La historia
del Séptimo arte está llena, por
muchas y variadas causas, de películas
que, también en mayor o menor medida, fueron
un fracaso. Y con la palabra fracaso, no quiero
decir que dada su pésima calidad el público
las rechazó. Me refiero al hecho de que
no fueron capaces de conectar con el público.
Su paso por las pantallas fue fugaz y casi anónimo,
independientemente de su calidad.
Por fortuna para algunas, el tiempo se ha encargado
de colocarlas en el lugar que les correspondía.
Pero esto no siempre ocurre y nuestra sociedad
de la información tiene cada vez menos
tiempo para estudiar “historia antigua”.
En otros casos, es el estreno de un determinado
título lo que hace que muchos descubran
“la piedra filosofal” ante la historia
que han contemplado, ignorando que la mentada
“piedra” es un remake -nueva versión-
de un título anterior.
Esto sucedió cuando se estrenó
la nueva versión de uno de los grandes
clásicos del cine fantástico contemporáneo.
Y nada mejor que estudiar un poco de historia
antigua para entenderlo.
En 1975, la United Artists estrenó
en las pantallas Rollerball,
dirigida y producida por Norman Jewinson,
realizador responsable de El
violinista en el tejado (1971), En
el calor de la noche (1967) y Jesucristo
Superstar (1973), y basada en el relato
Asesinato en Rollerball
del escritor William Harrison.
El reparto estaba encabezado por el actor
James Caan, protagonista absoluto de
la cinta.
La sinopsis trataba de lo siguiente. Es el año
2018 y el mundo se ha reagrupado políticamente
en seis corporaciones: Energía, Alimentación,
Lujo, Vivienda, Comunicación y Transporte.
La tranquilidad material es así absoluta:
no hay guerras, ni pobreza, pero tampoco hay libertad
personal.
El ingenioso sistema para que la naturaleza
humana se manifieste, exteriorizando la violencia
animal que anida en todos los hombres y ,al mismo
tiempo, para que el pueblo tenga la idea de que
el esfuerzo individual es fútil, no es
otro que el juego del “Rollerball”.
Éste combina carreras de motos, patinaje
y baloncesto y en él la violencia llevada
hasta la misma muerte es parte del entretenimiento.
El deporte se práctica con una bola de
acero de 12 kilos que es disparada por un cañón
alrededor de una pista circular de casi 190 metros
de circunferencia. La bola debe ser interceptada
por un receptor en patines, mientras sortea a
otros jugadores.
Todo está orquestado para satisfacer
los más bajos instintos y el participante
en el juego es sacrificado en aras del bien común
y la convivencia.
Puede que después de leer dicha sinopsis
no nos sorprenda demasiado la trama, acostumbrados
como estamos a vivir entre violencia gratuita.
Sin embargo, en 1975 la situación era
muy distinta. Todavía se creía en
el juego limpio y en el lema “lo importante
es participar”, con unos medios de comunicación
realmente plurales -Nixon acababa
de dimitir por el escándalo “Watergate”,
destapado por el Washington Post- mientras
las grandes corporaciones aún figuraban
en la sombra, ocultando su verdadero poder.
Y, de pronto, una película cuenta una
parábola acerca de cómo será
el futuro del hombre y la sociedad.
Bajo esta lectura, son comprensibles las declaraciones
de Jewinson a los medios de la
época cuando afirmaba: "United
Artists fue la única compañía
que no creía que yo era un loco radical".
El realizador se había destacado siempre
por su compromiso socio-político de corte
liberal, pero Rollerball
sobrepasó los límites establecidos,
pues nadie podía pensar la estrecha relación
que, años después, iba a tener el
deporte con la violencia, orquestado todo por
una necesidad de entretener a las masas.
Aún así, el director siempre fue
consciente de lo controvertido del tema: "Estamos
entrando en un terreno muy peligroso, porque en
ella presentamos una extensión de la violencia
hacia el deporte, y yo quiero desviar a las masas
de ella, no hacia ella. Pero la realidad está
ahí y, si no ponemos remedio en pocas décadas,
el “Rollerball” será el deporte
de moda”.
Gran parte del acierto de la película
residió en la elección de James
Caan como Jonathan E., el eje
central del relato. Caan, actor
tremendamente físico y pétreo, supo
añadirle al personaje el conflicto interior
que el jugador más famoso de la liga mundial
de Rollerball vive cuando los poderes ocultos
le obligan a renunciar a su vida.
Esa lucha y su resolución final conducirán
al espectador hacia secuencias de una desgarradora
violencia, donde todo vale con tal de ganar el
favor del público.
La imagen de Caan portando
la bola de acero por última vez resume,
de manera magistral, el mensaje que el director
quería contar.
Debo decir que la nueva versión realizada
por el director John McTiernan
en el año 2002 y protagonizada por Chris
Klein, Jean Reno, LL
Cool J y Rebecca Romijn
no supo actualizar la crítica social que
destila la primera versión, pues en esta
nueva versión se hace especial hincapié
en el espectáculo violento y efectista,
y no en el trasfondo social que se esconde tras
las primitivas batallas que se desatan en la versión
original de Rollerball.
De lo que no hay duda es de que Jewinson
colocó muy alto el listón y que
merece el reconocimiento por parte de los amantes
del buen cine fantástico.
Lo bola está en juego. ¿Quién
se atreve a revisarla? |