En 1972,
los espectadores de todo el mundo quedaron sobrecogidos
por la tragedia sufrida por los pasajeros del
lujoso trasatlántico Poseidón, el
cual naufraga tras volcar a causa de la embestida
de una ola gigante.
Tras el suceso, un grupo de pasajeros de muy
distinta clase y condición lucharán
por salir del gigante herido antes de que éste
se precipite hasta la profundidades marinas como
otros dignos antecesores suyos.
Durante la duración de la película,
cada paso se vuelve más agónico
y las posibilidades de lograr atravesar la selva
de pasillos, escaleras y demás zonas del
barco, ahora invertido, hizo contener la respiración
a todos los que acudieron las salas de cine.
Con La aventura del Poseidón,
película producida por Irwin Allen
y dirigida por Ronald Neame,
se inauguraba la moda del cine catalogado de “catastrofista”,
cuyos máximos ejemplos son, junto con la
epopeya del trasatlántico, Terremoto
(Earthquake) y
en mayor medida El coloso
en llamas (The
towering Inferno), ambas de 1974.
Para muchos, el desastre del rascacielos de
la ciudad de San Francisco es –por méritos
propios- la película que mejor ha sabido
captar las pequeñas historias personales
en medio de una tragedia que se presenta de imposible
solución. Esto se debe en gran medida a
lo equilibrado de su reparto, encabezado por Steve
McQueen, Paul Newman,
Faye Dunaway y el veterano William
Holden.
Aun así, La aventura
del Poseidón tampoco se le queda
a la zaga, en especial por el magnífico
trabajo de un Gene Hackman, que
venía de ganar el oscar al mejor actor
por su papel del policía “Popeye”
Doyle, en la película French
Connection en 1971. Hackman
estuvo secundado por actores de la talla de Ernest
Borgnine, Red Buttons
y por la entrañable actriz Shelley
Winters, cuyo trabajo junto a Hackman
dará lugar a una de las mejores secuencias
de toda la película.
Tras el acontecimiento que supuso su estreno,
la película tuvo una anodina continuación,
7 años después, titulada Beyond
the Poseidon Adventure (Irwin Allen, 1979)
a la cual no salvó del fracaso ni siquiera
su buen reparto, encabezado por Michael
Caine, Sally Field y
Telly Savallas.
Tres décadas después del estreno
de la primera película, la cadena Hallmark
Entertainment produjo una nueva versión
en la cual se alteraban algunas de las situaciones
antes vistas la pantalla, pero se respetaba el
concepto original de la obra de Paul Gallico,
autor de la novela en la que se basa la historia.
No me quiero olvidar, tampoco, de una película
de 1960 titulada El último
viaje (The last
voyage, de Andrew L. Stone).
Ésta, sin gozar de la espectacularidad
de las antes mencionadas, es un claro antecedente
de las vicisitudes que deben pasar un grupo de
personas en medio del naufragio de un navío.
La película cuenta el agónico
rescate de una mujer atrapada entre los resto
de su camarote, mientras el barco en el que viaja
se hunde lentamente.
Contada casi en tiempo real El
último viaje narra, con el mayor
realismo posible –no en vano el barco que
sirvió de escenario quedó parcialmente
sumergido durante el rodaje- todos los conflictos
que se suceden cuando se debe abandonar un buque
de estas características a mitad de travesía.
Además, el reparto, encabezado por la pareja
Robert Stack y Dorothy
Malone, magníficamente secundados
por George Sanders, Edmond
O´Brien y el impresionante actor
afroamericano Woody Strode terminan
por combinar todas las piezas de la historia.
Es, sin lugar a dudas, un antecedente de lo que
luego veríamos en la pantalla al estrenarse
La aventura del Poseidón.
Queda claro que los responsables de llevar a
la pantalla la novela de Paul Gallico
gustaron de tener presentes antecedentes como
la mencionada película así como
los relatos de grandes naufragios, en especial
el del Titanic y el Lusitania.
