Un grupo de seis amigos viajan en coche para presenciar un partido de fútbol americano. Al tomar un atajo, descubren que la carretera ha sido cortada y se ven obligados a acampar en medio de un bosque. A la mañana siguiente uno de los vehículos se avería y dos de los jóvenes se dirigen hasta el cercano pueblo para pedir ayuda, sólo que allí aparentemente no hay nadie, salvo un extraño museo de cera.
Ante todo hay que advertir dos cosas al respecto de esta película, que no se trata de una nueva versión del clásico House of wax interpretado por Vincent Price en 1953 con dirección de André de Toth (titulado en España Los crímenes del museo de cera), sino una muy libre adaptación que en realidad poco tiene que ver con aquélla; y lo segundo es que es un error muy frecuente leer en otros medios que el filme de Price es la primera versión con semejante argumento, cuando en realidad la obra de Charles Belden (quien apropiadamente aparece en los títulos de crédito de ésta de 2005) en que se basa, ya tuvo una primera adaptación en 1933 dirigida por Michael Curtiz, Mistery of the wax museum (Los crímenes del museo). Al respecto, creo oportuno mencionar a aquellos interesados que Warner ha editado hace poco un estupendo dvd que incluye ambas versiones, al estilo de lo que ya hizo hace aproximadamente un año con El hombre y el monstruo (Rouben Mamoulian, 1932) y El extraño caso del Dr. Jekyll (Victor Fleming, 1941).
En realidad la aparición de un museo de cera, con todo el trasfondo de misterio y de morbosidad que ello implica, es una idea que se ha repetido en el cine desde antaño y son numerosas las películas que, de una forma inherente a la trama o como mero decorado, la han empleado, incluso como revisiones no oficiales de la obra de Belden. La Casa de cera se convierte, por tanto, en una curiosa mezcla entre slasher adolescente y remake del cine de terror clásico.
En términos generales, pese a que la primera media hora puede resultar algo lenta (la introducción de los personajes se toma demasiadas molestias en explicarnos pelos y señales de las vidas y frustraciones de cada uno de los jóvenes cuyo destino en definitiva es terminar como carne picada), tiene un ritmo muy estimable, en especial en su tramo final, considerando el tipo de filme y la inexperiencia de su director, el catalán afincado en Estados Unidos, Jaume Collet-Serra, realizador de videos musicales hasta su debut como largometrajista. Incluso hay unidad en una acción que se reparte en tres escenarios, los tres grupos en que se dividen los amigos, para finalmente desembocar en el clímax final.
Otro acierto del guión es introducir cierto aire de misterio en la identidad del asesino, algo que dura poco en la película, pero que permite desviar la atención hacia algo más que adivinar quién será la siguiente víctima. Y no diremos más, por no desvelar hechos del argumento que no deben ser descritos.
Pese a que la estructura del filme es prácticamente la misma que la de otros muchos de este sub-género de terror adolescente, La Casa de cera contiene los suficientes puntos a favor como para distinguirse, en especial de los más burdos, no solamente por los rasgos de guión antes mencionados sino por presentar una factura técnica y artística de primer orden. Probablemente, la labor de Collet-Serra se haya visto favorecida por la calidad de su equipo, tanto la música incidental de John Ottman (Los 4 fantásticos, 2005), de claras reminiscencias hammerianas, como la labor de maquillaje (Jason Baird – Star Wars: Episodio II), son fabulosas, pero donde realmente brilla el filme (y se nota el presupuesto) es en el diseño de producción de Graham Walker (Gothika, 2003) y los decorados de Beverly Dunn (Star Wars: Episodio II y III).
El incendio del museo de cera está impecablemente filmado y fotografiado (Stephen Windom – Anacondas) y acompaña, sin eclipsar, el enfrentamiento final con una simbología añadida que... tampoco conviene mencionar, de evidente resemblanza (La caída de la casa Usher de Roger Corman, 1960).
La Casa de cera, por tanto, da más de lo que uno esperaría ver en este tipo de producciones, atreviéndose a regodearse en los aspectos más morbosos y crueles, rayando el gore, pero sin sobrepasar una línea de verosimilitud que se traslada al público y ayuda a generar la tensión necesaria. |