Año 2035. Del Spooner es un oficial de policía al que no le gustan los robots. Eso, en una sociedad en la que ellos dominan la mayoría de las tareas cotidianas, es un problema. A Del se le asignará investigar el suicidio de Alfred Lanning, eminente científico y creador de la robótica moderna. Las cosas para Del no se pondrán fáciles cuando sospeche que la nueva creación de Lanning, un robot de última generación, puede haber sido el asesino.
La película se basa en un relato corto del clásico y notable libro Yo, robot, de uno de los padres de la ciencia ficción, Isaac Asimov, ruso nacionalizado norteamericano, un brillante erudito que a lo largo de su carrera trató temas tan dispares como la historia, la física, la biología o la astronomía, entre otros muchos, además de su faceta principal como narrador. Asimov fue uno de los escritores de anticipación que mejor desarrollaron el tema de la inteligencia artificial en robots y que fue más allá al dotarlos de cualidades humanas. Su perspicacia a la hora de analizar las pasiones humanas le llevó a narrarlas usando el recurso de la extrapolación, dotando de sentimientos a un ser inanimado, frío y artificial como un robot, conseguía que el lector discerniese con mayor claridad aquello que se supone nos distingue como humanos. Probablemente su relato más acertado y compendio de su pensamiento al respecto sea El hombre bicentenario.
La dificultad de llevar a la pantalla semejante planteamiento es lo que hace que Yo, robot, la película, tenga poco del espíritu de Asimov. El guión adopta nombres y situaciones de la novela y, en concreto, una de las historias que la componen. Pero eso no significa que como película sea mala, sino discutible como adaptación. Otra de las características más notorias de Asimov fue su pasión por las tramas detectivescas y la resolución de misterios (llegó incluso a escribir algún relato con la figura de Sherlock Holmes), algo que solía incluir en sus novelas. La película rescata esta faceta del escritor y se fundamenta en ella para desarrollar el argumento, el policía que interpreta Will Smith (MIB 2, 2002) tiene entre manos un misterio que debe resolver antes de que su teoría de una conspiración se haga realidad. No vamos a detenernos en desvelar la trama ni el desenlace, por supuesto, pero sí que podemos comentar que, lejanamente, recuerda mucho a otro filme, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), donde un policía con un cierto problema personal (como aquí Del Spooner) debía resolver un caso con muchas similitudes al suyo y que, finalmente, le ayudaba a vencer sus fantasmas.
Yo, robot alterna la investigación policial con buenas escenas de acción (la del túnel en especial) y aunque al final se desmadre un poco, la correcta labor de Alex Proyas tras las cámaras hace que el filme resulte muy entretenido, con un ritmo notable, un excelente uso de los efectos especiales y un desarrollo de personajes superior a la media en este tipo de producciones, tanto de Will Smith como de Bridget Moynahan (La prueba, 2003), en el papel de la doctora Calvin, y del breve pero significativo papel de James Cromwell (La milla verde, 1999) como Lanning.
Hoy en día la mejora de los efectos especiales nos permitiría hablar de “interpretación” de personajes no reales, creados por ordenador o mediante la animación tradicional, pero con una personalidad tan destacada que casi son actores per sé: Shrek es un ejemplo muy a mano. Así, Sonny el robot de la serie NS5 que comparte protagonismo con Smith, ha sido dotado de unas características propias, gracias a quien sabe cuántos especialistas en programación y diseño, que nos permiten decir que la suya es una más que buena “interpretación” y que está a la altura de sus compañeros de reparto, sin envidiarles ni un ápice.
En definitiva, un filme apreciable, que hace pasar un buen rato y que esconde una reflexión acerca del futuro de la Humanidad y de la humanidad, en minúsculas, así como una paradoja moral acerca de lo que significa ser “humano” y sobre la mortalidad, sea ésta de carne y hueso o artificial. Su final mesiánico debería además hacernos especular acerca del nuevo papel de dioses o de “frankensteins” que los hombres insistimos en desempeñar. |