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1972 el realizador y guionista alemán
Werner Herzog terminaba y lanzaba a la
gran pantalla el filme sobre la conquista de América
titulado Aguirre, la cólera
de Dios (Aguirre,
der zorn gottes).
Esta película épica está
basada en las expediciones de Gonzalo
Pizarro en busca de El Dorado, un supuesto
país forjado en oro, invento de los aborígenes
americanos, oprimidos, explotados y esclavizados
por los caballeros castellanos que se desparramaron
en busca y colonización de las tierras
del nuevo mundo.
Esta obra de 90 minutos de duración fue
producida íntegramente con capital alemán,
bajo la productora del propio director, la Werner
Herzog Film Produktion, pero su elenco de actores
estuvo compuesto por hispanos, brasileños,
alemanes e indios de la Cooperativa Lauramarca
que fueron contratados para reproducir, fielmente,
aquello que ya les había ocurrido a sus
antepasados apenas cuatro siglos antes.
Herzog se dio a conocer al cine
internacional con esta primera obra épica,
y su rodaje no llegó a ser en ningún
momento un camino de rosas. El primer obstáculo
que se encontró fue la selva del Perú,
un enjambre de árboles, humedad e insectos
que hicieron de los días de rodaje un infierno
particular para todo el equipo, el segundo obstáculo
fue nada menos que la difícil personalidad
del protagonista de la obra, el complicado Klaus
Kinski, con sus arrebatos de megalomanía
que sembraron una auténtica marejadilla
durante el rodaje. Kinski llegó
a entablar una agria disconformidad con el director
que, según cuentan, terminó a punta
de pistola. Los propios indios, unas cuarenta
personas que representaron a los esclavos de Pizarro,
llegaron a asegurar a Herzog
que asesinarían sin ningún escrúpulo
y sin que nadie se enterara a Kinski.
Sin embargo el resultado final es muy alentador.
Se nos propone una película densa, con
una trama bien estructurada donde como síntesis
de la historia se plantea la persecución
de una utopía y la obtención de
un fracaso total. Kinski caracteriza
físicamente a un Aguirre nudoso,
algo encorvado, que no se libera de su armadura
a lo largo de toda la película, con una
dureza extrema en su mirada. El actor encarna
a un Lope de Aguirre recio,
paranoico e intrigante, que siembra dudas y va
marcándose el camino hacia el triunfo,
camino que nunca llegará a transitar.
A partir de un determinado punto en la expedición,
Pizarro decide separar a su grupo
y enviar una avanzadilla río abajo en busca
de posibles peligros y como grumetes para avizorar
las fronteras del añorado Dorado.
Esta subexpedición será encabezada
por Pedro de Ursúa, (Ruy
Guerra, codirector del film, director
brasileño de, entre otras películas
O cavalo de Oxumaré,
1960), quien a su vez es acompañado por
doña Inés, la bella Helena
Rojo (Misterio,
1980), antes de convertirse en la Helena
Rojo de las telenovelas mexicanas. Como
segundo capataz y experto militar irá Lope
de Aguirre.
Nada más salir esta expedición
Aguirre toma los mandos subrepticiamente.
El jefe sigue siendo Ursúa, pero
las órdenes las da Don Lope. Órdenes
que pasan por asesinar a todo aquel que suponga
un lastre o que difiera de la perspectiva del
propio Aguirre.
Sin embargo Herzog utiliza un
recurso muy propicio, la mano ejecutora de Aguirre,
agarra continuamente la espada enfundada, no es
la suya propia, sino que utiliza la de su esbirro
Perucho, Daniel Ades
(Cold heaven, 1991).
Éste, buen entendedor y perro fiel de su
amo, ejecuta las órdenes de aquel, la mayoría
de veces asesinatos encubiertos, no sin antes
lanzar un aviso a navegantes: Perucho tararea
una canción antes de ejecutar. La, la la,
la, la, la, a baja voz. El uso de este recurso
hace crear una gran expectación y una tensión
escénica muy propicia.
Cuando ya la tropa está sublevada, y destituido
el comandante de la expedición, Aguirre,
ayudado por el padre clérigo juzga a Ursúa
y lo encadena, preparándolo para la muerte,
y astutamente corona emperador de las Indias al
expedicionario de mayor nobleza entre ellos, don
Fernando de Guzmán, así se
libera de tener que juzgar por si mismo, dejando
las culpas en manos de un monigote cobarde cegado
por el brillo de un oro que aún no han
descubierto.
La expedición continúa río
abajo, en una especie de temeroso viaje iniciático
en busca de lo desconocido, precedidos por un
silencio atronador, y con el agua amenazante de
un manso río que lentamente los va conduciendo
hacia la muerte, personalizada en las flechas
de unos indios que apenas se ven por las orillas
pero que dejan sentir su presencia con sus lanzas.
El viaje de Aguirre hacia la utopía
va tomando diferentes perspectivas. Por un lado,
el emperador exige comodidades dignas de su rango
cuando ni siquiera hay agua potable para tomar,
convencido de que debe ser homenajeado con los
honores de rey. Por otro lado Inés
decide acabar con sus sufrimiento de viuda lanzándose
hacia la muerte, como una suerte de Alfonsina
introduciéndose en la selva ignota. Flores
de Aguirre (Cecilia Rivera),
la hija del conquistador, sufre en silencio los
rigores de la actitud de su padre y ve como su
existencia ha terminado desde que la ambición
ciega de aquel los conduce al abismo. El cura
(Del Negro), representante de
la iglesia más rancia de la edad media
o de principios del renacimiento europeo, se pone
del lado de los más fuertes, con un único
objetivo, llegar a El Dorado y convencer a todos
los que encuentra a su paso de la verdad del evangelio,
pero no lo hace por principios cristianos, sino
para hacer valer una vez más la evidencia
del poder. Aquí cada uno quiere engrosar
sus propias arcas.
Cuando ya no queda nadie, cuando la muerte ha
acabado con la expedición, Aguirre, la
cólera de Dios, sobre su balsa llena de
monos eleva un monólogo donde, atrapado
ya por la locura explícita, esboza el nacimiento
de una nueva raza, guiño de Herzog
a los fascismos, salida de su matrimonio con su
propia hija, ya muerta por una flecha asesina.
Aguirre, ajeno a todo lo que había
sucedido sigue pensando en que él superará
a todos los hombres (poniendo como ejemplo de
máximum a Hernán Cortés)
y a todas las divinidades y se convertirá
en el único ser sobre la tierra digno de
alabanza.
Herzog utiliza en el filme al
río como conductor y como personaje importantísimo
en la trama del guión, primero sirve de
ayuda para escapar en busca de un mundo-otro,
y luego es verdugo implacable de los que osaron
adentrarse en busca de aquella utopía.
La última secuencia de la película,
el travelling circular en el agua nos trae evocaciones
más modernas de Apocalypse
Now (1979), donde Coppola
usa también el río como arma, como
personaje y como desenlace, pero eso es otra historia... |