Durante siglos, las fuerzas de la luz y la oscuridad se enfrentaron en el campo de batalla. Al no ceder terreno ninguno de ambos bandos, se llegó a una tregua: ninguna invadiría el espacio de la otra, formando dos guardias (la nocturna y la diurna) para vigilar que se cumpliera este trato. Estas protecciones continúan hasta el día de hoy, usando guerreros invisibles para los humanos que han sido dotados con habilidades excepcionales. Pero existe una profecía, acerca de un escogido que causará un disturbio en el balance, llevando al mundo hacia la oscuridad eterna.
Llevaba bastante tiempo hablándose de los Guardianes de la noche, adaptación del éxito superventas del novelista ruso Sergei Lukyanenko. El tono gótico de su obra, unido al exotismo propio de su país de procedencia y su hinchado presupuesto –comparativamente hablando- se unían a los comentarios de directores de prestigio para los aficionados al fantástico; así, Danny Boyle (preparando su vuelta al género con Sunshine, prevista para 2006), daba esperanzas “a los amantes del cine gótico defraudados con Constantine, tranquilos porque se ha vuelto a poner el listón muy alto. Llega un extraordinario y delicioso cine”. Por su parte, Tarantino hablaba de una “obra maestra dirigida por Timur Bekmambetov que, al igual que Ridley Scott, es un deslumbrante visionario, y la suya una epopeya de extraordinaria fuerza”. Todo esto demuestra lo pernicioso que puede ser, en ocasiones, acudir a ver una película con buenas expectativas.
La cinta comienza con una batalla medieval en un puente de piedra que promete bastante: violencia brusca, rodada con un poco más de calma que últimamente –las batallas de Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004) o El reino de los cielos (Ridley Scott, 2005) se basan en unos planos tan fugaces que casi son imposibles de seguir-, que invita al espectador a acomodarse en la butaca, deseoso de adentrarse en la historia.
Se ha optado por la cada vez más popular estrategia de la trilogía -al estilo de Matrix (Andy y Larry Wachovski, 1999-2003) o El Señor de los anillos (Peter Jackson, 2001-2003)- para poder acometer el macroproyecto, la mayor producción de la historia del cine ruso. Cuando acaba la pelea en tablas, el narrador de voz cavernosa da paso a los créditos… y se acabó lo interesante. Para empezar, la trama es incomprensible, con personajes que aparecen y desaparecen en un marasmo argumental en el que uno no sabe de qué lado ponerse, lo que tampoco parece importar demasiado.
A este caos contribuye, en buena medida, que los guardianes de la noche sean los partidarios de la luz –los buenos-, y los de la luz los de la noche –los malos- (?). Teóricamente, esta primera entrega, antecedente de las que han de llegar en 2006 y 2007, debe situarnos en la acción, pero habrá que ver este primer capítulo unas cuantas veces para comprender qué es lo que pasa a lo largo de las casi dos horas de metraje.
Por otra parte, el protagonista principal, Anton, es interpretado por el extraordinariamente soso Konstantin Khabensky, personaje popular en su país natal –presentador de la gala MTV rusa en 2004 y voz de Alex, el león de Madagascar (Eric Darnell y Tom McGrath, 2005)- que no sabe cómo demostrar la relevancia de su papel ni por asomo, en una especie de versión Troma del Neo de Keanu Reeves. El resto del reparto, sin merecer mayor comentario, participa del embrollo como puede, sin prestar demasiado interés por lo que sucede a su alrededor.
En cuanto al plato fuerte de la función, las escenas de acción, Bekmambetov –responsable también del guión- demuestra que tampoco son su plato fuerte. La calidad de los efectos digitales es muy destacable, pero su planificación, coreografía y resolución, rozan lo infantil. Todo lo que ofrece lo hemos visto mil veces y mucho mejor presentado, y la ausencia casi total de enfrentamientos físicos lo deja todo en manos de un puñado de planos más o menos estéticos y resultones que no resuelven la papeleta. Del ridículo final mejor no hablar. Resulta increíble que Rusia seleccionara este híbrido entre un telefilm y una superproducción para representar al país en los Oscar 2005, algo que no dice mucho a favor del estado de su industria cinematográfica actual. Porque si estos guardianes son los que tienen que velar por el futuro de la humanidad, apañados estamos.
En su comentario, Danny Boyle -¿influenciado, tal vez, porque Fox Searchlight Pictures distribuye sus películas en Estados Unidos, al igual que sucede con ésta?-, se pregunta si Tarkovsky se estará revolviendo en su tumba. Seguro que sí, aunque no debe ser por celos artísticos, como él plantea.
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