Hellraiser, los que traen el Infierno
A los planteamientos anteriores responde notablemente
su opera prima en el mundo del largometraje. El
argumento de la película, como ya hemos
citado, se basa en el de la novela Hellbound
Heart y, salvo pequeños detalles
que no perjudican demasiado su espíritu,
es bastante fiel a la misma. Recordémoslo
a través de la siguiente sinopsis:
Una leyenda rodea a la extraña caja-puzzle
conocida como Configuración del Lamento:
aquél que logre abrirla será recompensado
con placeres inimaginables. Frank Cotton
(Sean Chapman), un bala perdida ávido de
sensaciones fuertes, consigue resolver el enigma
de la caja y aparecen ante él los Cenobitas,
siniestros seres que le inician en una oscura
filosofía: Placer y Dolor son la misma
cosa. Frank es torturado y descuartizado,
para desaparecer después junto a sus captores.
Al cabo de un tiempo, su hermano mayor, Larry
(Andrew Robinson), y su nueva esposa, Julia
(Clare Higgins), se mudan a la casa donde Frank
se refugiaba.
La pesadilla comienza cuando la sangre de
Larry, derramada en un leve accidente
doméstico, devuelve a Frank
a nuestro mundo, aunque convertido en poco más
que un amasijo de carne y huesos (Oliver Smith)
que ha de ocultarse entre las sombras de la
habitación donde fue aniquilado. Tras
revelarse ante Julia, con la que antaño
había mantenido una relación secreta,
la convence para que le alimente con la carne
y la sangre de otros hombres. Julia,
subyugada por la fuerte personalidad del resucitado,
accede a colaborar con él esperanzada
ante la posibilidad de que, una vez completo,
la lleve lejos de allí y de su aburrido
marido. Pero la hija de Larry, Kirsty
(Ashley Laurence), descubre al monstruo y huye
con la caja-puzzle, liberando a los Cenobitas,
a los que guía para que puedan ajustar
cuentas con el fugado Frank.
Una vez de vuelta, Kirsty descubre
que su madrastra y su tío han matado
a su padre. En el momento más crítico
aparecen los Cenobitas para llevar
a la perdición a los amantes asesinos
y someter a la chica. Sin embargo, ésta
consigue encerrarles de nuevo en la caja y escapar.
Cuando arroja la Configuración del Lamento
a una hoguera y piensa que ha liberado al mundo
de sus males, una bestia alada la rescata y
la pone al alcance de una nueva víctima…
El film, visto hoy, resulta más interesante
por sus propuestas argumentales y estéticas
que por su calidad cinematográfica final.
Nos encontramos con un Clive Barker
primerizo en las lides fílmicas que fue
aprendiendo sobre la marcha y eso se nota. Por
un lado, es capaz de logros como una interesante
fusión de horror y esteticismo en ciertos
escenarios y situaciones, pero por otro, también
de ciertas meteduras de pata que desmejoran el
conjunto. Así, todo lo relacionado con
el maquillaje, la fotografía y la banda
sonora es digno de admiración, pero los
efectos especiales y el guión son bastante
irregulares.
Las escalofriantes caracterizaciones de Frank
Cotton como hombre desollado y de los grimosos
Cenobitas son de lo mejor de la película
y en alianza con la particular noción barkeriana
del terror contribuyeron a dotarla de las cotas
de originalidad que la hicieron merecedora de
la categoría de film de culto.
Con los efectos especiales, por el contrario,
tenemos una de cal y otra de arena. En algunos
momentos son destacables, como en la resurrección
de Frank, escena que parece rendir tributo
a aquella de Drácula,
Príncipe de las Tinieblas (Terence
Fisher, 1965) [3] en la que el
Conde renace de sus cenizas, así como en
las apariciones de los Cenobitas con
sus perturbadores efectos de luz y sonido o en
la morbosa minuciosidad de los planos detalle
de sus ganchos atravesando la piel de Cotton;
pero en otras ocasiones resultan bastante penosos.
Una máxima del cine de terror (el que
pretende asustar de verdad y no tanto hacer reír)
viene a decir que si no se tiene un buen monstruo
lo peor que se puede hacer es mostrarlo, y esto
es precisamente lo que Barker
hace en dos momentos señalados de la cinta:
primero, con el desafortunado monstruo de los
Corredores Estigios, que el director se empeña
en mostrar mediante el uso y abuso de planos generales
poco favorecedores junto a fallos de raccord (neblina
unas veces sí, neblina otras veces no...)
que dejan demasiado expuesto el truco (un señor
disfrazado que se desplaza sobre un raíl),
destrozando una escena que había empezado
de maravilla; y segundo, con la marioneta que
al final del film intenta hacerse pasar por criatura
alada.
También lastran la historia incoherencias
de guión como que a Kirsty no
le cueste demasiado dominar la caja para encerrar
a los Cenobitas o que después
de ver como Julia es asesinada y medio
absorbida por Frank la veamos tumbada
en la cama recién torturada por los que
traen el Infierno. Además, hay que criticar
la presencia totalmente innecesaria del novio
de Kirsty en la trama (ni siquiera útil
a la hora de rescatarla), que parece estar presente
sólo para cumplir la típica convención
ochentera (aún hoy vigente) de la parejita
de adolescentes frente al peligro sobrenatural.
Y es que, a medida que avanza el metraje vamos
observando mayores concesiones al cine de terror
más corriente de la época, acabando
todo de forma un tanto precipitada y de modo distinto
a la novela al surgir en los Cenobitas
una repentina manía por perseguir a los
supervivientes, perdiéndose así
parte del encanto y el misterio que les caracterizaba
en sus primeras escenas.
Decididamente, Clive Barker
es mejor escritor que director pero, a pesar de
sus defectos, la validez de Hellraiser
es indicutible, por la nueva vía que intentó
abrir en el cine fantástico y de terror,
por su garra visual y por su gran aportación
al variado bestiario del cine de terror moderno. |