Los
personajes
Pocos protagonistas en pocos, reducidos y malsanos
escenarios, una fórmula muy bien desarrollada
a lo largo de la película y enriquecida
por unas interpretaciones más que notables
y un clima realmente fatídico de pasiones
desbordadas y terrores incomprensibles.
“Exploradores de las regiones del
más allá de los sentidos; demonios
para unos, ángeles para otros”.
Con esta frase define el líder cenobita,
posteriormente conocido como Pinhead
(Doug Bradley), a su estirpe, dándonos
la clave para entender sus oscuras prácticas
ascéticas (no en vano cenobita significa
monje de clausura), basadas en la sublimación
del Placer y el Dolor, entendidos como sensaciones
indivisibles. Nacen de la conjunción de
influencias muy diversas.
Por un lado, su aspecto evoca irremediablemente
la más desquiciada de las pesadillas sado-masoquistas,
como así atestiguan el cuero negro que
visten, sus instrumentos de tortura oxidados y
ensangrentados y las horrendas mutilaciones de
su carne, que lucen con aparente indiferencia;
por otro, sus maneras frías y crueles no
están exentas de un particular sentido
de la elegancia y el sarcasmo (“Nada
de lágrimas, por favor, no desperdicies
el buen sufrimiento”) que los convierte
en una especie de dandys infernales, interesados
no sólo en hacer su sangriento trabajo
con eficiencia sino también con estilo,
pues, como comentó la diseñadora
del vestuario, Jane Wildgoose:
“Si los Cenobitas eran devotos de la
auto-mutilación y de los placeres y dolores
extremos deberían ejercitar alguna forma
de narcisismo extremo” [4].
Además, y al hilo del halo cuasi-religioso
que Barker les infunde, no sólo
suponen una visión perversamente deformada
de la figura del monje, sino también de
las imágenes católicas del sufrimiento,
sin ir más lejos las de la Pasión
y Muerte de Cristo, que desde la infancia contemplamos
con una mezcla de pavor y fascinación,
y muy especialmente las de los mártires,
plasmados en cuadros y esculturas en ocasiones
con la suficiente ambigüedad como para que
nos resulte difícil distinguir el límite
entre su supremo dolor y el goce infinito de su
éxtasis divino, y que al igual que los
Cenobitas, aparecen siempre acompañados
de los instrumentos de su tormento... ¿o
de su disfrute quizás?
Con semejantes características no tardaron
en convertirse en un fenómeno de culto
con el que se planteaba además una original
alternativa a tanto psychokiller enganchado al
picadillo de adolescente libidinoso. Así
fue como, mientras Freddy y Jason
competían por ver quien masacraba a más
niñatos, el entrañable Pinhead,
con su cuidado lenguaje, su porte sofisticado
y su cabeza cubierta de alfileres clavados hasta
el hueso, se hizo un hueco en el corazón
del aficionado.
En cuanto al elemento humano del film, empezaremos
por Frank y Julia, un prototípico
retrato de los antihéroes barkerianos.
Frank Cotton es la viva imagen de la
inmoralidad humana y del hedonismo llevado hasta
el paroxismo. Todas sus acciones están
movidas por el placer, que está para él
por encima de todo código moral y de su
propia familia.
Su compañera de fechorías, Julia,
reacia en un principio a los planes de Frank,
acaba convirtiéndose en una relectura brutal
de la arquetípica femme fatale, una vampiresa
fría y despiadada que arrastra a sus pretendientes
a la muerte y que es capaz de lo peor en nombre
del amor hacia el único hombre que ha sabido
satisfacerla, sin saber que ella misma no es más
que un divertimento pasajero para Frank
y un instrumento para el cumplimiento de sus planes.
Puede parecer poco verosímil que se convierta
en una asesina en un abrir y cerrar de ojos, así
como que caiga rendida a los pies de un tipo despellejado,
viscoso y supurante, pero esta actitud tiene bastante
sentido si la analizamos a la luz de la filosofía
del Barker de los Libros
de Sangre, en cuyos relatos dejarse llevar
por los impulsos más bajos e impensables
está a la orden del día.
Por todo esto, Julia y Frank
quizás deberían ser considerados
con toda justicia los verdaderos villanos de la
historia, puesto que, mientras los Cenobitas se
limitan a cumplir las normas por las que se rige
su Orden de la Hendidura (hacer partícipes
de sus singulares placeres a quienes requieren
de sus servicios), aquéllos son personajes
totalmente maquiavélicos que parecen disfrutar
del sadismo del que hacen gala.
Diametralmente opuestos a tan animada parejita
son el buenazo de Larry Cotton, simplón,
aburrido, algo pusilánime y ajeno a la
siniestra conspiración que se cierne sobre
él, y Kirsty, la heroína
de la historia, que de ser en la novela una amiga
enamorada secretamente de Larry, pasa
a ser su hija en el film.
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