Se trata, ante todo, de una película de Tim Burton, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Entrar en la sala del cine con una idea preconcebida, o una mente cerrada sería un grave error, y posiblemente implicaría que la película nos pareciese absurda, tonta y repleta de excesos. Ese suele ser el principal problema al que se enfrentan los genios y Tim Burton, sin ninguna duda, lo es. Tanto, que sus películas resultan inclasificables, y Charlie... es buena muestra de ello. ¿Estamos ante una película infantil? ¿Fantástica? ¿Cómica? Pues sí a todo, pero a la vez, no. Burton ha reinventado el cine a su imagen y semejanza, homenajeando con descaro a sus mitos, hasta inventar un nuevo género que solo podemos definir como burtoniano.
Así pues, Charlie... es una película burtoniana, y como tal sólo puede concebirse como obra maestra, como casi todo lo que este excéntrico y delirante director acostumbra a hacer.
En la línea de Eduardo Manostijeras (1990), aunque con tintes de la mala uva que ya se gastaba en Mars Attacks! (1996), Charlie es un cuento, una fábula sobre lo importante que es para los niños la influencia de sus padres y las consecuencias que para un adulto puede conllevar la perdida de la inocencia. Dicho así, podría parecer que la película es muy seria e, incluso, moralista. Y lo es. Pero como sucediera con El gran pez (2003) -posiblemente junto a Ed Wood (1994) la mejor obra burtoniana hasta la fecha- el surrealismo y lo abstracto son el mejor camino para explicarlo.
Con un delirante uso del color que haría enloquecer al propio Dalí, Burton usa como pretexto la visita a una fábrica de chocolate (el sueño de todo niño) con una similitud nada accidental con una atracción de feria estilo Disneyland, para hacer un recorrido por las inquietudes y deseos de cinco niños, arquetipos de nuestra sociedad, y las consecuencias que sus actos tendrán. Nada es casual en la película y, como quien no quiere la cosa, se nos muestra una dura denuncia contra los videojuegos infantiles cargados de violencia, contra el problema cada vez mayor de la obesidad infantil, contra la sociedad consumista que puede llegar a impedir apreciar lo que se tiene y contra el despiadado espíritu de competitividad que se nos inculca desde pequeños.
Para ello, Burton recurre a toda su memoria cinematográfica para sazonar la función con parodias-homenajes a títulos como 2001: Odisea en el espacio (1968), Harry Potter, La Familia Adams (1964), Indiana Jones, las películas sobre mansiones encantadas en las que los personajes desaparecen uno a uno... Ni el propio Burton está a salvo de sí mismo (la primera imagen de Willy Wonka recuerda mucho a Eduardo Manostijeras, mientras que la casa inclinada en la que vive la familia de Charlie parece sacada de El gran pez). Aunque ninguno de estos guiños es comparable a las actuaciones musicales, cuatro delirantes escenografías en las que Burton da rienda suelta a su locura y trasforma a unos indígenas clónicos en cantantes heavys, baladistas de aspecto psicodélico, los Beatles (!!!) o incluso (en una de las escenas más mejorables) en la legendaria Esther Williams, trasladando sus escenografías de sirenas a un río de chocolate.
Naturalmente, el mejor circo del mundo no puede funcionar sólo por muy bueno que sea el jefe de pista, y eso Burton lo sabe perfectamente. Por ello, vuelve a reunirse con sus dos grandes amigos y aliados, Danny Elfman, con una partitura a la altura de lo esperado y firmando también las canciones (lo que me permite augurarle un hueco en la próxima ceremonia de los Oscars) y Johnny Depp, interpretando a un Willy Wonka claramente inspirado en Michael Jackson (en el concepto más positivo del cantante, por supuesto) y que en apenas cinco minutos copando la pantalla nos recuerda que es uno de los mejores actores del panorama actual y que merecería el Oscar por cualquier interpretación que haga, ya sea como pirata del Caribe, como el escritor James M. Barrie o como el traumatizado Willy Wonka que, pese a que el título de la película parezca otorgar el peso de la misma al personaje de Charlie, es el verdadero maestro de ceremonias, el protagonista absoluto de la obra (no importa que pasen casi veinte minutos hasta que aparece en escena) y sobre quien recae el peso de la historia, ya que es él, y no sus niños perdidos (pues Willy Wonka no es más que otra de las muchas representaciones de Peter Pan, un niño sin orígenes que se niega a crecer en un mundo de Nunca Jamás hecho de chocolate y dulces), quien debe descubrir el verdadero valor de la familia.
Y es esta moraleja (colofón inevitable a toda fábula que se precie) lo único que amenaza con hacer tambalearse el gigantesco castillo de naipes que supone toda película burtoniana, pues algo de magia se pierde con la salida de la fábrica aunque afortunadamente se recupera para la última escena, con esa casita inclinada y casi derruida perfectamente integrada en el paisaje interno de la fábrica de chocolate con unos gigantescos azucareros sustituyendo a la nieve.
Una película redonda (todos los actores están magníficos, desde los de 12 años hasta los de 80) para reír, emocionarse (las escasas esperanzas de Charlie por encontrar el billete para poder ir a la fábrica nos tienen en ascuas, aunque ya sepamos de antemano que lo va a conseguir), sorprenderse y, en ultima instancia, recordar que la familia es la clave de nuestra propia identidad y que los padres lo son todo en la vida.
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