En la noche de Navidad, un matrimonio y sus dos hijos, junto al novio de uno de ellos, se dirigen en automóvil a casa de la familia materna para celebrar la tradicional cena. El padre decide atajar por una carretera secundaria, que discurre en medio de un inmenso bosque y se encuentra con que en mitad del asfalto hay una mujer vestida de blanco y con un bebé en los brazos.
Al igual que la recientemente estrenada Primer (Shane Carruth, 2004), Dead end es uno de esos filmes que recorren un montón de festivales y se van creando una cierta fama entre los cerrados grupos de fans del género, antes de que una distribuidora se decida a comprar los derechos de proyección. Película del año 2003 y ópera prima de los dos directores y guionistas franceses Jean-Baptiste Andrea y Fabrice Canepa, que ya se pudo ver en España en Sitges y en la primera Muestra Calle 13 de Madrid, se hace un hueco en la abultada agenda veraniega, entre filmes infantiles y mega producciones y lo hace con las ganas de ofrecer un producto fresco y la candidez de las obras primerizas, pero también con una profesionalidad que ha de agradecer mucho al reparto de actores (excelentes Ray Wise y Lin Shaye) y la labor técnica de los equipos norteamericanos.
Dead end se engloba en esa categoría de filmes de terror con un marcado sentido macabro de la comedia, en la que Canepa y Andrea se mueven como si de dos anglosajones se tratara, no por desprestigiar lo francés ni mucho menos, sino por que quienes conozcan el sentido del humor galo, saben de lo que hablo. Al igual que algunos filmes clásicos, la saga de Evil Dead o más recientemente Cabin fever (Eli Roth, 2002), se contrarresta una situación desesperada con golpes de humor imprevistos que rompen la narración sacándonos por un momento de la seriedad de la historia. Es como si los guionistas por un lado no quisieran tomarse en serio su propia obra y por otro aligerar lo que de otra manera hubiera resultado un filme entre trivial y repetitivo.
No por ello Dead end deja de lanzar algunas puyas a la hipocresía moral de la sociedad y bombardea el núcleo familiar tradicional hasta convertirlo en una pulpa sanguinolenta. Abandona el instinto de supervivencia a manos de la individualidad y reafirma que, pese a todo, el ser humano se encuentra sólo consigo mismo y con sus temores y prejuicios, soledad simbolizada por esa carretera interminable, aislada y oscura por la que los personajes peregrinan hacia un dudoso y cada vez más sombrío final y en la que, como en la vida misma, la muerte acaba por convertirse en la única certeza.
Dead end no es un banquete en sí misma, pero sí un ligero plato que se disfruta a cada bocado y de digestión admirablemente ligera, sin dejar ni la acidez de una obra más comprometida ni la amargura de un quiero y no puedo. Divertida y terrorífica a partes iguales, mejora con cada nuevo visionado.
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