Por incorrecto
que pueda sonar, el lado oscuro de la ley puede ser
tan atractivo, o más, que su opuesto luminoso
y cabal. El honor entre la supuesta escoria de la sociedad
ha sido, desde la década de los 40, fuente inagotable
de relatos, seriales y películas, muchos de los
cuales forman parte de la cultura popular y del llamado
género negro.
Otra cosa muy distinta, y para lo que nadie parecía
estar preparado, por lo menos en el mundo del cómic,
era ver todas esas premisas volcadas en las páginas
de una colección de superhéroes, aunque
el personaje escogido fuera tan atípico como Daredevil. Sin embargo, el mundo es de los
osados y nadie mejor que Frank Miller para hacer bueno el dicho.
Su llegada al mundo del cómic supuso, casi
desde sus comienzos, toda una revolución, tanto
por su estilo de narración como por sus influencias
y sus dibujos. Miller no se limitaba
a contar la historia de un determinado personaje, empeñado
en defender al mundo de las amenazas de los villanos.
A Miller le interesaba ver como dicho
personaje interactuaba con su entorno y como sus relaciones
influían en su doble vida.
No es de extrañar, por tanto, la deuda que
el autor tiene con el guionista y padre espiritual de
Marvel Comics, Stan Lee (confesada
por Miller en varias de sus entrevistas)
y con el estilo impuesto por Lee de
dotar a sus personajes de problemas reales en un entorno
real.
Además, Miller siempre se
ha sentido en deuda con otro de los grandes pilares
del noveno arte; Will Eisner, quien
le abrió los ojos, no sólo a las inmensas
posibilidades que el género gráfico ofrecía
a un narrador de la categoría de Miller,
sino en el mismo desarrollo de las historias urbanas
y en el tratamiento de los personajes femeninos (el
personaje de Elektra
Natchios, creada por Miller en Daredevil, se sustenta en la letal y seductora Sand Saref de la colección de Eisner
The Spirit).
No obstante y por muchas vueltas de tuerca que Miller diera al género de los superhéroes, primero
en Daredevil (en especial en la saga Born
Again) y después con la redefinición
del personaje de Batman en El regreso del
señor del la noche.
Por ello, tras experimentos visuales como Ronin, Miller se embarcó en la creación
de su propio universo, lejos de las trabas impuestas
por el largo historial de Marvel Comics y DC.
De tal empeño surgiría, hace ya tres
lustros la serie Sin City,
radical propuesta basada en el género negro con
todos los añadidos que la década final
del siglo XX podía añadir a lo ya conocido.
Miller se inventó un mundo
donde la ley de los callejones que recorría Matt
Murdock en La cocina del infierno se ejecutaba
al límite, convirtiéndolos en la jungla
particular de ladrones, matones y prostitutas. Basin
City se había convertido en Sin City, la ciudad
del pecado, fresco descarnado y cruel de la verdadera
realidad humana.
En sus anteriores obras, la violencia formaba parte
de la propia coreografía de la acción.
Cuando veíamos a La Mano enfrentándose
al Casta de Stick y al dúo Daredevil y Elektra todo formaba parte
de un plan del autor. No se buscaba el final feliz pero
de algún modo las piezas terminaban por encajar.
Sólo Kingpin impregnaba su presencia
de una manera que luego veríamos claramente en
la familia Roak y sus oscuros manejos de mentiras
y poder.
Cuando Miller aborda Sin
City, el desafío es mucho mayor; nadie
es realmente bueno ni malo. Todos tienen un razón
para hacer lo que hacen y sus motivaciones serán
las que entren en conflicto a lo largo de la narración.
De esa manera, teniendo como telón de fondo
una ciudad que huele como si de un apestoso callejón
se tratara y el juego de luces y sombras del blanco
y negro, Miller nos cuenta historias
de perdedores, algunos con una segunda oportunidad y
otros buscando una redención que nunca llegará.
Son seres perdidos en una gran urbe que los oprime a
cada paso pero cuyas únicas opciones basculan
entre sobrevivir o morir.
Por grotesco que pueda parecer, para una persona bien
pensante, personajes como Marv, imagen de la
serie desde su debut, Dwight, Gail o la pequeña
y mortífera Miho acaban por ganarse
nuestro aprecio, sumergidos todos en las entrañas
de la bestia con forma de urbe.
Como en sus anteriores propuestas, Miller se toma Sin City como
su gran experimento gráfico, llevando al límite
la técnica del claroscuro y el uso de la sombra,
la luz y la línea para contarnos una historia. Miller busca el más difícil
todavía en sus dibujos y trata de despojar a
sus páginas de cualquier elemento visual que
no impida que se entienda aquello que quiere contar.
Sus historias son un juego entre luces y manchas,
con unos personajes que luchan por dejarse ver en medio
de la negrura de la gran ciudad. Y lo mejor de todo
es que no hace falta que veamos el conjunto. Las curvas
de la sensual Nancy, la sangre que gotean los
rostros maltrechos, el miedo en las caras de las víctimas
de los Roark sobresalen por entre la noche
eterna que impregna las páginas con las que Miller nos lleva por la ciudad del pecado. Se podría
decir con más elementos pero no con menos.
Atrás quedan los colores carmesíes de Daredevil y Elektra y los grises y
azules del murciélago de Gotham City. Sólo
se permite algunos destellos de color como el carmesí
de La novia vestida de rojo o el amarillo ácido
de Ese cobarde bastardo, siempre buscando resaltar
alguno de los muchos pecados de la ciudad.
Tras pasear por ella, está claro el mensaje
del autor: todas nuestras ciudades esconden esa esencia
dura y descarnada que ahora conocemos como Sin City.
Todas tienen un pecado que ninguna quiere confesar pero
que tratan de esconder.
Fueron varias series limitadas, algunas novelas gráficas,
las primeras historias publicadas en la revista Dark
Horse Present y la sensación de que el noveno
arte no había perdido la capacidad de sorprendernos. |