Aunque
cuesta creerlo, David Lynch se
crió en una familia perfectamente normal,
en Montana, en un pequeño pueblo que después
serviría como modelo para sus películas.
Desde pequeño el joven Lynch
mostró interés por el arte, especialmente
la pintura, y centró en eso su educación.
Tras el instituto estudió bellas artes
y fue allí donde entró en contacto
con el mundo del cine. Las posibilidades visuales
del cine como medio de expresión le fascinaron
y empezó a realizar algunos cortometrajes
experimentales, como El
alfabeto (1968) o La
Abuela (1970), donde quedaba clara su tendencia
por un tipo de cine predominantemente visual y
muy críptico.
Durante este tiempo conocería a algunos
de sus más importantes colaboradores como
el actor Jack Nance, quien hasta
su muerte en 1996 se mantuvo como su actor fetiche,
haciendo siempre pequeñas apariciones en
sus películas.
En 1972 Lynch inició
el rodaje de su primer largometraje, Cabeza
borradora, con un guión de apenas
20 páginas, y con el poco dinero que había
podido reunir a través de amigos y familiares.
El rodaje de la película tuvo lugar íntegramente
en un viejo matadero abandonado y se desarrolló
a lo largo de cinco años.
Cuando se estrenó la cinta resultó
ser demasiado extraña y perturbadora para
el público general, pero pronto se convirtió
en un fenómeno de culto dentro de las famosas
sesiones de medianoche. Lynch
siempre ha sido reacio a hablar sobre esta cinta
en público, ya que desde este primer momento
prefirió que el público se acercara
a su obra libre de cualquier prejuicio o interpretación
que él pudiera dar. Al igual que nunca
ha llegado a decir cómo crearon al bebé
mutante de la cinta, una de las imágenes
más inquietantes de su filmografía.
La reputación ganada por Cabeza
borradora en los círculos cinematográficos
hizo que el nombre de Lynch empezara
a mencionarse por las productoras, aunque ninguna
sabía qué tipo de proyectos podían
adjudicarle. Al final sería el actor y
director Mel Brooks, conocido
dentro del género de la comedia por títulos
como El jovencito Frankenstein
(1974) o Sillas de montar
calientes (1974), quien le ofreciera su
primer encargo, El hombre
elefante (1980). Brooks
le dio libertad para realizar la película
y llegó incluso a retirar su nombre de
los créditos para que su fama de comediante
no afectara a la cinta.
En este caso, Lynch tuvo que
aprender a desarrollar sus capacidades comunicativas.
El propio director ha confesado que viniendo del
mundo de la pintura, le resultaba muy difícil
articular sus ideas en palabras para hacerse entender
al resto del equipo. Otro de los puntos delicados
de la producción fue la realización
del maquillaje de John Hurt para
representar a John Merrick.
En un principio Lynch quiso
encargarse personalmente, llevado por el éxito
de su bebé mutante de Cabeza
borradora, y creó una especie de
arnés que resultó ser demasiado
complejo y pesado para el actor. Al final, tras
perder mucho tiempo intentando hacerlo funcionar,
se contrató a Christopher Tucker
para que se encargara del diseño de maquillaje.
Tucker había trabajado
en La Guerra de las Galaxias
(George Lucas, 1977), donde había sido
el responsable de la secuencia de la cantina.
El resultado fue un maquillaje que tardaba 12
horas en colocarse, pero que daba gran libertad
de movimientos al actor.
Cuando la cinta se estrenó, fue un éxito
rotundo en todos los aspectos. La belleza de la
fotografía de Freddie Francis,
y su conmovedora historia cargada de humanidad
deslumbró a todo el mundo.
Ese año al darse a conocer las nominaciones
a los Oscars todo el mundo denunció que
no existiera una categoría para el trabajo
de maquillaje, y fue gracias a estas protestas
que esta categoría se crearía el
año siguiente, aunque eso sí, tarde
para recompensar el trabajo de Tucker.
