Primer trabajo como director del jordano Omar Naim de 28 años, quien ya había trabajado como cortometrajista y en documentales. Su ópera prima se presentó en las secciones ofciales de las ediciones 2004 de los festivales de Berlín y de Sitges.
Aunque la venden como thriller de ciencia ficción, es más bien un drama con tintes futuristas en el sentido de que la trama gira en torno a una tecnología que hoy en día no existe.
Desde que se extendió el uso de las cámaras fotográficas y de vídeo, el ser humano ha desarrollado una obsesión por inmortalizar momentos para recordar posteriormente. En La memoria de los muertos, se va más allá con la invención de un chip que se instala en el cerebro al nacer y graba durante toda la vida del usuario imágenes y sonido para, cuando muerta y si así lo desea la familia, se realice un montaje con los mejores momentos para proyectar durante su funeral y guardar como recuerdo. Un invento al alcance de las clases altas.
Robin Williams (Insomnio, 2002) interpreta el papel de un montador de estos vídeos, un personaje atormentado por sus propios recuerdos y por los de las personas cuyas vidas tiene que visionar a la hora de hacer su trabajo. Su labor es un poco la de un sacerdote, pues muchas veces se ve obligado a eliminar momentos de la vida de sus clientes que no serían un buen recuerdo para sus familiares, en cierto modo como si perdonara pecados.
Otro punto interesante de la película, pero que sin embargo no se desarrolla demasiado, es la idea de que al conocer que llevan implantado el chip los usuarios controlarían sus comportamientos porque sus familiares y amigos descubrirían todos sus secretos tras su muerte.
Lo mejor de La memoria de los muertos es la idea y la estética y lo peor, la narración y la interpretación de los actores secundarios. |