Aún así, la premisa descrita por
Gallico planteaba una serie de
retos, muy por encima de los exigidos hasta la
actualidad. En 1972 todavía no existía
la ILM de George Lucas
con lo que el apartado de los efectos
visuales tenía mucho de artesanal y ciertamente
experimental. No les descubriré nada nuevo
si les digo que el mayor reto, además de
reproducir el escenario de un trasatlántico
vuelto del revés, era el barco y el momento
en el que éste es golpeado por la ola gigante.
Los responsables de los efectos especiales de
esa época crearon una reproducción
exacta del trasatlántico RMS. Queen Mary,
antes de las reformas que sufrió tras la
Segunda Guerra Mundial. La reproducción
medía seis metros de largo y pesaba cerca
de 1.500 kilos. El S.S. Poseidón estaba
impulsado por dos motores de kart y su aspecto
exterior era como el de un buque normal, con luces,
humo saliendo de sus chimeneas y todos los detalles
de un barco de estas características. Su
construcción supuso para la producción
un coste de 60.000 dólares de la época
–hoy costaría diez veces más-
además del trabajo de quince personas durante
tres meses.
Para reproducir la ola que vuelca el barco se
preparó un gigantesco depósito de
agua suspendido a cinco metros de altura en uno
de los laterales de una inmensa piscina por donde
navega el barco.
Lo más complicado fue sincronizar la
llegada del agua con las cuerdas que agarraban
el modelo por debajo, -controladas por buzos-
y entre ambos elementos, lograr que el barco volcara
tal y como requería el guión.
Una vez logrado, se incluyeron pequeñas
cargas explosivas, las cuales se detonaron para
simular las explosiones que sacuden al Poseidón
durante toda la aventura.
La réplica, una vez finalizado el rodaje
fue reconstruido y hoy se encuentra expuesto en
el museo marítimo de San Pedro, en California.
En cuanto al desarrollo de los decorados del
buque, estos reproducían de la manera más
fiel posible, los interiores del mencionado Queen
Mary, salvo por detalles relacionados con la colocación
de las cámaras y otros elementos derivados
del rodaje.
Es más, exigencias propias de cualquier
navío real como el atornillar las mesas
y otros elementos del mobiliario para prevenir
accidentes, se respetaron a la hora de construirlos.
De ahí que cuando el barco se da la vuelta,
dichos componentes permanecen sujetos al suelo
en vez de caer por efecto de la gravedad. Además,
se construyeron dos decorados más reducidos
que estaban preparados para girar 180 grados y
terminar invertidos. Ambos supusieron todo un
reto para el director de fotografía, Harold
Stine, quien tuvo que adaptar sus equipos
para que estos pudieran girar a la misma vez que
lo hacía el decorado.
Como curiosidad decir que el diseñador
de producción, William Creber,
incluyó en los decorados elementos de otras
grandes producciones de la Twentieth Century
Fox como Cleopatra
(Joseph L. Mankiewicz, 1963) –los grandes
murales que cuelgan de las paredes del salón
principal- o Hello Dolly
(Gene Kelly, 1969) –algunas de las cristaleras
de dicho salón-.
Aunque quizás el decorado más
recordado por su complejidad y por el esfuerzo
físico que le exigió a los actores
fue la sala de máquinas. Dicho recinto,
catalogado como el infierno por uno de sus protagonistas,
por mezclar el calor extremo con todo tipo de
peligros, fue reproducido en el estudio número
14 de la Fox.
Su abigarrada estructura, llena de tuberías,
cadenas y chorros de vapor de agua estaba suspendida
a más de 12 metros de altura, implicando
un tremendo desafío físico y emocional
para todos los actores. Hay que tener en cuenta
que, salvo en contadas escenas, los protagonistas
de la película –como luego ha ocurrido
con la versión de este año, de Petersen-
efectuaron la mayoría de las secuencias
sin la ayuda de ningún doble.
Doble valor tiene el trabajo de Red Buttons
y Carol Lynley, ambos con acrofobia,
miedo a las alturas, quienes lograron terminar
el rodaje gracias al tesón y la experiencia
del director Ronald Neame quien
ya había tratado con otros actores afectados
de la misma fobia.
Por ello, La aventura
del Poseidón terminó siendo
una verdadera epopeya para quienes vieron cómo
el año nuevo se transformaba en una pesadilla
a bordo de un barco que había comenzado
su último viaje. |