Cuando
todavía el cine llegado de Oriente se disfrutaba
en minoría empezábamos ya a conocer
los primeros nombres de directores y actores que,
con el tiempo, se terminarían por convertir
en imprescindibles. Uno de aquellos recién
llegados, descubiertos entre el alubión
de películas de vídeo comercializadas
y en la programación de festivales como
el desaparecido Imafic de Madrid, era Tsui
Hark. Fue allí donde junto con
Una historia china de
fantasmas (Siu-Tung Ching, 1987) –producida
por él— pudimos descubrir Zu,
Guerreros de la montaña mágica
(1983), una película que había revolucionado
el género de las artes marciales y las
luchas de espadas en su tierra natal.
Hark llevaba tiempo queriendo
contar una historia que reuniera los principales
elementos de este tipo de producciones, y en ese
momento disponía de los nuevos adelantos
técnicos y un reparto acorde con sus exigencias.
Con Zu, el director
pudo disfrutar de ambas cosas, en las dosis adecuadas.
A los mencionados adelantos, Hark
reunió a Sammo Hung, a
Yuen Biao, a Adam Cheng,
a Norman Chu y a Brigitte
Lin, logrando así que la película
se convirtiera en un verdadero punto de inflexión
en el género y, por añadidura, supusiera
la mejor carta de presentación para un
cine que empezaba a despuntar, más allá
de unos círculos reducidos.
No en vano, Hark debió
recurrir al talento de varios expertos traídos
del exterior para lograr que su proyecto terminara
por realizarse, dado que la industria de Hong
Kong no estaba preparada para un reto como el
que se había planteado el director. A pesar
de los problemas, la taquilla y buena parte de
la crítica respondió favorablemente
a la propuesta de Hark y Zu
se convirtió en todo un hito en el género
de luchas y espadas.
Todo ello llevó al realizador a embarcarse
en varios proyectos, en especial en su papel de
productor, en algunos de ellos tan bien resueltos
como Una historia china
de fantasmas. Otros proyectos suyos incluyeron
dos de las películas por las que Occidente
conoció al tándem John Woo-Chow
Yun-Fat, Un mañana
mejor (1986) y la no menos épica,
The Killer (1989).
Un mañana mejor
supuso el nacimiento de lo que luego se
conocería como el género “heroic
bloodshed” y, de nuevo, el director y productor
había derribado los convencionalismos del
género de gánsters, adaptándolos
a los nuevos tiempos y a un público internacional.
No hay que olvidar que las secuencias de acción
rodadas a cámara lenta (o ralentí)
fueron el sello de marca del director Sam
Peckinpah durante su trayectoria profesional,
y que tanto Hark como el propio
John Woo siempre se han declarados
aficionados incondicionales del director americano.
De ahí que la inclusión de esta
técnica ayudaba, enormemente, a que los
espectadores occidentales entendieran mejor el
nuevo género que les llegaba desde el lejano
Oriente.
The Killer es,
sin duda, una de las películas de acción
más recordadas y de las que mejor resumen
la manera de contar una historia de buenos y malos
donde la línea que separa unos de otros
es tan delgada que casi es inexistente y la probabilidad
de caer bajo las balas de cualquiera de los protagonistas
es muy grande.
Gracias a Hark los tonos grises habían
llegado al séptimo arte para quedarse.
No quisiera olvidarme de Érase una vez en China, película dirigida por Hark en 1991 y protagonizada por otra de las caras que, con el tiempo, se convertirían en imprescindibles para todos los aficionados al género de las artes marciales y al cine de acción, Jet Li.
Tomando como referencia un personaje histórico, el médico, escritor, revolucionario y maestro de Kung-Fu, Wong Fei-Hung (uno de los personajes capitales del cine de artes marciales clásico de Hong-Kong) Hark demuestra su capacidad para el espectáculo en estado puro, valiéndose de todas las técnicas a su disposición y contando con el buen hacer de un Jet Li capaz de realizar las más increíbles proezas físicas, lo que le costó más de un susto y un accidente durante el rodaje.
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