En
el año 2002 llegaba, a las librerías
especializadas en cómic, el primer
número de una serie titulada 30
days of night, según un guión
de Steve Niles y los inquietantes
dibujos de Ben Templesmith.
La serie, publicada por la editorial independiente
IDW Publishing, daba una
vuelta de tuerca al mito de los vampiros
en nuestra sociedad, de una forma tan simple
como impactante.
La premisa en la que se basaba Steve
Niles para escribir la historia
estaba relacionada con un elemento determinante,
Barrow, un pequeño pueblo situado
en el extremo septentrional de Alaska, debía
soportar todo un mes de oscuridad al llegar
los rigores invernales.
Eran 30 días en los que la noche
se adueñaba del lugar y condicionaba
la vida de quienes allí residían.
Ante tal premisa, los vampiros, una raza
que convive con los seres humanos desde
hace siglos, deciden darse una vuelta por
Barrow, sabiendo que durante esos treinta
días no se tendrán que preocupar
de la salida del “Astro rey”
cada mañana.
Poco podían pensar los pocos habitantes
que, cada año, preferían quedarse
en Barrow antes que buscar territorios más
luminosos que aquel invierno se convertiría
en un infierno de sangre y muerte. Ni siquiera
el matrimonio compuesto por Eben
y Stella, responsables de velar
por la seguridad del lugar, estaba preparado
para hacer frente a aquella pesadilla protagonizada
por unos seres sacados de una novela gótica
de terror.
Sin embargo, la pesadilla es real y la
única oportunidad de sobrevivir es
desafiando a las hordas de vampiros que
envuelve con su manto el lugar.
Nada más salir al mercado la mini-serie
30 days of night
se convirtió en todo un fenómeno
de ventas, al igual que revolucionó
la carrera de ambos autores –bastante
discreta hasta ese momento-. Lo cierto es
que tanto Niles como Templesmith
supieron tomar los elementos necesarios
de la mitología vampírica
para hacer la serie muy asequible, aunque
con un planteamiento muy novedoso.
Para empezar, al situar la acción
en un lugar condicionado por una noche que
dura todo un mes se evitaba el recurso de
la esperanzadora salida del sol después
de una noche de desasosiego. Ahora, los
protagonistas debían hacer frente
a una amenaza continuada, lo que aumentaba
la angustia y la tensión en cada
página.
Niles supo dotar a sus
personajes de rasgos muy bien definidos
–en especial a Eben y Stella-
logrando que el lector se identificara con
ellos y con la tragedia en la que estaban
sumergidos. Además, sus vampiros,
lejos de ser unos seres sin ningún
tipo de cerebro, son capaces de comportarse
con el aplomo necesario para lograr que
su plan logre los mejores resultados.
Por ello el enfrentamiento entre humanos
y vampiros se desarrolla en un plano similar,
aunque los segundos cuentan con algunas
ventajas sobre los primeros.
El segundo elemento que convirtió
la serie en todo un revulsivo del género
del terror gráfico fue los dibujos
de Ben Templesmith. Su
manera de definir a los vampiros, en medio
de unas viñetas en las que se dan
la mano cualquier tipo de técnica
pictórica posible –lápiz,
tinta, acrílicos, acuarela, ordenador-
rompieron los esquemas establecidos a la
hora de narrar una historia de estas características.
Templesmith, artista muy
influenciado por uno de los grandes genios
del noveno arte, Bill Sienkiewicz,
sorprendió a los lectores con sus
vampiros con caras deformadas, con sus rostros
ensangrentados que parecen gotear sobre
los contornos de las viñetas, con
los fondos salpicados por colores fríos
y cálidos a la vez, como si de gotas
de luz se tratara.
Resulta difícil describir con palabras
el trabajo de un autor capaz de definir,
con tan sólo unas líneas y
un fondo sin ningún tipo de detalle,
toda una acción.
Sus arriesgadas composiciones, sus angulaciones
forzadas –muy propias del séptimo
arte- y su gusto por el “gore”,
pero siempre bajo unos ciertos parámetros,
terminaron por seducir, junto con la acertada
prosa de Niles, a toda
una legión de lectores en todo el
mundo.
