La
revolución que provocó el éxito
de esta película fue el detonante para
que Thomas Harris empezara a
escribir una nueva novela sobre el Caníbal,
en esta ocasión centrada por completo en
la relación entre Clarice y Hannibal,
descritos ya como una nueva versión de
la Bella y la Bestia.
Los derechos de la novela fueron adquiridos por
Dino de Laurentiis, quien quiso
asegurar la participación de Hopkins
y Foster para esta continuación.
Al final Foster se negó en redondo a repetir
como Clarice y se inició una dura
campaña de casting para buscar a su sustituta,
siendo la elegida Julianne Moore.
El director escogido para esta ocasión
fue Ridley Scott, quien acababa
recuperar el prestigio perdido y el favor de al
industria y el público, tras fracasos como
Tormenta Blanca
(1996) o La teniente O’Neill
(1997), gracias al éxito de Gladiador
(2000). Scott optó por
un acercamiento opuesto al de Jonathan
Demme. Frente a la sobriedad y la contención
de El silencio de los
corderos, Hannibal
se caracterizaría por un estilo guiñolesco,
excesivo, que no escatimaba en recrearse en los
apartados más sangrientos y morbosos de
la historia. El resultado final es un tanto irregular,
funcionando muy bien de manera aislada bloques
como el de Italia o la cena final, pero con una
sensación general de falta de cohesión.
La película se estrenaría diez
años después de El
silencio de los corderos, acompañada
por una gran expectación que se saldó
en un gran éxito en taquilla.
Esto disparó las prisas del productor
por seguir explotando el filón. Harris
propuso una nueva historia sobre la adolescencia
del personaje, explicando las razones de su comportamiento,
pero basta con ver las fechas de publicación
de sus novelas para darse cuenta de que se trata
de un escritor lento. De Laurentiis
vio una salida produciendo una nueva versión
de la primera novela, Dragón
Rojo. De nuevo se contó con Anthony
Hopkins, quien debía interpretar
a un Hannibal Lecter más joven
del que había encarnado 11 años
atrás, no saliendo mal parado del desafío.
A su lado se reunió un reparto de lujo,
encabezado por Edward Norton,
Harvey Keitel, Ralph
Fiennes y Emily Watson,
y el guión fue escrito por Ted
Tally, autor de la adaptación
de El silencio de los
corderos.
Todo parecía estar cuidado al más
mínimo detalle, pero la dirección
de la película cayó en manos de
Brett Ratner, quien hasta entonces se
había especializado en proyectos comerciales
de escaso interés artístico, como
las dos partes de Hora
punta (1998 y 2001) o Family
Man (2000).
Mientras que en los tres títulos anteriores,
al margen de cuales fueran los resultados, siempre
se contó con directores con un estilo y
una visión cinematográfica muy marcada,
para esta nueva versión de Dragón
Rojo se contrató a un director carente
de personalidad. Ratner se limitó
a imitar el estilo de Jonathan Demme para
El silencio de los corderos,
pero con una carencia total de garra narrativa.
Así, tras un inicio notable, con al presentación
de la detención de Lecter, la
película se diluye hasta el aburrimiento,
perdiendo todo interés para el espectador.
Mientras la crítica se dedicaba a masacrar
este nuevo episodio, el público optó
por no pasar por taquilla de manera tan apoteósica
como con Hannibal.
A pesar de esto De Laurentiis seguía
con las esperanzas puestas en la franquicia, y
ya con Harris escribiendo un
nuevo libro, se dedicó a buscar al actor
ideal para encarnar al joven Hannibal.
En un principio se llegó a mencionar a
Macaulay Culkin, pero afortunadamente
esto nunca llegó a concretarse.
El actor definitivo ha sido el francés
Gaspard Ulliel, quien ha sido
secundado por la espléndida actriz china
Gong Li. En esta ocasión
el director asignado ha sido Peter Webber,
de amplia trayectoria televisiva, pero conocido
en cines sólo por La
joven de la Perla (2003). |