Decir que a estas alturas ya está todo inventado en cine no es decir nada nuevo. Pero si hablamos de cine de terror, los clichés o tópicos se repiten con una insistencia más escalofriante que las propias películas. Tras la moda de las películas sangrientas y de tono gamberro como las sagas de Pesadilla en Elm Street, Viernes 13 y demás, tan de moda en los 80 y los 90, una película de pocas aspiraciones pero gran calidad como El Sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999) volvió al género hacia una tendencia por el terror psicológico, más insinuante que explícito y cuyo objetivo, más que asustar al espectador, es mantenerlo en constante tensión. Desde entonces, el cine de terror ha sufrido un aumento espectacular (más impulsado aún por la invasión oriental y sus adaptaciones americanas) hasta llegar a la cantidad de un estreno semanal como mínimo.
Fruto de esta avalancha de películas es El Internado, coproducción franco-alemana rodada en inglés que guarda muchas similitudes con, entre otras, Los Otros (2001) de Amenábar o El Espinazo del Diablo (2001) de Del Toro. Sin embargo, pese a contar con una espléndida fotografía y una muy buena banda sonora, casi omnipresente a lo largo del metraje (sin duda las dos mejores bazas del filme), la película de Pascal Laugier carece del ritmo y la tensión adecuados, algo que no le falta a los dos ejemplos mencionados.
Pese a los esfuerzos de Virginie Ledoyen por hacer creíble su personaje, a la historia le falta algo de fuerza y convicción, impidiendo que el espectador comparta la curiosidad y angustia de la protagonista hasta pasada media película. Hasta ese momento, El Internado se asemeja más a un filme dramático (con algunas imágenes de sublime tristeza muy bien logradas) que a uno de terror, por más que los ruidos y las voces que se oyen en la oscuridad nos intenten indicar lo contrario.
Una vez de lleno en el asunto, la película tampoco mejora demasiado. La obligada sorpresa final no es demasiado sorprendente y la explicación de la historia es confusa, como si el propio Laugier no tuviese muy claro lo que está sucediendo en ese internado. Además, el “otro internado”, una serie de laboratorios de un blanco resplandeciente donde se produce el esperado encuentro entre los fantasmas de los niños y la joven protagonista rompe brutalmente con la estética del resto del filme, causando una incoherencia visual con la época en la que se desarrolla la acción.
Parece como si a Laugier no le importara sacrificar la historia a favor de la fotografía, como si de un vídeo clip musical se tratase (otro ejemplo de escena tipo vídeo clip son los planos sobrepuestos en los que se nos presenta el personaje de Judith, la chica deficiente).
En fin, ritmo lento y aburrido que estropea lo que a nivel visual resulta ser un muy buen filme, y para el que, como suele suceder, la historia no es más que una mera excusa para enlazar todas esas buenas imágenes
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