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SIN CITY: BIENVENIDOS AL PECADO (1/2),
por Eduardo Serradilla Sanchis
 

Por incorrecto que pueda sonar, el lado oscuro de la ley puede ser tan atractivo, o más, que su opuesto luminoso y cabal. El honor entre la supuesta escoria de la sociedad ha sido, desde la década de los 40, fuente inagotable de relatos, seriales y películas, muchos de los cuales forman parte de la cultura popular y del llamado género negro.

Otra cosa muy distinta, y para lo que nadie parecía estar preparado, por lo menos en el mundo del cómic, era ver todas esas premisas volcadas en las páginas de una colección de superhéroes, aunque el personaje escogido fuera tan atípico como Daredevil. Sin embargo, el mundo es de los osados y nadie mejor que Frank Miller para hacer bueno el dicho.

Su llegada al mundo del cómic supuso, casi desde sus comienzos, toda una revolución, tanto por su estilo de narración como por sus influencias y sus dibujos. Miller no se limitaba a contar la historia de un determinado personaje, empeñado en defender al mundo de las amenazas de los villanos. A Miller le interesaba ver como dicho personaje interactuaba con su entorno y como sus relaciones influían en su doble vida.

No es de extrañar, por tanto, la deuda que el autor tiene con el guionista y padre espiritual de Marvel Comics, Stan Lee (confesada por Miller en varias de sus entrevistas) y con el estilo impuesto por Lee de dotar a sus personajes de problemas reales en un entorno real.

Además, Miller siempre se ha sentido en deuda con otro de los grandes pilares del noveno arte; Will Eisner, quien le abrió los ojos, no sólo a las inmensas posibilidades que el género gráfico ofrecía a un narrador de la categoría de Miller, sino en el mismo desarrollo de las historias urbanas y en el tratamiento de los personajes femeninos (el personaje de Elektra Natchios, creada por Miller en Daredevil, se sustenta en la letal y seductora Sand Saref de la colección de Eisner The Spirit).

No obstante y por muchas vueltas de tuerca que Miller diera al género de los superhéroes, primero en Daredevil (en especial en la saga Born Again) y después con la redefinición del personaje de Batman en El regreso del señor del la noche.

Por ello, tras experimentos visuales como Ronin, Miller se embarcó en la creación de su propio universo, lejos de las trabas impuestas por el largo historial de Marvel Comics y DC.

De tal empeño surgiría, hace ya tres lustros la serie Sin City, radical propuesta basada en el género negro con todos los añadidos que la década final del siglo XX podía añadir a lo ya conocido.

Miller se inventó un mundo donde la ley de los callejones que recorría Matt Murdock en La cocina del infierno se ejecutaba al límite, convirtiéndolos en la jungla particular de ladrones, matones y prostitutas. Basin City se había convertido en Sin City, la ciudad del pecado, fresco descarnado y cruel de la verdadera realidad humana.

En sus anteriores obras, la violencia formaba parte de la propia coreografía de la acción. Cuando veíamos a La Mano enfrentándose al Casta de Stick y al dúo Daredevil y Elektra todo formaba parte de un plan del autor. No se buscaba el final feliz pero de algún modo las piezas terminaban por encajar.

Sólo Kingpin impregnaba su presencia de una manera que luego veríamos claramente en la familia Roak y sus oscuros manejos de mentiras y poder.

Cuando Miller aborda Sin City, el desafío es mucho mayor; nadie es realmente bueno ni malo. Todos tienen un razón para hacer lo que hacen y sus motivaciones serán las que entren en conflicto a lo largo de la narración.

De esa manera, teniendo como telón de fondo una ciudad que huele como si de un apestoso callejón se tratara y el juego de luces y sombras del blanco y negro, Miller nos cuenta historias de perdedores, algunos con una segunda oportunidad y otros buscando una redención que nunca llegará. Son seres perdidos en una gran urbe que los oprime a cada paso pero cuyas únicas opciones basculan entre sobrevivir o morir.

Por grotesco que pueda parecer, para una persona bien pensante, personajes como Marv, imagen de la serie desde su debut, Dwight, Gail o la pequeña y mortífera Miho acaban por ganarse nuestro aprecio, sumergidos todos en las entrañas de la bestia con forma de urbe.

Como en sus anteriores propuestas, Miller se toma Sin City como su gran experimento gráfico, llevando al límite la técnica del claroscuro y el uso de la sombra, la luz y la línea para contarnos una historia. Miller busca el más difícil todavía en sus dibujos y trata de despojar a sus páginas de cualquier elemento visual que no impida que se entienda aquello que quiere contar.

Sus historias son un juego entre luces y manchas, con unos personajes que luchan por dejarse ver en medio de la negrura de la gran ciudad. Y lo mejor de todo es que no hace falta que veamos el conjunto. Las curvas de la sensual Nancy, la sangre que gotean los rostros maltrechos, el miedo en las caras de las víctimas de los Roark sobresalen por entre la noche eterna que impregna las páginas con las que Miller nos lleva por la ciudad del pecado. Se podría decir con más elementos pero no con menos.

Atrás quedan los colores carmesíes de Daredevil y Elektra y los grises y azules del murciélago de Gotham City. Sólo se permite algunos destellos de color como el carmesí de La novia vestida de rojo o el amarillo ácido de Ese cobarde bastardo, siempre buscando resaltar alguno de los muchos pecados de la ciudad.

Tras pasear por ella, está claro el mensaje del autor: todas nuestras ciudades esconden esa esencia dura y descarnada que ahora conocemos como Sin City. Todas tienen un pecado que ninguna quiere confesar pero que tratan de esconder.

Fueron varias series limitadas, algunas novelas gráficas, las primeras historias publicadas en la revista Dark Horse Present y la sensación de que el noveno arte no había perdido la capacidad de sorprendernos.

Sin City

 

 

 

Frank Miller

Frank Miller
(1957-)

 

 

Sin city

La ley busca entre las calles.

 

 

Marv Sin City

Marv y sus míticas cicatrices.




Daredevil y Elektra, Frank Miller

Daredevil y Elektra, según la visión del maestro Miller.

 

 

Sin City de Frank Miller

El Bastardo amarillo con el color
que le da nombre.

 



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