Introducción:
Clive Barker y el Bello Arte de la Carne y la
Sangre
Ahora que se habla de la intención de
resucitar desde cero la opera prima de Clive
Barker en el cine, no estaría mal un
repaso de las claves que hicieron de Hellraiser,
los que traen el Infierno (1987) todo un
clásico del cine de terror.
Poco hay que contar de Clive Barker
que no se haya dicho ya. Este polifacético
artista ha dado rienda suelta a su creatividad
en el teatro, el cine, la pintura y, muy especialmente,
la literatura, con la que a mediados de los 80
marcó un punto de inflexión en el
género del terror. Sus Books
of Blood, supusieron un revulsivo contra
las gastadas fórmulas del cuento de horror
y también el salto a la fama del autor.
Bajo la influencia de genios como Jung,
Poe,
Wilde, Bradbury,
Machen, Blake
o nuestro Goya y a tono con la
corriente de la Nueva Carne inaugurada en el cine
por David
Cronenberg, los libros de relatos cortos de
Barker aunaron violencia descarnada,
erotismo enfermizo y una mirada sin concesiones
al lado más oscuro del alma humana.
Pero esto no duró demasiado. Barker
se fue cansando de aquel desenfrenado desfile
de horrores o, a lo mejor, como apunta Jesús
Palacios “sintió miedo
de sí mismo, percibió, quizá,
que se estaba acercando demasiado a las fuentes
del mal” [1] y se
fue interesando más por conceptos como
la redención, la salvación y otros
valores positivos.
La influencia de las imágenes del Viejo
y el Nuevo Testamento, desde muy temprano presente
en su trabajo, se irá haciendo más
patente en sus obras, las cuales irán abandonando
el tono crepuscular y extremadamente funesto de
los inicios y derivando hacia la fantasía
oscura o la aventura con tintes terroríficos.
Tal es el caso de Sortilegio
(Weaveworld, 1987),
Cabal (Cabal:
Nightbreed, 1989), El
gran espectáculo secreto (The
great and secret Show, 1989), Imajica
(1991) o Sacrament
(1996). Incluso ha cultivado el relato infantil
y juvenil, como así demuestran El
ladrón de días (The
Thief of Always, 1992) y Abarat
(2002).
En el cine debutó como director en 1987
adaptando su novela corta The
Hellbound Heart, dando lugar a la película
que nos ocupa, Hellraiser,
tras las decepcionantes Underworld
(que partía de una idea suya) en 1985,
y Rawhead Rex (basada
en el homónimo relato sangriento) en 1986,
perpetradas ambas por George Pavlou.
Después produjo Hellbound:
Hellraiser II (Tony Randel, 1988), dirigió
Razas de Noche (1990)
y fue responsable como productor ejecutivo de
Candyman. El dominio de
la mente (Bernard Rose, 1992) y Candyman
II (Bill Condon, 1994).
Su último trabajo como director fue la
fallida El señor
de las ilusiones (Lord
of Illusions, 1995), pero quizá
dentro de poco veamos de nuevo su nombre vinculado
al mundo del cine, dado que la Disney
(!) ha adquirido los derechos de Abarat.
Volviendo a su etapa literaria más sangrienta,
así hablaba de ella el autor: “Me
divertía provocar ese complicado conjunto
de respuestas: saber que las palabras que ponía
sobre la página harían que la gente
se parara en seco, que se preguntaran si la línea
que separa lo que les da miedo de lo que les da
placer no es mucho más delgada de lo que
se imaginan” [2].
Es este primer Barker el que
ahora nos interesa, el de los Libros
de Sangre y, por supuesto, el de Hellbound
Heart, aquél cuya desatada imaginación
y cuyo atrevimiento a la hora de pasar por encima
de cualquier tipo de tabú le hicieron merecedor
de afirmaciones como la siguiente de Stephen
King: “El trabajo de Barker
hace que parezca que los demás llevamos
dormidos los últimos diez años”.
Barker se ganó el respeto
de la crítica y sus colegas al rescatar
de lo más profundo de su subconsciente
todo tipo de imágenes para elaborar unos
relatos poco dados a los finales felices, donde
el sexo, la violencia y el absurdo se combinaban
magistralmente, dando forma a un terror lleno
de un inusual lirismo. De este modo, ambientes
de pesadilla, mutilaciones horrendas y actos inhumanos
de la más impura naturaleza se describen
en su obra mediante una cuidada prosa y elaboradas
metáforas. Un estilo literario que encarna
perfectamente ese paradójico sentimiento,
tan propio del género terrorífico,
como es el de la repulsión-fascinación
ante aquello que nos horroriza; estilo que cobra
especial sentido si pensamos que, en ocasiones,
nuestras peores pesadillas son aquellas que van
de la mano de nuestros más oscuros deseos.
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