Tras
esto sólo quedaba el salto a la gran pantalla
de los cines, de la historia de la misteriosa
localidad, algo que acaba de suceder en nuestras
pantallas, tras varios años intento.
El responsable de ello ha sido el director francés
Christophe Gans, responsable de Crying
Freeman (1995) y El
pacto de los lobos (2001). Gans
debió rodar varias escenas por cuenta propia
–con la banda sonora de los propios juegos-
y una entrevista en la que contaba cuánto
le había influenciado Silent
Hill en su carrera, para lograr que los
responsables de Konami accedieran
a vender los derechos del juego.
Otro de los problemas a los que se debió
enfrentar el director fue con el primer guión
de la historia. Éste, escrito por Roger
Avary, colaborador habitual de Quentin
Tarantino y del propio Gans,
no incluyó ningún personaje masculino
en la historia, lo que le supuso un rechazo por
parte de Konami.
El planteamiento original del guionista era
resaltar la fuerza y determinación femeninas
en una historia que, tradicionalmente, han estado
protagonizadas por hombres.
De ahí que se decidiera cambiar al protagonista
del primero de los juegos –Harry Mason-
por una mujer en la versión cinematográfica.
Tras el mencionado rechazo se decidió incluir
el papel de Sean Bean, marido de la protagonista,
para equilibrar la narración y el del oficial
Tomas Gucci, interpretado por
Kim Coates.
Por ello, la historia comienza cuando Rose
Da Silva decide irse hasta la localidad de
Silent Hill tratando de encontrar una explicación
para los dibujos que, en determinados momentos
salen de la mente de su pequeña hija Sharon.
Todo se desarrolla con normalidad hasta que ambas
sobrepasan los lindes de Silent Hill.
Es, entonces, cuando Rose pierde el
control del coche, estrellándose contra
una de las paredes de las montañas que
rodean Silent Hill. Al despertar comprueba que
su hija ya no está junto a ella y que la
ciudad en la que se encuentra ofrece un aspecto
tan desolado como estremecedor.
Ante esta situación, decide comenzar
su búsqueda, debiendo sufrir los efectos
de un lugar que cambia cada vez que el sonido
de una sirena impregna la cargada atmósfera
de la ciudad. En su empeño contará
con la ayuda de la oficial Cybil Bennett (Laurie
Holden) una dura patrullera de carreteras,
la cual se verá inmersa en la misma pesadilla
que Rose.
Mientras tanto, Christopher Da Silva,
marido de Rose, decidirá acudir
hasta Silent Hill para encontrar a su familia,
tras comprobar que el lugar fue víctima
de un pavoroso incendio que lo destruyó
décadas atrás.
Se entabla una carrera contra el tiempo, disputada
a dos niveles muy distintos de realidad y dónde
nada es lo que parece ser.
Silent Hill termina por representar la suma
de todos los males relacionados con las creencias
religiosas –los cuales desembocan en un
fanatismo que tiñó de sangre buena
parte del mundo durante siglos- y los efectos
de desafiar a las fuerzas del averno, las cuales
son tan reales como los dioses que se invocan
por los fanáticos creyentes que viven en
la ciudad.
Rose y Cybil terminarán
siendo testigos y partícipes de la batalla
entablada por la demente Christabella
y Alessa Gillespie, la niña que
juró venganza tras caer en manos de los
seguidores de Christabella. Por ende,
Alessa tiene el mismo rostro que Sharon
la hija adoptada por Rose y Christopher,
razón que terminará por explicarlo
todo.
Lo mejor de todo es que Gans
ha sabido mantener la misma atmósfera pegajosa
que comentaba al principio de este artículo,
logrando que el espectador se sienta tan incómodo
con lo que está viendo como le ocurre a
los protagonista de la película.
Además, el giro argumental que da la
narración, aproximadamente a mitad de la
misma y que lo separa de la historia el primer
videojuego, confirma las tremendas posibilidades
que dicha historia tenía para ser llevada
a la gran pantalla, sin necesidad de recurrir
a las fuentes originales.
Bien es cierto que en sus imágenes se
encuentran referencias a clásicos del género
como La escalera de Jacob
(Adrian Lyne, 1990), En
la boca del miedo (John Carpenter, 1995)
o la serie Twin Peaks
(1990-1991) –influencias palpables en los
mismos videojuegos de la saga-. La versión
cinematográfica va un paso más allá
y nos vuelve a reinterpretar la locura, el fanatismo
y la eterna lucha entre el bien y el mal, aunque
su interpretación no sea la común.
Por último destacar lo acertado del reparto,
en especial cuando se habla de sus protagonistas
femeninas.
Radha Mitchell – conocida
por su papel en Pitch
Black (David Twohy, 2000)- interpreta de
manera solvente y sin necesidad de gritos innecesarios,
el papel de Rose, la madre de Sharon,
la cual deberá desafiar la maldición
de la ciudad para encontrar a su hija. Ésta,
interpretada por la joven actriz Jodelle Ferland
da la perfecta réplica en su doble papel
de Sharon y Alessa Gillespie,
desencadenante de todo aquello. Su mirada termina
traspasando la pantalla para clavarse en la mente
del espectador.
Junto a ellas, la agente Bennett, decidida
y poco dispuesta a dejarse sorprender es interpretada
por Laurie Holden –la agente
Marita Covarrubias de X-Files-.
Por último una siempre resolutiva y misteriosa
Alice Krige da la réplica
a la demente Christabella, símbolo
de toda desviación que conduce al fanatismo.
En el apartado masculino, Sean Bean
–más conocido por su papel de Boromir
en El
señor de los anillos- y Kim
Coates interactúan fuera de los
límites de Silent Hill tratando de encontrar,
el primero a su familia y el segundo, un momento
de paz tras lo sucedido en la ciudad.
El resultado final es una muy buena película
de terror, donde cada elemento está conectado
para que, a pesar de la complejidad y el simbolismo
de buena parte de sus imágenes, el espectador
viva y sienta lo mismo que le sucede a los protagonistas.
Es, también, la muestra de la tremenda
riqueza de la propuesta original, capaz de seguir
sorprendiendo por lo arriesgado de su propuesta.
Pesadillas terroríficas, envueltas por
la demencia del ser humano aunque sin la posibilidad
de escoger el final sería un buen resumen
para la adaptación cinematográfica
de Silent Hill.
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