Convertido en una de las nuevas promesas del
cine, Lynch recibió una
llamada de Dino De Laurentiis que
buscaba director para su adaptación de
la novela de Fran Herbert, Dune.
Tras el éxito de La
Guerra de las Galaxias, todos los productores
buscaban como sumarse al tirón del género
de ciencia ficción, y la obra de Herbert
tenía muchas posibilidades por el culto
que ya traía consigo.
El problema es que se trataba de una novela muy
extensa, compleja y repleta de momentos difícilmente
visualizables en la pantalla. Lynch
se tuvo que enfrentar a una producción
muy dura, llevándoles a los límites
de la depresión. El resultado fue una cinta
fallida, irregular, lastrada por un excesivo uso
de la voz en off, pero que el tiempo ha demostrado
que se trataba de la mejor adaptación posible
de la novela.
De hecho posteriormente se ha intentado aprovechar
el avance en los efectos digitales en costosas
producciones para televisión que no han
sido capaces de acercarse a los hallazgos de Lynch.
Sin embargo Dune
sirvió al director para darse cuenta que
lo suyo no eran las grandes superproducciones
de Hollywood. Afortunadamente para él,
el éxito de El
hombre elefante evitó que este fiasco
arruinara su carrera, pero no estaba claro cuál
iba a ser su futuro. Es cierto que la película
fracasó en taquilla, pero la relación
con De Laurentiis no se vio afectada.
Lynch, en una situación
poco habitual decidió hacer frente al duro
momento que estaba pasando de cara a su credibilidad
como director, presentar al productor un guión
en el que había estado trabajando de forma
personal.
La propuesta de Lynch no tenía
nada que ver con Dune.
Se trataba de una ida arriesgada, un tanto hermética,
pero que a su favor contaba con el hecho de que
no requería de un gran presupuesto. De
Laurentiis aceptó y le dio carta
blanca al director para que realzara su película
a su propio estilo, siempre y cuando no se excediera
del presupuesto asignado. El resultado fue Terciopelo
Azul (1986), la película que asentaría
definitivamente al director en el panorama cinematográfico.
Dentro del reparto destacaba Kyle MacLachlan,
protagonista de Dune,
que pasaría a ser un nombre recurrente
en la filmografía de Lynch,
Isabela Rossellini, modelo, actriz
e hija de Ingrid Bergman y el
director Roberto Rossellini,
y por encima de todo Dennis Hopper,
quien se quedó prendado del personaje de
Frank Booth, uno de los personajes más
retorcidos e inquietantes de la historia reciente
del cine americano. Hopper leyó
el guión y le insistió a Lynch
hasta que éste aceptó darle el papel.
En esta cinta ya se establecen algunos elementos
que posteriormente se mantendrían en la
obra del director. Por encima de todo, nos encontramos
ante una cinta sobre dualidades enfrentadas. Los
personajes de MacLachlan y Laura
Dern representan la inocencia y la curiosidad
de la parte más luminosa de Estados Unidos,
mientras que Rossellini y Hopper
representan su lado oscuro, el desencanto, la
locura y la corrupción. Esto queda perfectamente
plasmado desde el mismo comienzo de la cinta,
donde Lynch nos muestra que bajo
el esplendoroso césped que adorna los jardines
de América se esconden gusanos que viven
escondidos en la oscuridad.
En esta lucha del bien contra el mal, que poco
a poco deja de ser maniquea para encontrar que
no son tan distantes una de la otra, Lynch
hace uso de elementos oníricos, referencias
sexuales explícitas y morbosas, un perturbador
sentido de la violencia y un intrigante uso de
la iluminación y el sonido. En ese sentido
es importante la incorporación dentro del
equipo habitual del director del compositor Angelo
Badalamenti, quien desde entonces se
ha encargado de componer la música de todas
sus películas a excepción de Inland
Empire (2006), donde participó pero
decidió quitar su nombre de los créditos
al considerar que el verdadero artífice
de la música original era el propio Lynch.
La cinta fue un éxito internacional, convirtió
a Lynch en un director de culto
y marcó el inicio de su relación
sentimental con Isabella Rossellini.
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