Ellie y su hermano Jimmy sufren un accidente de automóvil al cruzarse lo que parece ser un animal en medio de la carretera. Ambos sobreviven al accidente, aparentemente ilesos. Pero algo ha cambiado: son más ágiles, más fuertes y resultan irresistiblemente atractivos para los demás.
Wes Craven será recordado por las futuras generaciones aficionadas al fantaterror, fundamentalmente, por haber sido el padre -luego ha intentado liquidarlo reiteradamente- de uno de los iconos del género de la década de los 80, el bueno de Fred Krueger (Pesadilla en Elm Street, 1984). Quien mire un poco más atrás, recordará con regocijo esas dos pequeñas joyas del american bizarre más radical que son La última casa a la izquierda (1977), “revisitación” de El manantial de la doncella, de Bergman (Jungfrukällan, 1960), según el mismo Craven, y Las colinas tienen ojos (1977), con el carismático Michael Berryman haciendo toda clase de perrerías caníbales a la típica familia de clase media. Más allá, su filmografía está plagada de mediocridades como Amiga mortal (1981), La cosa del pantano (1982) o El sótano del miedo (1991), entre tantas otras.
Cuando parecía que no iba a avanzar mucho más en su carrera -comercialmente hablando- se unió al guionista Kevin Williamson en 1996, logrando algo que parecía imposible: arrasar en taquilla con una película de típico terror teenager que reunía todos los elementos propios del subgénero: capitanes del equipo de fútbol, jefas de las animadoras, pijos guapísimos, casas blancas en un barrio residencial… todo ello amenizado por un psicópata oculto, el necesario killer on the loose que habíamos visto millones de veces en los 70 y 80 y que parecía relegado al olvido en las estanterías de los videoclubs. Por supuesto, hablamos de Scream (1996)), tan obvia y típica que no pudo evitar otro de los tópicos del género: convertirse en una saga en sí misma, una trilogía que, sin aportar absolutamente nada, elevó a los altares monetarios de la fama al charcutero Wes, por primera vez en su dilatada carrera tras las cámaras.
Por su parte, Wiliamson fue bautizado por los medios como el resucitador del terror teen, y vaya si lo aprovechó: aparte de las secuelas de su exitazo, firmó en los años siguientes Sé lo que hicisteis el último verano (Jim Gillespie, 1996), The faculty (Robert Rodriguez, 1998) y Asesinando a la señorita Tingle (Kevin Williamson, 1999), todos ellos títulos que sin ser gran cosa permitieron a una nueva generación de adolescentes descerebrados acudir en masa a las salas a disfrutar -salvando las evidentes distancias- como sus hermanos mayores lo habían hecho 15 años antes de la mano de Tobe Hooper, John Carpenter o el mismo Craven. Además, es el creador de ese horror televisivo llamado Dawson crece, que es lo que realmente le habrá hinchado la cuenta bancaria.
Esta extensa introducción tiene su explicación a la hora de hablar de La maldición, porque es el resultado de la suma Wes Craven/ Kevin Williamson, ni más ni menos. Pero si a la “efectividad” del tándem -al que se une, una vez más, la socia y productora de Craven, Marianne Maddalena- le unimos los grandes problemas de producción sufridos, la inoperancia de parte del reparto, y unos efectos especiales realmente flojos, tenemos una nueva película que funcionará en taquilla, sí, pero decepcionará, y mucho, a los espectadores. Vamos, que la frase promocional -“Lo que no te mata, te hace más fuerte”-, puede aplicarse como bálsamo a quienes la vean…
Ciñéndonos a lo que es la película en sí, narrativamente la trama avanza sin ningún tipo de sorpresa, con ritmo torpón, a la espera de saber quién es el licántropo que ha contagiado a los hermanos. Los arquetipos se suceden ante nuestros ojos, tanto en el mundo de ella como en de él: Ellie trabaja en el competitivo cosmos de la televisión comercial, donde las puñaladas y el amiguismo son una constante; su existencia tiene la emoción del estrés, algo que se lleva mucho entre los jóvenes ejecutivos de nuestro tiempo. Por su parte, el universo de Jimmy se ciñe a su ambiente escolar y él es, en este caso, el tonto de la clase, del que se burla cruelmente el capitán del equipo, de cuya novia está enamorado -sorprendente, ¿verdad?-.
El accidente lo cambia todo, convirtiendo la película en un cocktail que mezcla escenas calcadas de Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981), Lobo (Mike Nichols, 1994) y muchas dosis -demasiadas- del humor pueril de Teenwolf (Rod Daniel, 1985); así, la parte en la que los hermanos van descubriendo los síntomas de su enfermedad relativas al incremento de su fuerza, agilidad y sex-appeal son, con mucho, los momentos más divertidos de la trama, hasta que la transformación en licántropo -obra de un Rick Baker en horas bajas- lo echa todo a perder, una vez más.
Una vez se produce la esperada mutación, la acción se torna en una sucesión de gags tan inocentes como carentes de gracia, con momentos que, sinceramente, rozan el ridículo. Salvar del conjunto a Christina Ricci (Visitantes, 2002) simplemente por ser Christina Ricci, aunque no sabemos qué hace protagonizando este fallido producto; Jesse Eisenberg (El bosque, 2004) está perfecto como estúpido tontorrón pero inverosímil como chico cool venido a más, y Joshua Jackson, compañero de Dawson en el citado espanto de la pequeña pantalla, no demuestra el más mínimo interés por su trabajo más allá de cobrar el cheque al terminar el rodaje. Esperemos que Vuelo nocturno (antes Red eye), el nuevo trabajo de Craven que llegará en septiembre a nuestras pantallas, sea más afortunado. |