Desde el principio de los tiempos, el hombre ha mirado al interior de su propia y, a ratos, civilizada sociedad para buscar los elementos que la han hecho tambalearse en determinadas fases de su historia. Se ha dado por bueno que el enemigo siempre está en casa, de alguna u otra forma.
Y la secuencia se hubiera repetido de no ser por la mente y la capacidad para fabular de H. G. Wells, uno de los mejores literatos de la última etapa de la Inglaterra vitoriana y, por ende, creador del género fantástico tal y como nos ha llegado a quienes nacimos y hemos vivido a finales del siglo XX y principios del siglo XXI.
Wells, supo transmutar el miedo a nosotros mismos por el terror ante la invasión de unos fríos y metódicos seres llegados desde el lejano planeta Marte, cuyo estudio estaba muy en boga por los escritos de muchos de los astrónomos de la época, en especial de Lowell, descubridor de los canales que llenan gran parte de la superficie del planeta del dios de la guerra. De paso, Wells aprovechó para arremeter contra la sociedad victoriana, la cual no gozaba de su beneplácito y poner en tela de juicio la supuesta supremacía mundial de Gran Bretaña.
Quizás lo que más sorprendió a los contemporáneos de su época fue la frialdad con la que el escritor describía los planes de conquista de los seres llegados desde el espacio, poseedores de cualquier atisbo de humanidad y concentrados en lograr, sólo, la mayor aniquilación posible. Con Wells, el hombre ya no sólo debía estar atento a lo que su vecino podía hacer, sino que su mirada tenía que ocuparse, también, de la amenazas escondidas en el inmenso universo que le rodeaba.
Ese es el punto de partida de la nueva adaptación cinematográfica de la novela del literato inglés, después de la recordada versión de George Pal y Byron Haskin en 1953, llevada ahora a la pantalla por Steven Spielberg (Inteligencia artificial, 2001), con la complicidad de Tom Cruise (Vanilla sky, 2001). Spielberg ha bebido directamente del texto original de Wells y lo ha trasladado a nuestra era, partiendo de la mirada de un hombre común, un obrero portuario responsable de manejar las tremendas grúas que manipulan los contenedores marítimos, testigo de la invasión de una fría e implacable raza de seres extraterrestres llegada de cualquier punto del universo.
Además, el director ha querido plasmar la dureza e inmediatez del ataque extraterrestre, evitando preámbulos innecesarios y llevándonos al mismísimo ojo del huracán sin casi tiempo para conocer a los protagonistas de la historia.
Tras unas espectaculares tormentas eléctricas, los trípodes creados por Wells (y que salían de unos cilindros llegados desde el espacio y esparcidos por todo el globo) aparecen bajo nuestros pies y, sin mediar provocación alguna, desatan toda su fuerza destructora colocándonos, sin tiempo a reaccionar, al borde del abismo.
Al igual que en la novela original, Spielberg hace especial hincapié en demostrar la fragilidad de una raza humana encantada de conocerse, pero poco consciente de sus propias debilidades. Esta vez nada parece poder hacer frente a la invasión, y mucho menos las tácticas guerreras de los seres humanos.
Y es precisamente en esos momentos cuando el director aprovecha para arremeter contra la situación de guerra encubierta y sobre todo (tras el 11-S) de la solución para todos los problemas de la nación. Uno puede pensar que la única opción para derrotar a los invasores es luchar contra ellos, como si de terroristas se tratara. Sin embargo, también hay otras salidas, sobre todo, cuando se habla de personas civiles.
Quizás el momento en el que la película se acerca a la novela original, en lo tocante a la crítica hacía el sistema social y político imperante, es durante la actuación de Tim Robbins (Código 46, 2004), uno de los actores más comprometidos contra los atropellos de la actual administración estadounidense, que pronuncia una lapidaria frase dedicada a la actuaciones llevadas a cabo por el gobierno Bush.
Tampoco hay que olvidar los homenajes, buscados por el director, hacia la plástica de la película original, verdadero clásico dentro del género fantástico, e incluso a su amigo George Lucas (a ver si adivinan cuál es, al ver la película).
De todas maneras y lejos de consideraciones simplistas que quieren ver un canto a la familia y a los valores de la institución, la historia refleja lo que comentaba la productora Gale Ann Hurd en relación con los personajes de la película Abyss (1989). Tanto los personajes de la cinta de James Cameron como los de Spielberg son personas normales en circunstancias extraordinarias.
El personaje de Cruise, un padre divorciado con una vida un tanto caótica, deberá conocer a sus hijos en medio de la invasión de unos seres cuya mayor ambición en borrarnos de la faz de la tierra. El aprendizaje será tan duro como la supervivencia, y para nada se busca un final feliz.
Spielberg sabe que las mayores guerras se libran dentro de las familias y nadie mejor que él para atestiguarlo. Aun así, el afán de superación puede sacar lo mejor de uno mismo (como el pánico saca, por definición, lo peor) y ese empeño termina por cambiar la apreciación que uno tiene de su propia realidad.
Por si piensan que me he olvidado, La guerra de los mundos, como ya lo fuera la versión del 1953, es una película de efectos especiales, pero lejos de las simples luces de colores o de un exceso de explosiones, éstos sólo tratan de plasmar la terrible capacidad de destrucción de una raza entrenada —como la humana— en causar los mayores daños posibles, aunque carente de sentimientos que la atenacen.
El desenlace, simplista a los ojos de muchos, nos pone de manifiesto que las amenazas, como los aliados están a nuestro lado, y que quien nos ayudó hoy, puede atacarnos mañana, sin previo aviso.
Cruise se nos presenta como el protagonista absoluto de la película, queriendo soportar el rol del hombre medio que busca sobrevivir en una era donde cada día es más complicado hacerlo. Su evolución, a lo largo de la narración, compone un mosaico de sensaciones y superaciones, las cuales se pueden extrapolar a cualquiera que se viera sujeto a un acontecimientos de proporciones apocalípticas como el que se narra en la película.
Lo mejor de todo es esa sensación de alivio, pero mezclado con una buena dosis de desasosiego que le queda uno al comprobar lo indefensos que estamos ante cualquier amenaza, por pequeña que ésta pueda parecer.
Wells acabó sus días arrastrando una gran dosis de pesimismo sobre la capacidad del ser humano para preservarse a sí mismo. Y como en otras cosas puede que él supiera que la verdadera guerra de los mundos acabaría desatándose en nuestro planeta, pero provocada por los propios seres humanos, sin necesidad de la intervención de ninguna fuerza invasora llegada desde el universo profundo.
Quiero agradecer a la distribuidora U.I.P. sus facilidades para la realización de esta columna.
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