| Desde hace
pocos años las adaptaciones del cómic
al cine se han convertido no sólo en un elemento
cotidiano, sino también en un filón a
explotar por todo aquel que trabaje en el medio cinematográfico.
Y al igual que sucede en otros ámbitos, hay una
serie de compositores que trabajan en estas producciones
de forma regular.
Por supuesto, no se puede hablar de la banda sonora
de ninguna de estas adaptaciones sin mencionar aunque
sea de manera tangencial a Danny Elfman.
Desde que alcanzara el éxito de forma meteórica
con la banda sonora de Batman
(1989), su nombre ha ido asociado de manera casi constante
tanto a la filmografía de Tim Burton,
como las películas que han llegado posteriormente
relacionadas con el mundo del cómic (Batman
vuelve, Dick Tracy,
Darkman, Hombres
de Negro I y II,
Spiderman
1 & 2, Hulk).
Todo aquello que huele a cómic o a gótico
post-moderno enseguida tiene como referente musical
inicial a Danny Elfman.
En el caso de Hellboy,
estos dos elementos se juntan es una película
basada en el cómic de Mike Mignola,
de la que destaca principalmente su ambientación
siniestra. Esto lo convertía en un proyecto soñado
por los fans de Tim Burton y de
Danny Elfman, pero que ha acabado en manos
de Guillermo del Toro, otro director
especializado en el terror y la fantasía modernas
(Cronos, Mimic,
El
espinazo del diablo, Blade
II), y por ende en su compositor habitual, Marco
Beltrami, una joven promesa para el cine fantástico.
Aficionado a la música desde pequeño,
Beltrami dirigió su formación
musical a la composición para orquesta, con especial
predilección por las técnicas vanguardistas
del siglo XX, y la fusión de orquesta con sintetizadores.
Tras estudiar con Luigi Nono en Italia
y con Jacob Druckman en la Universidad
de Yale, Beltrami tuvo su primer roce
con la música para el cine en la University of
South California, donde fue alumno de Jerry
Goldsmith. Por aquel entonces Beltrami
no suponía que acabaría convirtiéndose
en un compositor para cine. Con una finalidad puramente
alimenticia, Beltrami participó
en algunas series de televisión. Sin embargo,
sería Scream (Wes
Craven, 1996), su primer proyecto para cine, el que
no sólo definiría la evolución
que ha tenido su carrera desde entonces como compositor
de películas de terror y fantasía, sino
el que además lo catapultaría a las grandes
producciones.
La llegada de Beltrami al género
fantástico se produce más por la casualidad
y las características vanguardistas de su música
que por el interés del compositor. Fue el montador
de Wes Craven quien le dio a éste
la referencia de un joven músico del que había
leído una entrevista en una revista. Como ha
confesado el compositor, antes de componer la música
de Scream, nunca había
sido capaz de soportar una película de terror
entera. Desde luego, este tipo de afirmaciones podían
hacer dudar de su capacidad como compositor para musicar
adecuadamente una película del género,
sin embargo, las características de un proyecto
como Scream (con ese
juego de referencialidad implícito en el guión
de Kevin Williamson, y la veteranía
en el campo de Wes Craven) le sirvieron
para ponerse al día en cuanto a los recursos
musicales habituales de este tipo de cine, a parte de
permitirle hacer guiños musicales a otras franquicias
terroríficas como Halloween.
Pronto Beltrami vio en el fantástico
campo abonado para desarrollar sus intereses musicales,
al mismo tiempo que ponía en uso las enseñanzas
de Jerry Goldsmith, quien le aconsejó
que más que intentar aterrar con la música,
se dedicara a definir temáticamente los diferentes
elementos que componen la historia.
Sin ser, como hemos indicado, un fan de este tipo
de películas, pronto empezó a aunar diferentes
proyectos (H20, The
faculty, El
cuervo: Salvación, Juego
asesino, Drácula
2001) con los que fue afianzando su posición
como nuevo chico de oro del género. En todos
estos proyectos se caracterizó por la experimentación,
y la fusión de diferentes instrumentos, como
el caso de Drácula 2001
(producción de Wes Craven, con
quien ha mantenido una relación profesional que
se mantiene hoy en día con el último trabajo
del director Cursed),
donde utilizó cánticos iraníes
para dar un toque étnico, mezclándolos
con una instrumentación barroca.
Tras estos proyectos llegarían dos trabajos
de mayor resonancia, como Resident
Evil (Paul W.S. Anderson, 2002) y Terminator
3 (Jonathan Mostow, 2003). Con Resident
Evil compartió créditos con Marilyn
Manson, dando muestras de su interés
por un uso postmodernista de la música, donde
el rock y las vanguardia musicales encuentran un punto
de encuentro.
Su llegada a Terminator 3,
tal y como sucedió con Scream,
se produciría de manera casual y anecdótica,
y de nuevo gracias al interés musical del montador.
A falta de un compositor asignado al proyecto, se habían
utilizado fragmentos de diferentes composiciones de
Beltrami como temp track (práctica
habitual en Hollywood, donde el director y los encargados
de la edición tienden a utilizar fragmentos musicales
de otras películas para guiarse a la espera de
la música definitiva). Estos fragmentos fueron
del agrado de Jonathan Mostow, quien
inmediatamente se entrevistó con Beltrami
y definieron cuál iba a ser el enfoque de la
película. Lo principal era marcar las similitudes
y las diferencias con las dos películas anteriores.
Mostow quiso desde un principio ser
fiel a la franquicia, pero al mismo tiempo resaltar
que se trataba de una película diferente a las
anteriores. Musicalmente esto se consiguió utilizando
elementos similares, como la percusión en metal,
para mantener la conexión con lo compuesto anteriormente
por Brad Fiedel, sin embargo, a excepción
del uso del tema principal al principio y al final de
la película, todo la música es material
nuevo compuesto por Beltrami, quien
cambió el predominio de los sintetizadores de
la primera parte por la orquesta. Curiosamente, las
escenas más complicadas de componer fueron aquellas
que originaron todo, las escenas con el temp track de
Beltrami, debido a la dificultad intrínseca
de componer algo similar sin caer en el autoplagio.
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