Para poder comentar la película de Los 4 fantásticos primero es conveniente fijarse en el tipo de espectador al cual va dirigida esta crítica. Hay dos espectadores tipo diferentes (excluyendo a aquellos que sólo van a ver la película por acompañar al novio/a de turno, porque la han elegido sus amigos por mayoría o porque la que querían ver en la sala de al lado está con las entradas agotadas). Esto es: aquellos aficionados al cine que vienen con la esperanza de ver una buena película y los que en realidad son fieles seguidores del cómic. Como de lo que se trata ahora es de hablar de cine, dedicaré el 90% de mi crítica a los primeros.
La principal virtud de Los 4 fantásticos es, ante todo, su sinceridad. Da lo que promete, ni más ni menos. La película es una continua descarga de adrenalina con efectos especiales de primera y una buena historia que se permite, incluso, algunas situaciones cómicas y otras sentimentales. Así pues, el film cumple con creces con las expectativas, y deja al espectador con un buen sabor de boca. Ello no significa, ni mucho menos, que sea una película perfecta, claro está. Para ello deberíamos exigir un poco más de calidad interpretativa (los actores se limitan a cumplir sin desentonar, lo que no es poco) y algo más de profundidad en la historia, pero seamos sinceros, si quisiéramos una película de Oscars no habríamos ido a ver una de superhéroes, ¿verdad?
La historia es más o menos lo de siempre, el héroe que está en el lugar adecuado en el momento adecuado y recibe increíbles poderes; el proceso de adaptación y aprendizaje; y el malo malísimo al que debe detener. La originalidad aquí radica en que no se trata de un solo personaje, sino de cuatro, englobados (casi) en una misma unidad familiar: el chico, la novia del chico, el hermano de ella y el mejor amigo de él. Y ese concepto de familia superheroica, que ya parodió/ homenajeó (quédense con el término que más les guste) en su momento Disney con Los Increíbles (Brad Bird, 2004), es lo mejor de la historia, tanto en cine como en cómic.
Por encima de la eterna lucha del bien contra el mal, la película trata de la situación sentimental entre Reed y Sue, los enfrentamientos internos causados en su mayoría por la irresponsabilidad adolescente de Johnny y, sobre todo, de la tragedia de Ben, al único al que sus nuevos poderes, en lugar de convertirlo en un poderoso ser digno de envidia, lo condenan para siempre a vivir en la piel de un monstruo (en este aspecto es de lamentar que no se haga más hincapié en la dramática y heroica decisión de volver a ser monstruo tras un breve abandono de sus poderes para ayudar a sus compañeros).
No es para tirar cohetes, pero se agradece que un producto de esta categoría no esté protagonizado por personajes vacíos y carentes de personalidad que se limiten a reproducir una y otra vez peleas gratuitas y sin sentido.
En el lado negativo, se encuentra el desaprovechado personaje del Dr. Muerte, sin duda el más diferente a su alter ego de papel, que por momentos se nos antoja una mala copia del Norman Osborn de Spiderman (Sam Raimi, 2002) que tan brillantemente interpretó Willem Dafoe. Si poco creíble es que el máximo responsable de una gigantesca y multimillonaria empresa se embarque en persona en un experimento en medio del espacio, no mucho más factibles son sus motivaciones para terminar siendo el malo de la función.
En resumen, casi dos horas de acción y entretenimiento que, en el fondo, es lo que importa.
Al otro tipo de público, los que han pasado su adolescencia leyendo cómics Marvel y acuden a las salas a ver cómo sus personajes preferidos cobran vida, hay que advertirles que, pese a que no se sentirán decepcionados, la adaptación se toma demasiadas libertades como para que no se escandalicen en al menos un par de ocasiones durante la proyección. De acuerdo que la historia original tiene casi 50 años y el mundo ha cambiado mucho desde entonces pero, ¿en serio era necesario que Muerte estuviese presente en la tormenta de rayos cósmicos y que obtuviese así sus extraños poderes?
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