Caroline, necesitada de unos ingresos extras, comienza a hacerse cargo del anciano Ben Devereaux, que vive en una mansión a las afueras de Nueva Orleans en compañía de su mujer, la dominante Violet. La mujer y la muchacha chocan continuamente por las creencias de la primera en historias de vudú y santerías; pero el escepticismo de la muchacha pronto dará paso a las dudas y al temor.
Ehren Kruger ha conseguido algo realmente complicado en la industria del cine: lograr que una película se promocione con la etiqueta “del guionista de…”. A este mérito, determinado por las cifras de recaudación más que por la calidad de sus guiones, hay que unirle otro más: ha logrado que el mundo occidental haya olvidado que la saga The ring es de origen japonés y no americano, máxime desde que Hideo Nakata, creador de la cinta original, se trasladara a Estados Unidos para dirigir la soporífera secuela del remake yanqui, guionizada por el propio Kruger. Pero como la taquilla manda y ambas entregas funcionaron a la perfección, La llave del mal destaca en su cartel promocional el nombre del autor nacido en Virginia, a la espera de que el público acuda en masa a las salas para aterrorizarse con su última y diabólica creación.
Hay que señalar que Kruger, antes de alcanzar la gloria gracias al premonitorio vídeo diabólico, firmó Arlington road: temerás a tu vecino (Mark Pellington, 1999), Scream 3 (Wes Craven, 2000) u Operación Reno (John Frankenheimer, 2000), entre otras.
Ni buena ni mala, La llave del mal adolece de lo mismo que casi todas las historias de fantasmas, espíritus y maldiciones que llegan a las pantallas últimamente, véase la francesa El internado (Pascal Laugier, 2004) o la nipona Premonition (Norio Tsuruta, 2005): comienzan con buen pulso, pero éste se va diluyendo poco a poco ante los ojos del espectador, que pierde progresivamente el interés antes de llegar al final, que resulta ser tópico y manido. La corrección técnica y estética garantizan la vistosidad del producto, pero no su calidad argumental y narrativa. Y esto le sucede a esta historia de magia negra y santería ambientada, como casi siempre, en Nueva Orleans.
El mayor interés de la historia recae sobre la interpretación de Kate Hudson, cuyo hermoso rostro refleja a la perfección la sobriedad y el escepticismo de Caroline: por una parte, no cree en las supercherías populares, pero habrá de investigar sus orígenes y motivaciones si quiere ayudar al anciano Ben, en el que ha proyectado –y ésta es realmente la carga emocional del personaje- la imagen de su padre, que murió más rápido de lo que ella esperaba, víctima de una terrible enfermedad, impidiendo que ella le cuidara como hubiera querido. Por eso, arrepentida y atormentada por su recuerdo, se dedica a la atención de personas mayores que no pueden valerse por sí mismas. Su compañero de reparto masculino, el tranquilo y afable Peter Saasgard, aporta una visión más lógica y banal de esta situación, rechazando el sentimiento de culpa al que la chica se ve obligada. Pero él está interesado en que ella acepte el trabajo, así que su interés puede esconder una doble intención…
La réplica de Hudson la encontramos en la veterana Gena Rowlands como Violet, mujer fuerte y dominante que acompaña a su marido, del que está visceralmente enamorada, en sus momentos más difíciles y previos a su muerte. Su relación con Caroline cabalgará entre la tensión y un velado afecto durante toda la trama. John Hurt, por su parte, interpreta con su habitual solvencia a un enfermo terminal, sin nada más que reseñar.
Más allá de los personajes humanos, encontramos la amenazadora presencia de los espíritus de los esclavos asesinados siglos atrás por sus amos blancos –en un guiño a Candyman (Bernard Rose, 1992)-, que pululan por la casa colonial en la que trabajaban. El propio edificio es, como en tantas otras ocasiones –cada vez más-, uno de los protagonistas, lleno de oscuras habitaciones, especialmente ese ático en el que “no se debe entrar”, con una puerta al fondo “que no se debe abrir”; pero la curiosidad puede al escepticismo, y es cuestión de tiempo que nuestra valiente estrella intente acceder a la parte más secreta de la mansión, utilizando la llave maestra que da título a la película.
Más cerca por su tratamiento narrativo y estético de The ring (Gore Verbinsky, 2002) y Los otros (Alejandro Amenábar, 2001) que de El corazón del ángel (Alan Parker, 1987), Los creyentes (John Schlesinger, 1987) o La serpiente y el arco iris (Wes Craven, 1988) –todas ellas superiores a ésta-, La llave del mal tampoco se sirve de los tenebrosos y oscuros paisajes de que dispone, los pantanos cenagosos infestados de cocodrilos que inundan las afueras de Nueva Orleans, para centralizar todo el terror en el interior del edificio, sin tener en cuenta que no hay tantos elementos a los que temer, en realidad, ya que da la impresión de que Caroline puede abarcar sobradamente la situación en la que se ve inmersa. Los recursos para atemorizar al espectador son los mismos de siempre, incluyendo los mareantes movimientos de cámara cada vez que viajamos al pasado, y el tratamiento del vudú y el hudú son más bien simplones y descuidados. Un nuevo ejemplo de quiero y no puedo, en definitiva.
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