Conclusión
Clive Barker consiguió
con su Hellraiser, lo
que traen el infierno una transcripción
casi perfecta al medio cinematográfico
del espíritu literario con el que se dio
a conocer internacionalmente. Una idea delirante
y enfermiza del placer sexual, unos monstruos
más sugerentes de lo acostumbrado (aunque
en los últimos minutos pierdan la compostura)
y un sentido genial de la ambientación
sobresalen en este hito del cine del terror contemporáneo
que debería haber creado mayor escuela.
Este film reúne una serie de elementos
que todos reconocemos como característicos
del miedo en el cine: la mezcla, como decíamos
en la introducción, entre atracción
y aversión; el impulso tan humano y amoral
como es la curiosidad ante lo prohibido, lo censurable
y lo obsceno; el consecuente interés especial
que en el espectador despiertan los personajes
malditos o monstruosos; el siempre recurrente
argumento del Eros y el Thanatos, amor y muerte,
erotismo y violencia, que, sin ir más lejos
y por citar un ejemplo cercano al creador inglés,
la Hammer manejase tan magistralmente.
Todas estas cualidades, casi inherentes al género,
son recogidas por Barker en su
opera prima, pero con el mérito de que
lo hace poniéndolas en primer plano con
un sentido tan lúcido como terrible de
la franqueza y la transparencia, sin apenas concesiones,
valiéndose de una concepción exquisita
del gore y de un retrato de las relaciones humanas
que son cualquier cosa menos humanas, dando lugar
durante buena parte de su metraje a un terror
más penetrante y evocador de lo normal.
Pero, ya hemos visto que la película
se deja contaminar en su parte final por algunos
recursos más típicos que, si bien
no resienten en exceso su valor, nos anuncian
lo que iba a ocurrir con las imaginativas propuestas
de Barker. Las posibilidades
del camino que nos mostró quedaron eclipsadas,
al menos en los circuitos del mainstream, por
las fórmulas del susto fácil, las
del superficial miedo al monstruo o psicópata
de turno tras la esquina, en ocasiones hermanadas
al gore mediante la vulgar y consabida explosión
de sangre y vísceras; las propias secuelas
de Hellraiser cayeron
en ese discurso.
Y no es que se pretenda aquí atacar a
ese tipo de películas de horror que unas
veces rozan o traspasan la barrera hacia la comedia
y otras simplemente buscan asquear al espectador
y hacerle pasar un divertido mal rato, todos tenemos
en mente un buen puñado de títulos
que son verdaderas obras maestras; lo que más
bien se quiere es reclamar algo más de
esa profundidad que gente como Barker
aportó al género. Se trata de reivindicar
el uso sin ataduras de la imaginación para
rasgar la fina superficie de la realidad cotidiana
y dejar salir a la luz las imágenes más
perturbadoras que podamos concebir, sumergirse
en los abismos del ser humano y aprovechar todo
el potencial creativo de sus sueños y anhelos
por inconfesables que estos sean.
En definitiva, al fuero interno del hombre aún
no se le ha sacado todo el jugo y sigue siendo
una fuente de horrores insuficientemente aprovechada.
Aunque desde hace unos años Clive
Barker haya puesto su extravagante imaginería
al servicio de otros fines menos maliciosos, nos
ha dejado bien claras las pautas para dar forma
a un tipo de terror que no debería nunca
desaparecer por motivos que él mismo reconoce:
“Necesitamos tocar la oscuridad de
nuestra alma; es una forma de conectar con nuestro
yo original, el yo que probablemente existía
antes de que pudiéramos formar palabras,
que sabe que el mundo contiene una gran luz
y una gran oscuridad, y que una cosa no puede
existir sin la otra” [5]
Esperemos que estas palabras se hagan realidad
en el remake que parece estar en marcha, que con
él se aprenda de los pequeños errores
del original y se olviden por completo los desvaríos
de sus continuaciones, y que la magia de los efectos
digitales se ponga al servicio de un sentido del
miedo absolutamente inmisericorde.
2006
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