Max es taxista en Los Ángeles. Una noche recoge a un ejecutivo que le ofrece 600 dólares por llevarle y hacer cinco paradas. Max acepta sin saber que los motivos de Vincent, su pasajero, son bien distintos de los que imagina. Y será una interminable noche para Max.
Es Michael Mann, director de Collateral, quien consigue levantar un guión muy bien hilvanado, con buenos diálogos, perfecta dosis de suspense, pero convencional en su forma, especialmente en un final que no resulta del todo creíble, hasta convertirlo en un filme magnífico.
Resulta curiosa su trayectoria profesional: Mann se inició en los años 70 como director y guionista de series televisivas (La mujer policía o Starsky & Hutch), faceta que prosiguió en los 80 (Miami Vice, entre otras), con contadas incursiones en la gran pantalla, de desigual resultado, tal como Ladrón, la psicodélica El torreón o la excelente Hunter, primera versión del primer libro de Thomas Harris sobre Hannibal Lecter, El dragón rojo. Parece ser que con la llegada de los 90 y pudiendo escribir y producir sus propios filmes, la carrera de Mann en el cine dio un salto cuantitativo y cualitativo hacia adelante: El último mohicano, Heat, El dilema y Alí, cintas en cualquier caso espaciadas por los años. En todas ellas, Mann demuestra rasgos distintivos de su forma de rodar: el empleo de nuevas técnicas de filmación digital, un original uso del formato scope y una particular introspección en los personajes, a los que aborda casi como en un reality show.
Todo ello, el mejor Mann, se conjuga en Collateral, un policiaco de dos personajes antagónicos, abocados al enfrentamiento, pero que a lo largo de una noche eterna consiguen crear un vínculo de complicidad, de amistad fingida e imposible. Ante las cámaras dos magníficas interpretaciones, la del poco conocido Jamie Foxx (tal vez hasta que se estrene su último filme, en el que da vida al fallecido músico Ray Charles) y de Tom Cruise, quien borda su papel de villano de la función (no el primero de su carrera como se ha anunciado en la promoción de la película) con una sobriedad tal que creo poder decir que es su mejor interpretación hasta la fecha, sin caer en el exceso gestual, hasta tal punto que su personaje de Vincent llega a caer simpático (como eran los malos de antes, que caían bien) pese a la crudeza de su comportamiento.
Collateral es brillante no sólo por las interpretaciones sino en especial, como ya se ha comentado, por la dirección de Mann que sirve un fresco urbano con una clara reflexión moral y social. Los diálogos, abundantes y una de las mejores bazas del filme, ayudan a que la película no se quede en el simple relato criminal, profundizando en la soledad, el miedo, la indefensión, el egoísmo de unas vidas, las de los protagonistas, paradigma de una forma de existencia que se nos va comiendo, en especial a los que moramos en las grande urbes y que Mann simboliza ejemplarmente en un breve plano, el de los coyotes vagando por las calles desiertas de la ciudad ante la mirada entre estupefacta y reflexiva de Foxx y Cruise.
Una de la cosas que más sorprende tras ver Collateral, es la sensación que deja de tranquilidad, al contrario que el 99% de los filmes de acción, como de paz, un contexto que Mann madura a lo largo de sus dos horas de metraje a base de largos planos aéreos de una ciudad de Los Ángeles aparentemente dormida, la introducción de música clásica y jazz (siempre se habla del empleo que hace Tarantino de la música en sus filmes, pero habría mucho que decir sobre cómo Mann, de forma mucho más disimulada pero igualmente efectiva, usa aquí las canciones para enfatizar el estado de ánimo de los personajes y determinadas escenas), incluso de largos silencios donde ni la banda sonora ni ruido ambiente alguno acompañan a las imágenes, a veces tratadas como fotografías en blanco y negro de una exposición (ese turbador plano de Foxx conduciendo, en una esquina de la pantalla, ocupada enteramente por un cielo grisáceo, manchado por una solitaria columna de humo de una industria). Música e imagen articuladas y cuyo cenit es la escena del club de jazz, en la que Mann demuestra maestría en crear suspense al espectador mediante un simple juego de miradas y donde una sola palabra pronunciada por Cruise transforma una escena banal, a priori, en la antesala de una tragedia.
En definitiva, un magnífico thriller, un magnífico filme en general, que sin duda merece disfrutarse con la misma quietud con la que Mann nos permite adentrarnos en sus entresijos.
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