Una noche más en el tranquilo barrio residencial de Middleton. Al menos, eso parece. Un conductor borracho atropella a una joven en la carretera; una dependienta resulta herida en un tiroteo que no es lo que parece; un padre trata de hacerse pasar por culpable de un crimen que no cometió para exculpar a su hija; tres adolescentes aburridos conducen alocadamente una furgoneta, sin prestar atención a las consecuencias… los destinos de todos estos personajes se unirán trágicamente a una hora fatídica: las 11.14 de la noche.
De vez en cuando llega a nuestras pantallas una de esas películas de historias entrecruzadas coincidentes en un clímax final común a todas ellas. Este tipo de producciones despiertan un interés en el público que no se ve en otro tipo de propuestas, porque aquí la platea es obligada a pensar, a enlazarlo todo a medida que se acerca la resolución del conflicto, ansiadamente esperada.
Décadas después de la pionera Rashomon (1950) de Kurosawa, Quentin Tarantino subrayó su calidad como director con la multipremiada Pulp Fiction en 1994, sirviéndose de una herramienta fundamental en esta clase de películas: el montaje, arma básica de la que hay que servirse a la hora de hilarlo todo a la perfección. El éxito de crítica y público que recogió allí donde fue presentada otorgó validez y reconocimiento a su forma de narrar, y no ha sido la única vez: Alejandro González Iñárritu lo ha hecho dos veces más, con Amores perros (2000) y 21 gramos (2003). Sirvan estos tres ejemplos para enmarcar el mini subgénero en el que se puede insertar 11:14, producción mucho más modesta que las anteriores en cuanto a pretensiones y envergadura se refiere, pero perfectamente entretenida para pasar un divertido rato viendo cómo lo pasan mal los protagonistas principales.
Todo está tranquilo en este arquetípico pueblecito americano, un silencio total domina la noche. Tan sólo un puñado de personas permanecen fuera de sus hogares, un reducido grupo sin aparente conexión entre sí, pero que están a punto de tomar una serie de decisiones precipitadas que enlazarán su destino con el del resto. El humor negro está presente durante todo el metraje –comenzando por el hecho de que todas las personas despiertas participarán, de una forma u otra, de este macabra tragedia-, ya que cada una de las piezas del puzzle está abocada al desastre, actuando a caballo entre el error y el absurdo constantemente.
La fórmula escogida es la de contarnos minihistorias de apenas un cuarto de hora, manteniendo así la atención del espectador, que no tiene opción para aburrirse en ninguno de los episodios. Así, el ritmo es muy dinámico y lo hace todo mucho más entretenido, aportando sólo unas pinceladas de la personalidad de los figurantes para que el público se cree su propia idea de cómo es cada protagonista. Eso sí, cada participante es un arquetipo de la clase media americana, desde los chavales fumetas hasta la golfa de turno, pasando por el típico policía local o la chica con corrector dental y pocas luces; y ninguno de ellos tiene grandes aspiraciones, más allá de ver qué pasará el minuto siguiente.
El factor común que les une a todos es, sin duda alguna, la precipitación, elemento que desencadenará el drama: el padre que cree que su hija a asesinado a su amante, los muchachos que atropellan a la mujer que aparece en medio de la carretera, el dependiente que finge un atraco a su negocio para financiar el aborto de su novia… La gran sátira reside en la buena –o al menos, no mala- voluntad de casi todos ellos; pero el destino no distingue entre unos y otros, y todos habrán de sufrir, de una u otra manera, las consecuencias de sus actos, siendo castigados por las decisiones que tomen en apenas diez minutos.
Dentro del amplio reparto coral destaca la presencia de la cada vez más valorada Hilary Swank (El núcleo, 2003), también productora ejecutiva, y que no se reserva aquí un papel más relevante que el del resto de actores. Porque una de las cualidades de 11.14 es que todos los personajes tienen el mismo peso, ninguno está por encima de los demás. La otra aparición destacada es la del matrimonio formado por Frank y Norma, interpretados por Patrick Swayze y Bárbara Hershey (El ente, 1981). El primero parece estar decidido a convertirse en un nuevo icono de cierta parte del nuevo cine independiente de género, tras convertirse en el moderno predicador de Donnie Darko (Richard Kelly, 2001)…
A caballo entre la saga Destino final –por lo rebuscado de algunas situaciones- y la propia Donnie Darko –por el tono general y el carácter de los personajes-, la ópera prima de Grez Marcks merece ser visionada sin prejuicios, como una fábula acerca de lo irreversible de nuestros actos y de cómo influyen en las vidas de los demás, independientemente de nuestras motivaciones personales, sean más o menos lícitas.
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