La
banda sonora
La sensacional atmósfera sonora de la
cinta contiene todo un repertorio de escalofriantes
elementos: susurros casi imperceptibles en la
oscuridad de la habitación de Frank,
llantos infantiles en oscuros corredores, gemidos
y estridentes chirridos alrededor de los Cenobitas,
el ruido de Frank absorbiendo los fluidos
de sus víctimas… Pero lo más
destacado de este apartado es, sin duda, la música.
Fue una suerte que Barker desechara
la idea inicial de que el heavy metal acompañase
a las imágenes del film y encargase a Christopher
Young la banda sonora. Este imaginativo
compositor era conocido entonces sobre todo por
la BSO de Pesadilla en
Elm Street 2. La venganza de Freddy (Jack
Sholder, 1985) y tras colaborar con Barker
en el primer Hellraiser
y en su segunda parte, seguiría demostrando
su talento para el terror en producciones como
La mosca II (Chris
Walas, 1989), La mitad
oscura (George A. Romero, 1992) o Species
(Roger Donaldson, 1995).
En los últimos tiempos le hemos oído
en films de mayor repercusión como El
exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson,
2005) y dentro de poco podremos comprobar si mantiene
el tipo en superproducciones como Spiderman
3, de Sam Raimi, y Ghost
Rider, de Mark Steven Johnson.
No exageramos si decimos que el resultado de
su trabajo en Hellraiser
es, probablemente, una de las mejores composiciones
de terror de la historia del cine y además
un gran ejemplo de comunión perfecta entre
música e imágenes (música
empática que diría un experto).
Young huye de la vulgaridad
y de lo obvio para hacer un score macabro pero
a la vez bello y sofisticado; en ese sentido,
el tema central, Hellraiser, que acompaña
brevemente los títulos iniciales y se desarrolla
por completo en los créditos finales, es
toda una declaración de intenciones.
En temas como Hellbound Heart, Reunion
o In love's name, dedicados más
concretamente a las maquinaciones de Julia
y Frank, la música ahonda en el
romanticismo más decadente y melancólico,
acorde con la degeneración física
y moral de Cotton, y su intensidad va
in crescendo a medida que aumenta la vileza de
su enfermiza relación con Julia,
donde el amor y la muerte se entrelazan de una
forma que habría hecho las delicias de
Poe.
Sobresaliente es también su uso en escenas
memorables como la resurrección de Frank,
en la que contemplamos como unas gotas de sangre
reactivan y regeneran los escasos restos del desgraciado
hermano de Larry, siendo jirones de carne,
sangre y viscosidades varias partícipes
de un vals tan lúgubre como bello, una
música que parece acudir en auxilio de
unos efectos especiales que, aunque espectaculares
para la época, habrían resultado
insuficientes para dotar a la escena de la fascinante
dimensión que posee, que la hace ir más
allá del puro terror y entrar en el terreno
del acontecimiento milagroso.
A los Cenobitas y a su ambigüedad espacial
y moral, les corresponde un fondo sonoro envolvente,
irreal, insano, conseguido gracias al sintetizador,
con el que queda claro que no pertenecen a este
mundo y que sus reglas nada tienen que ver con
las humanas. Esta música recoge matices
que contribuyen a caracterizar a tan aterradoras
criaturas, tal es el caso de los hirientes sonidos
metálicos, en consonancia con sus instrumentos
de trabajo (cadenas con ganchos salidas de la
nada, sierras, cuchillos, etc.) o el tañido
de las campanas sobrenaturales que anuncian su
llegada, detalle existente ya en el relato original
y con el que se evoca su inspiración religiosa.
También hay algún tema de horror
más convencional aunque efectivo, como
el que acompaña a los crímenes de
los amantes, A quick death, o el que
particulariza al monstruo de los corredores, Seduction
and pursuit.
Hemos señalado antes que Young
compuso también la banda sonora de Hellbound:
Hellraiser II y merece la pena detenerse
a reseñarla. En este trabajo, al contrario
de lo que ocurría en el anterior, la sutileza
pierde terreno ante lo grandilocuente. Esto no
supone ningún problema, puesto que el escenario
ha cambiado: el Laberinto del Infierno está
a la vista de todos y se intenta desarrollar una
nueva mitología, por lo que la música
adquiere un nuevo registro que pretende ni más
ni menos que una Celebración del Horror.
Y lo consigue: la acentuación de la alternancia
que ya vimos en la primera entrega entre el sinfonismo
puro y el sintetizador da como resultado, por
un lado, un abrumador viaje infernal entre coros
apocalípticos (Hellbound, Second
sight seance, Dead or living?),
pasajes delirantes y perversamente festivos (Looking
through a woman, Hall of mirrors),
cánticos ominosos y otras sonoridades abismales
(Stringing the puppet, Leviatán),
y por otro, momentos más introspectivos
que rememoran la melancolía y elegancia
musicales del primer Hellraiser
(Something to think about).
La épica y el sentido de la maravilla
de un relato mitológico, el horror y el
desasosiego propios de la más pegajosa
de las pesadillas, todo esto encontramos en una
BSO que se encuentra muy por encima de la calidad
de la película a la que acompaña.
Es una pena que ambas bandas sonoras no hayan
gozado de la difusión de otras grandes
obras, y sean, por tanto, poco o nada recordadas
por el gran público. |