Las secuelas, algunas protagonizadas por Li y otras por el artista marcial y doble suyo en algunas escenas peligrosas, Zhao Wen-Zhou, mantienen un más que digno nivel, aunque la mano del director se echa de menos cuando no está al frente.
En el extremo contrario se pueden situar un buen grupo de producciones oportunistas o sus experimentos occidentales, protagonizados por Jean Claude van Damme, seguidor del trabajo de Hark y que no cedió en su empeño hasta lograr que el realizador chino se pusiera tras la cámara en un proyecto protagonizado por él.
De las dos colaboraciones del actor belga y Hark se escapan algunos momentos en la primera de ellas (Double Team, 1997) y también está muy bien el ambiente disparatado de la segunda, En el ojo del huracán (1998), sacado directamente de una comedia honkonesa al uso, como muy bien comenta el director de la revista CineAsia, Domingo López, en el número 8 de la mencionada publicación.
The Era of vampire (2002) podría haber sido una película mucho más redonda de no ser porque el montaje final no ayudaba a ello. Igualmente, la versión actualizada de Zu Warriors/ The legend of Zu, cayó en manos de una distribuidora que, al no comprenderla, la destrozó en pos del agravio comparativo con un éxito del momento, Tigre y Dragón (2000). Por ello, convirtieron a la actriz Zhang Ziyi, estrella por su papel en la mencionada película de Ang Lee, en narradora de una historia completamente distinta (Zu Warriors/ The legend of Zu) que, de haber sido mejor tratada, hubiera revolucionado el género en el siglo XXI como ya lo hiciera su homónima antes.
Quizás fuera por las malas experiencias con la distribución occidental, demasiado apegada a la cuenta de resultados y en buscar taquillazos (donde lo único que se sobrentiende es su profunda ignorancia del cine oriental) lo que animó a Hark a volver a sus raíces y enfrentarse a un proyecto como el de Siete Espadas. Como suele pasar en estos casos, fueron muchos lo que vaticinaron que esta vuelta a los orígenes del director era algo así como su canto de cisne, después de la malas experiencias vividas en los últimos años. Seguro que no contaban con la capacidad de Hark para resurgir de sus cenizas y, sobre todo, para aprender de sus errores.
Y para hacerlo, nada mejor que tomar de base la misma narración (cantonesa, como Hark) que sirviera para que el gran maestro Akira Kurosawa realizara sus inolvidables Siete Samurais (1954), película adaptada al western como Los siete magníficos (John Sturges, 1960). Hark quería volver a la misma esencia del cine de artes marciales y de peleas con míticas espadas. Y el centenario relato se presentaba ideal para hacerlo.
De nuevo, Hark estaba inmerso en un proyecto faraónico, rodando en China y con un extenso reparto. Y, de nuevo, tenía la historia épica y grandiosa con las que tan a gusto se sentía.
La base de la película arranca a principios de 1600, cuando un edicto de la recién llegada dinastía Ching prohíbe la enseñanza de las artes marciales y recompensa la captura o la muerte de cualquiera que enseñe y/ o practique las mencionadas artes.
Viento de Fuego, un señor de la guerra, ve de este modo la posibilidad de ganar mucho dinero, además de dominar gran parte del territorio de la China de la época. Todo le hubiera salido según sus planes de no ser por un grupo de héroes, dispuestos a plantarle cara.
Cada uno de estos héroes estará armado de una espada que le otorgará el poder de luchar contra la amenaza de Viento de Fuego. Evidentemente, hay muchas más cosas en esta magna obra que peleas, sobre todo debido al gusto de director por incluir escenas románticas, largos planos de los escenarios naturales y los toques sobrenaturales fundamentales para toda epopeya épica que se precie, por lo menos así piensan por aquellas latitudes.
De ahí viene uno de los “peros” que más se le han achacado a la producción de Hark, su excesivo metraje. Personalmente, pienso que su metraje está más que justificado, teniendo en cuenta que la narración no se resiente durante las dos horas y media de duración y que los tiempos en los que no hay peleas, espadas ni antagonistas en la pantalla están muy bien resueltos.
Bien es cierto que comparto el gusto del director por añadir momentos de cierta tranquilidad en una narración tan trepidante como ésta y considero, además, que la belleza de los escenarios bien justifica un tiempo para admirarlos. Lo mejor de todo es que Hark ha contado la historia que quería y cómo quería, devolviendo a un género un tanto aletargado la vigencia que se merece.
Veremos qué rumbo toma ahora su carrera, pero este nuevo comienzo no puede ser más esperanzador y atractivo para todos los que hemos disfrutado con el trabajo de Tsui Hark, antes y ahora. Gracias a Filmax, a la revista CineAsia y a Domingo López por la ayuda prestada para la escritura de este artículo.
diciembre de 2005 |