No es de extrañar que en los dos
años siguientes se publicaran dos
nuevas historias, Días
oscuros y Regreso
a Barrow, ambas realizadas por los
dos creadores originales de la idea. Estas
tres mini-series fueron publicadas en España
por la editorial Devir,
dando la oportunidad a los lectores españoles
de conocer el trabajo de Niles
y Templesmith de primera
mano.
En los últimos años, hasta
ocho nuevas propuestas han sido publicadas
por IDW, algunas contando
con el talento de sus creadores y otras
según los planteamientos de otros
artistas. La última en ser publicada
se titula Beyond
Barrow, según los guiones
de Niles y el talento de
Bill Sienkiewicz, una de
las claras influencias de Templesmith.
Por tanto, tampoco les descubriré
nada si les digo que el mismo año
en el que se publicaba la serie original,
el mundo del cine tocó a la puerta
de los creadores para hacerse con los derechos
cinematográficos.
Quien primero sonó para llevar 30
days of night a la gran pantalla
fue el director Sam Raimi,
a la postre productor de la película.
Desde el primer momento se buscó
la colaboración de Niles
y Templesmith, algo que
le dio cierto aplomo al proyecto y que aseguraba
a los lectores que la translación
a la pantalla respetaría unos mínimos
cánones de coherencia.
El caso es que el proyecto se vio afectado
por una serie de demoras, motivadas por
los compromisos de la productora Ghost
House y las sucesivas escrituras
del guión. Al final, se decidió
que fuera David Slave –responsable
de la inquietante Hard
Candy, 2005- quien se hiciera cargo
de la dirección, mientras que
Steve Niles figuraba como guionista,
ayudado por Stuart Beattie
(Piratas
del Caribe: la maldición de la perla
negra, 2003) y Brian Nelson
(Hard Candy).
Templesmith aparece acreditado
como responsable del cómic, además
de ser una clara fuente de inspiración
para el resultado final de la película,
según palabras de David Slave.
Al final, el rodaje comenzó el pasado
año 2006, contando con los actores
Josh Hartnett (Black
Hawk derribado, 2001) y Melissa
George (Dark
City, 1998) para dar vida al matrimonio
compuesto por Eben y Stella
Oleman. Por su parte, Danny
Huston (Hijos
de los hombres, 2006) fue el elegido
para poner rostro y voz a Marlow,
el despiadado líder de los vampiros.
La película se rodó, salvo
algunos exteriores reales de Alaska, en
Nueva Zelanda, algo que disgustó
a quienes esperaban que la producción
rodara en las localizaciones reales del
pueblo de Barrow.
No tengo la intención de contarles
nada más sobre la historia, dado
que la trama sigue el mismo desarrollo que
el cómic en el que está basado.
Lo que sí les puedo decir es que
la estética, la imagen de los personajes,
y la asfixiante atmósfera que envuelve
la obra de Niles y Templesmith
está magníficamente lograda
en la versión cinematográfica.
En algunos momentos somos testigos de cómo
las viñetas dibujadas por Templesmith
adquieren vida propia ante nuestros ojos.
No negaré que al pasar la acción
a la gran pantalla, gran parte del cromatismo
de los fondos se pierde, algo que Templesmith
logra al utilizar sólo una paleta
de color y que, en el caso del cine, no
es posible. De todas maneras, Slave
y el responsable de la fotografía,
Jo Willems, logran que
todo esto no suponga un problema y que la
estética original permanezca lo más
fiel posible.
30 días
de oscuridad es una película
de terror con todos los elementos del género,
pero que combina la acción y el drama
con la sangre que tiñe las calles
de Barrow nada más caer la noche.
El tándem Hartnett-George
da la réplica, de manera convincente,
a los personajes gráficos ideados
por Templesmith, al igual
que un Danny Huston, muy
apartado de sus papeles habituales, pero
que demuestra su versatilidad interpretando
a Marlow, el implacable líder
de la horda vampírica que asalta
Barrow.
|