El Cairo, 1949. Lancaster Merrin ha abandonado el sacerdocio y malvive como puede gracias a su reputación como arqueólogo. A él acude un coleccionista privado para que robe una imagen sagrada de un templo cristiano recién descubierto en África Oriental. Cuando Merrin acude al lugar, descubre que los hechos inexplicables que envuelven el hallazgo podrían estar causados por algo más allá del alcance humano.
La novela El Exorcista, escrita por William Peter Blatty en 1971, fue adaptada cinematográficamente por William Friedkin en 1973. Tuvo dos secuelas, la “no-oficial” de 1977, con Linda Blair repitiendo posesión y la “respuesta oficial” del propio Blatty, que además dirigía y adaptaba su novela Legión, en 1990. Desde su estreno, El Exorcista ha sido siempre considerado como uno de los filmes más terroríficos e inquietantes del séptimo arte, el verismo de las imágenes de Friedkin junto con la temática y que el hecho estuviera basado en un caso de posesión real acaecido en 1940, provocó largas colas, desmayos y estampidas de gente horrorizada de las salas de cine. Con motivo de su 25 aniversario, la Warner estrenó una nueva copia con el llamado montaje del director, que incluía escenas nunca antes vistas. A partir de ese momento los avispados productores comenzaron a pergeñar la idea de una nueva continuación, que esta vez podría ser una precuela que contase el primer encuentro del padre Merrin con el diablo, hecho apenas insinuado en el filme original.
En Hollywood son muy propensos a ponerle apellido a sus criaturas y pronto comenzaron los rumores sobre que El Exorcista: La precuela, como empezó a llamarse, estaba maldita. No en vano el primer realizador contratado, John Frankenheimer, falleció un mes más tarde. Entonces se barajaron diferentes nombres, entre los cuales el del propio Friedkin, así como de posibles candidatos para interpretar a Lancaster Merrin (Liam Neeson, por ejemplo), hasta que alguien recordó a Paul Schrader, uno de esos creadores completos de la élite intelectual hollywoodiense, cuyos scripts suelen están plagados de personajes con una intensa lucha interior; su considerable influencia moral y religiosa, debida a la férrea educación calvinista de su niñez, le hacían un candidato perfecto para escribir y dirigir el nuevo capítulo de El Exorcista.
Schrader filmó una película donde el leitmotiv básico era la ausencia de fe del protagonista y en la que sobresalían más los aspectos dramáticos y psicológicos. A los contrariados productores de Morgan Creek les pareció que la película de Schrader contenía demasiado diálogo y muy poca sangre y violencia, por lo que encargaron a un nuevo director, Renny Harlin, y a un escritor de poca monta (es el primer guión que firma el tal Alexi Hawley), que aprovechasen lo que pudiesen del primer filme y rehicieran el resto. Finalmente, los recién incorporados se valieron tan sólo del 10% de lo filmado por Schrader y eliminaron a dos de los personajes de su guión, introduciendo en su lugar a la doctora Sarah.
El Exorcista: El comienzo (versión Renny Harlin y así lo vamos a suponer en esta crítica) no es un mal filme, de hecho la dirección del realizador finlandés (al ser imposible saber qué parte es obra suya y cuál de Schrader) está por encima de la media de sus otros filmes, hecho al que ayuda y mucho la espléndida labor artística y técnica de los profesionales italianos de Cinecittá en Roma, como Maria Ortolani y Trentini, y más en concreto la soberbia fotografía del veterano Vittorio Storaro, cuya lente brinda magia visual a todo lo que pone en el objetivo.
La primera parte de la película es más introspectiva e indaga en las motivaciones del otrora padre Merrin para haber perdido la fe y haberse vuelto una figura tan atormentada y descreída, así como en ir desarrollando la investigación acerca del hallazgo de la iglesia y las primeras sospechas de que algo maligno está impregnando el lugar. Hasta este momento el filme resulta muy interesante y llega realmente a perturbar en algún momento concreto. Sin embargo, es a partir del ataque de las hienas cuando el guión comienza a hacer aguas y los errores argumentales se suceden al pretender provocar el terror con profusión de sangre y sustos fáciles. Tampoco parece tan imperiosa una explicación sobre las causas de que el padre Merrin haya perdido la fe, que el trauma que sufriera fuera uno u otro es irrelevante a ojos del espectador, la coherencia del personaje le ha de venir por su comportamiento ante el mal, del signo que éste sea, antes que por su pasado.
Hay que dar gracias a que Stellan Skarsgård hace un trabajo estupendo como Merrin, que en absoluto desmerece de la interpretación de Max Von Sidow en el original, saliendo digno incluso en los momentos más disparatados del filme, esto es en su recta final, bochornosa y ridícula, la que escenifica el enfrentamiento definitivo de Merrin contra el Maligno y tras una vuelta de tuerca del guión tramposa a más no poder. Un final filmado con un exceso verbal y de efectos visuales (ni siquiera bien realizados) sin sentido, que no hacen más que confirmar que los asalariados Harlin y Hawley fueron fieles cumplidores de las directrices establecidas por los jerifaltes de Morgan Creek. Es una pena que un proyecto tan prometedor como éste, con un comienzo y desarrollo dignos, termine de forma tan burda y engañosa.
En una de las frases más acertadas del filme, puesta en boca de Merrin cuando éste es inquirido por la doctora Sarah sobre el posible origen demoníaco de los extraños sucesos, se dice que los hombres tienen tendencia a achacar sus problemas al Mal como si éste fuera una entidad, cuando el mal es algo intrínseco en el ser humano. Nunca sabremos si esta brillante reflexión, origen de los problemas de fe de Merrin, y en la que se aglutina una disyuntiva moral y religiosa sumamente interesante de haber desarrollado, fue obra de Schrader o fruto del azar de su nefasto sucesor. La sensación que queda es de oportunidad desperdiciada. ¿Será la futura edición en DVD, si se incluye la versión de Schrader, capaz de devolvernos la fe? ¿O vencerá el Mal, una vez más? |