la pantalla
de color rojo. |