Van
Helsing, que trabaja para una sociedad secreta
vaticana como cazador de monstruos, es enviado
a Transilvania a proteger a la bella Anna
y a su hermano Velkan, objetivos de Drácula
y de sus tres consortes vampiras.
En cine las matemáticas no son una ciencia
exacta por lo que la suma de las partes no incrementa
necesariamente el resultado final. Dicho de otro
modo, un monstruo tras otro no mejoran un producto.
Debemos darle la enhorabuena a Stephen
Sommers, ha conseguido lo que ni Abbott
y Costello, Paul Naschy
o Parchís consiguieron, hundir a los tres
iconos clásicos del cine de terror hasta
la más absoluta inmundicia. ¿Cómo
es posible que un director que apuntaba buenas
maneras junto a un sano sentido del humor en sus
inicios y que divirtió al público
con filmes como Deep Rising
(1998) y La Momia
(1999), se haya transformado en semejante bodrio
escribiendo y dirigiendo películas? Los
motivos nos son desconocidos y poco importan cuando
cada película suya representa pingües
beneficios para él y la distribuidora Universal
que se embolsa millones de dólares con
los derechos para la venta de prendas de vestir,
juguetes, muñecos y videojuegos. Buena
muestra es que Sommers amenaza ahora con una serie
para televisión llamada Transylvania,
basada en el mundo de Van Helsing, y
con la tercera parte de La
Momia, para seguir exprimiendo la naranja.
Al Sommers guionista
poco le importan la coherencia argumental o la
narración y estropea una buena idea inicial
a base de chabacanería y sinsentidos. Escrita
sobre el papel, la historia es algo así:
Drácula es un pobre padre de millones
de criaturitas no natas, fruto de sus noches de
pasión con sus tres esposas vampiras. Cuando
uno ve esas bolsas como aliens colgando del techo
se pregunta si los vampiros son ovíparos:
Sommers acaba de descubrirnos
la verdadera naturaleza de los nosferatu, son
ornitorrincos y no murciélagos. Para darles
vida debe recurrir al doctor Frankenstein,
quien cual sastre remendón está
a punto de ser papá de un saco de costuras
de dos metros y medio con la cabeza llena de kryptonita
y un corazón con ventanilla, para robarle
el secreto de dar vida a los muertos. Sólo
que la chusma, esa masa entrometida capaz de estropear
los mejores planes, acorrala al monstruo de Frankenstein
y al doctor, asesinado por el mordisco de Drácula,
que caen en medio de un lago de fuego desapareciendo
junto con la esperanza de los vampiros. Para evitar
que el conde Drácula siga haciendo
de las suyas, el Vaticano envía a Transilvania
a su cazador de monstruos, Van Helsing,
una especie de James Bond del XIX, que
viene de París de cepillarse a Mr.
Hyde (y de paso al pobre desgraciado del
Dr. Jekyll). Allí conocerá
a Anna, una noble heredera disfrazada
de bucanero, que ajena a todo se dedica a cazar
hombres lobo en el bosque junto con su hermano.
Una vez hechos los preámbulos, Sommers
se consagra a encadenar las escenas de acción
con el piloto automático encendido, sin
importar la cohesión ni anticiparse a la
siguiente escena. Se ha dicho de muchos otros
filmes, pero Van Helsing es lo más
parecido a un videojuego que he podido presenciar
nunca. Los protagonistas se mueven de un escenario
a otro como movidos por el joystick más
que por algún propósito. Da lo mismo
que Anna sufra por que su hermano se
ha convertido en hombre lobo, en la siguiente
escena se le ha olvidado. No hay progresión
dramática no hay intensidad en los personajes.
El final está tan mal planteado, que en
lugar de crearse un clímax entorno a la
derrota del maligno, uno acaba sintiendo lástima
por ese Drácula padrazo, un poco
cobarde y algo amanerado.
Y luego están los errores argumentales,
las discontinuidades narrativas, los fallos de
raccord, a puñados: que alguien cuente
las veces que Kate Beckinsale
aparece en un plano con las manos en los costados
y en el siguiente con las manos colgando y de
nuevo en jarras; que alguien me explique qué
hace un hombre lobo de día por el bosque
si solo se transforman de noche o por qué
en Transilvania hay luna llena cada cinco días…
Se pueden mencionar algunos de los apartados
artísticos como únicas virtudes
del filme: el vestuario y los decorados, así
como parte del diseño de producción
y los efectos especiales (las transformaciones
en licántropo y en vampira están
muy conseguidas, no así la de Drácula).
El problema es que Sommers es
de esos directores que suelen trabajar siempre
con el mismo equipo de profesionales, es decir
que hace lo contrario que un realizador sensato,
no depura ni renueva aquéllos apartados
artísticos y técnicos que no funcionan.
Por eso tal vez los filmes de Sommers
sean cada vez peores, entre otras causas, por
que lo que en un principio eran pequeños
defectos se han convertido en enormes vicios.
Pero tampoco hay que buscarle excusas a lo que
no lo tiene, la película es mala. Pero
mala, mala. Habrá a quien le guste…
y yo me alegraré por ellos.
Anécdotas:
* El proyecto viene de antiguo y se planteó
originalmente como una secuela del Drácula
de Coppola con Anthony
Hopkins como Van Helsing.
* Para tener algún derecho de propiedad
sobre el personaje, se cambió el nombre
de pila de Van Helsing por Gabriel
en lugar de Abraham, como aparece en el libro
de Stoker.
* La escena introductoria en blanco y negro en
el laboratorio del doctor Frankenstein
copia plano por plano la misma del filme Frankenstein
(1931) de James Whale, hasta
la aparición de Drácula.
* La escena de X2
en que Cíclope, Lobezno
y el profesor X se lamentan de la pérdida
de Jean Grey, se rodó en un día
libre de Hugh Jackman del rodaje
de Van Helsing.
* El actor que interpreta a Igor es
amigo de Sommers y ha actuado
en casi todas sus pelis (Deep
Rising y La Momia).
* NOTA PARA LOS QUE YA HAYAN VISTO LA PELI, EL
RESTO ABSTENERSE: ¿No es curioso que Hugh
Jackman, Lobezno, se transforme
de nuevo en lobo en Van
Helsing? ¿Acabará protagonizando
un anuncio navideño de turrones El Lobo?
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