Las
secuelas
Como otros filmes de culto, Hellraiser
tiene también sus continuaciones, con las
que se ha intentado desarrollar los aspectos de
una mitología probablemente innecesaria.
Al igual que suele ocurrir en estos casos, las
secuelas no sólo no alcanzan los niveles
de interés de la cinta original, sino que
más bien se catalogan entre lo mediocre
y lo lamentable.
Hellbound: Hellraiser
II (Tony Randel, 1988) continúa
la acción donde acaba el anterior film
y plantea el viaje de Kirsty y su nueva
amiga Tiffany al infierno cenobítico,
el regreso de Julia (!?) y la aparición
de dos nuevos villanos: Channard, un
mad doctor de los de toda la vida, y el terrible
e inmemorial Leviathan, la deidad que
controla el mundo de Pinhead y los suyos.
La película se basa, por tanto, en una
profundización en el universo de los Cenobitas,
a la par que en extremar burdamente la violencia
y la sordidez de su antecesora; un craso error
que se salda con la pérdida de gran parte
de la esencia original, la vulgarización
e incluso la traición de algunos de los
planteamientos iniciales, por no hablar de algún
que otro fallo de continuidad narrativa con respecto
a la primera parte. Pero lo peor es que se nos
revele que los Cenobitas tuvieron un origen humano
y que no son otra cosa que unas pobres almas torturadas
dispuestas a redimirse en nombre del Bien.
A pesar de todo ello hay cosas rescatables que
hacen de su visionado una experiencia entretenida,
como son el diseño de la dimensión
laberíntica cenobita y de Leviathan,
la mejora de los efectos especiales y la banda
sonora, al igual que en la original, a cargo de
Christopher Young.
Esta primera secuela supuso el inicio de un
proceso de declive que ha acabado convirtiendo
a la saga Hellraiser
en una serie de películas de terror escabroso
donde las fuerzas del Bien se enfrentan a las
del Mal, con poco o nada destacable.
En Hellraiser III: Hell
on Heart (Anthony Hickox, 1992) vemos que
los antaño solemnes y sibilinos Cenobitas,
ahora cada vez más numerosos y ridículos,
van armando bronca por las calles como si de una
banda de hooligans se tratase y que Pinhead
hace sus pinitos en el arte del histrionismo al
más puro estilo Krueger tras montar
una buena en una discoteca.
Después vendría Hellraiser:
Bloodline (1996), dirigida por el mítico
(por inexistente) Alan Smithee y
mutilada en su montaje final, donde un Pinhead
algo más comedido y sus colegas hacen de
las suyas en una nave espacial.
En los últimos años el ritmo de
producción se ha acrecentado y así
tenemos Hellraiser: Inferno
(2000) de Scott Derrickson, y
las tres de Rick Bota: Hellraiser:
Hellseeker (2002), Hellraiser:
Deader (2005) y Hellraiser:
Hellworld (2005); esta última con
los Cenobitas causando estragos gracias a Internet.
Visto lo visto, no nos debería sorprender
encontrarnos pronto con un Pinhead versus
Leatherface o un Cenobites versus Critters... |