Nell y su marido Steven se mudan a un edificio de apartamentos en estado semiruinoso y que antaño había conocido épocas de esplendor. Pronto comienzan a ocurrir extraños sucesos y Nell se pondrá a investigar por su cuenta.
Producido en 2003 y estrenado en España en 2005, este filme nos llega con el título ligeramente alterado, no sabemos si por desidia de la productora o por intentar captar espectadores asemejándolo al de La matanza de Texas. El caso es que La masacre de Toolbox, que no es ningún filme sobre el genocidio de los indios americanos, es una versión actualizada de un filme de terror de serie B de los años 70 titulado The toolbox murders (1978), conocido por estos lares como El asesino de la caja de herramientas. Dirigido por uno de esos artesanos de la televisión, Dennis Donnelly, quien firmó aquí su primer y único largometraje, seguía la estela de los por entonces filmes de moda sobre asesinos en serie con toques ligeramente sobrenaturales o, como mínimo, especialmente morbosos.
No es el propósito de esta crítica remontarse a los albores del cine para analizar quién fue el primer asesino en serie en ser retratado, pues ocuparía muchas páginas y probablemente generaría un largo debate, pero The toolbox murders perseguía generar en el público la misma ansiedad que cuatro años antes había provocado La matanza de Texas (1974) de Tobe Hooper, precisamente el director de la secuela que nos incumbe.
La película original no dejaba de ser un thriller con asesino despiadado que liquidaba a sus víctimas en un hotel empleando las herramientas de su caja de bricolaje. Como los tiempos han cambiado y los juguetitos de ferretería se han modernizado hasta parecer armas de destrucción masiva, uno puede llegar a la conclusión de cómo se ha sublimado el grado de crueldad de los crímenes en esta reciente versión. En efecto, y este es el punto más destacable de una película bastante convencional, lo más apasionante de La masacre de Toolbox es ver cómo el asesino se ceba con los inquilinos de un edificio semi en ruinas (eso les pasa por vivir en un sitio tan cutre). Sin embargo, a diferencia de su antecesora, el criminal no es un hombre cualquiera, su rostro desfigurado, casi una imitación del de Darkman, todo vendas y dientes, lo acercan a Leatherface, la creación de Hooper para La matanza de Texas, y su rara habilidad para no morirse a Jason Voorhees (Viernes 13) o Michael Myers (Halloween, cuyo final, literalmemente, calca).
Todo en este filme es una sopa en la que nadan influencias y referencias de otras producciones más o menos recientes. Tobe Hooper no se ha molestado en inventar nada, él precisamente que generó un tipo de cine en sí mismo, se acomoda en su silla de director y deja que los técnicos de sonido rellenen el metraje con ecos estridentes, que los de maquillaje agoten la sangre de atrezzo de sus almacenes, que los de decorado creen un ambiente malsano, que a uno le parezca que huele a moho tan solo con ver las imágenes. Todo eso es de primera categoría eso sí, pero ¿qué producción americana hoy en día no se puede preciar de lo mismo? Éste no es el Hooper de Lifeforce (1985), de Salem’s Lot (1979), de La casa de los horrores (1981) o de Trampa mortal (1977), con la que guarda alguna similitud en el contexto de un motel en el que se reúnen, para su desgracia, las futuras víctimas. Ni siquiera el de Poltergeist (1982) por muy mal que haya envejecido esta peli. Me temo que los muchos años de supervivencia en la televisión han afectado a la forma de concebir cine de Hooper.
Habrá que ver si es capaz de levantar cabeza en su siguiente película a estrenar este mismo año, Mortuary, en la que parece volver al tema de los lugares encantados. |