El
nombre de Michael Bay es hoy
por hoy sinónimo de las grandes superproducciones
de acción más comerciales del panorama
hollywoodiense actual. Para algunos un innovador,
para otros la personificación de la banalización
del cine, lo cierto es que este director ha sabido
convertir cada estreno suyo en todo un acontecimiento,
independientemente de la calidad del producto
final.
La carrera de Bay comenzó
de forma meteórica dentro del campo de
la publicidad y de la música. Ya desde
sus primeros trabajos se encargó de rodar
los videoclips de artistas como Tina Turner,
Meat Loaf o Lionel Richie.
En publicidad trabajaría en campañas
para algunas de las principales empresas del mercado
como Coca Cola, Nike, Reebok o Budweiser.
La reputación que se había labrado
gracias a estos trabajos hizo que el productor
Jerry Bruckheimer se fijara en
él. Bruckheimer ya era
un productor de importante peso en la industria
gracias al éxito de títulos como
Flashdance (Adrian
Lyne, 1983), Top Gun
(Tony Scott, 1986), Superdetective
en Hollywood (Martin Brest, 1984) o Días
de trueno (Tony Scott, 1990). Sus películas
se habían caracterizado por ser puros productos
comerciales, rompedores de taquilla, con una estética
muy moderna.
El primer trabajo de Michael Bay
sería Dos policías
rebeldes (1995), una cinta de acción
al servicio de sus principales protagonistas,
Will Smith y Martin Lawrence.
En ese momento Will Smith estaba
empezando a establecer su carrera como actor cinematográfico
tras un triunfal paso por televisión, y
buscaba romper un poco su imagen de comediante
y demostrar que podía afrontar otros retos.
Por otro lado Lawrence necesitaba
un proyecto que le permitiera darse a conocer
internacionalmente como cómico.
Visualmente la película destacaría
por unas impactantes y frenéticas escenas
de acción, en las que la cámara
no dejaba de moverse. Y por una serie de planos
a cámara lenta que enfatizaban el carácter
heroico de los protagonistas. La química
entre los dos actores funcionó muy bien,
Bay marcó las directrices
de lo que iba a ser su cine, y Bruckheimer
sumó un nuevo taquillazo a su cartera.
Desgraciadamente también quedarían
patentes los handicaps del cine de su director.
El guión era demasiado simple, repleto
de momentos absurdos cuyo único aliciente
era el gag cómico al servicio de las estrellas.
Se apreciaba un completo desinterés por
parte del cineasta de llenar su apabullante puesta
en escena visual con algo de contenido.
Tras el éxito de dos policías
rebeldes, Michael Bay regresaría
inmediatamente con otro gran éxito, La
Roca (1996). Esta película marcaría
todo un estilo de cine de acción que influiría
en producciones posteriores como Con
Air (Simon West, 1997). En este caso la
presencia de Will Smith y Martin
Lawrence queda sustituida por dos actores
de mayor caché y prestigio: Nicolas
Cage y Sean Connery,
sin olvidar la presencia entre el reparto de Ed
Harris o William Forsythe.
Cage acababa de ganar el oscar
por Leaving Las Vegas
(Mike Figgis, 1995) y Connery
buscaba demostrar que a pesar de su edad seguía
siendo un referente imprescindible del cine de
acción. De nuevo, bay puso todo su esfuerzo
en el aparato audiovisual de la película,
con frenéticas persecuciones e intensas
escenas de acción, sin olvidar su sello
particular, el plano contrapicado a cámara
lenta de los héroes. En esta ocasión
el guión sin ser nada del otro mundo no
caía en el risible ridículo de su
primera película, y el resultado se ha
mantenido como su cinta más equilibrada
hasta la fecha.
Siguiendo con la racha, y aprovechando el espíritu
apocalíptico del fin del milenio, el director
se apuntó al resurgir del cine de catástrofes
con Armageddon
(1998). Teniendo en cuenta la cantidad de productos
de ínfima calidad sobre el fin del mundo
que llegaron a la gran pantalla por esa época
y de algún tipo de catástrofe natural,
la cinta de Michael Bay cuenta
a su favor que además del empaque ensordecedor
propio de su director, está realizada con
un sano sentido de autoparodia. Si está
claro que ni siquiera los personajes se toman
en serio a sí mismos, ¿por qué
debería hacerlo el público?
El guión sigue siendo el punto débil,
pero queda salvado precisamente por ese tono cómico
macarra que tan bien define a los personajes.
Quizás cansado de la falta de pretensiones
de sus películas, Michael Bay optó
por buscar para su siguiente proyecto un tema
más ambicioso. En este caso, aprovechando
el 60 aniversario del ataque a Pearl Harbor, Brukheimer
y Bay optaron por llevar a cabo
una película conmemorativa. Para ello no
sólo se recurrió a todo un despliegue
visual propio de sus creadores, sino que se buscó
un reparto repleto de conocidos actores. Desgraciadamente
de nuevo se partió de un guión absolutamente
nefasto, con una historia de amor anodina, y unos
diálogos de vergüenza ajena.
Mientras que en sus anteriores películas
estos defectos se aceptaban debido al carácter
meramente lúdico de las películas,
aquí funcionó en su detrimento.
Pearl Harbor (2001)
sería el primer fracaso en la carrera de
Michael Bay, y una absoluta desilusión
para aquellos que fueron a verla esperando algo
más que elaborados planos del bombardeo.
Para salir del paso de este fracaso, Bay
volvió a reunir a Will Smith y
a Martin Lawrence para la segunda
parte de Dos policías
rebeldes. En esta ocasión ambas
estrellas contaban con un caché muy superior
al que tenían en 1995, y la cinta contó
con un presupuesto que rondaba los 130 millones
de dólares. Uno de los atractivos en España
era poder ver al actor catalán Jordi
Mollá interpretando, como no,
al malo de la peli, un peligroso traficante de
droga.
La película ofrecía lo que prometía,
mucha acción, mucho espectáculo
visual, un gran despliegue de medios y una serie
de chistes preparados para que los protagonistas
se puedan lucir. La cinta fue un éxito
espectacular, tal y como estaba pensado, y no
tuvo problemas en recuperar el dinero invertido
y doblarlo en taquilla.
Cuando parecía que la asociación
entre Michael Bay y Jerry
Bruckheimer era un lucrativo acuerdo
de por vida, Steven Spielberg
le ofreció al director la producción
de su siguiente película, La
Isla (2005). Se trataba de un guión
que se estaba vendiendo como el novamás
de la ciencia ficción, y el rey midas de
Hollywood quería a un director potente
y comercial detrás. Bay
se mudó a la Dreamworks
y llevó a cabo este encargo, que estaba
protagonizado por Ewan McGregor
y Scarlett Johansson, dos estrellas
bien conocidas y en auge, pero poco habituales
en el género de acción.
La película no consiguió la recaudación
esperada, y pronto el dedo acusador de los productores
apuntó hacia los actores. Lo cierto es
que ambos ofrecían un trabajo esforzado,
y que la verdadera razón del fracaso estaba
en un guión que no era tan innovador como
se quería vender y que ofrecía situaciones
bastante cuestionables e inverosímiles.
La historia resultaba una imitación de
títulos como Matrix
(Andy y Larry Wachowski, 1999-2003) o La
fuga de Logan (Michael Anderson, 1976)
durante su primera parte, para a continuación
caer en una continua persecución al más
puro estilo Michael Bay que sobrepasaba
los límites de la credulidad del espectador.
Estaba claro que Bay era un
director adecuado para proyectos comerciales sin
mayor ambición que entretener y asombrar
al espectador durante dos horas con virguerías
visuales que no le dejen espacio para reflexionar.
Desde el momento en el que los títulos
de este director piden al público que active
más de una neurona, enseguida quedan patentes
sus limitaciones.
Quizás por esto, para su último
proyecto, Transformers
(2007), haya querido alejarse de argumentos complicados
y haya optado por llevar a la pantalla una serie
de juguetes que le den pie para introducir escenas
de acción incesante y todo un despliegue
de efectos especiales. |