Había
una vez, en un país muy lejano, un
niño que vendió su cabra a
un desconocido a cambio de un puñado
de habichuelas mágicas. Quince años
más tarde, en un pueblecito llamado
Marbaden, una niña vestida con una
caperucita roja es sorprendida en el bosque
por un lobo, el mismo bosque en el que dos
hermanos utilizan migas de pan para marcar
el camino y no perderse y en el que para
despertar a una bella dama del sueño
eterno es necesario un beso de amor verdadero.
Aunque podría parecer el argumento
de Shrek 3 (no falta ni la galleta
de jengibre), se trata del último
delirio de Terry Gilliam,
una falsa biografía de los hermanos
Grimm, los mayores creadores
de cuentos infantiles a los que les tocó
vivir en una época de miedos y supersticiones
y cuyas experiencias utilizaron para sus
más logradas creaciones.
En la película, se nos presentan
como dos caraduras que se aprovechan precisamente
de esos temores para ganarse la vida hasta
que son descubiertos por el imperio francés
y enviados a un pueblo alemán a enfrentarse
a un auténtico bosque encantado.
A partir de aquí, todo puede suceder,
desde hombres lobos a brujas centenarias.
Sin embargo, el gran acierto de Gilliam
es conseguir que nada chirríe en
la historia, y que cada personaje encaje
en su entorno como piezas de un puzzle,
ayudado sobre todo por el conocimiento popular
(la clave de que los guiños funcionen
tan bien está en que todo el mundo
conoce los cuentos a los que se hace referencia).
Combinando con sobriedad terror en estado
puro con generosas pinceladas de humor,
la película recuerda en sus mejores
escenas al Sleepy
Hollow de Tim Burton (1999)
–de hecho, Johnny Deep
se sentiría como pez en el agua en
esta película-, aunque en algunos
momentos se echen en falta los giros de
guión que aparecían en la
película del jinete sin cabeza. Y
es que si de algo carece la película
de Gilliam es, por contradictorio
que parezca, de un poco de magia.
La historia se vuelve completamente previsible
alrededor de la mitad de la película
y el espectador sale del cine con la sensación
de que sigue esperando que ocurra algo,
a que llegue la sorpresa final, el giro
en la historia que nadie se espera y nos
haga quedar con la boca abierta, como un
niño cuando escucha un cuento por
primera vez. Sin embargo, eso no ocurre,
y debemos conformarnos con la impecable
puesta en escena. Además, Gilliam,
como es habitual en él, exige el
máximo esfuerzo interpretativo a
sus actores (Brad Pitt
hizo su mejor trabajo en 12
monos, 1995), aunque en esta ocasión
algo flojea (quizá la elección
del casting), pues ni Matt Damon
ni Heath Ledger terminan
de hacerse con sus personajes, como si no
terminasen de creérselos, mientras
que Jonathan Pryce y Peter
Stormare abusan de lo grotesco
en sus muecas.
Y luego está, como no, Monica
Bellucci, que vuelve a demostrar
que sólo sabe interpretar un papel
(el de “que guapa soy, que tipo tengo”)
que ya nos ofreció con generosidad
(de escote) en Matrix
Reloaded y Revolutions
(2003) o Asterix
y Obelix: Misión Cleopatra
(2002).
En resumen, una buena película
a la que le falta algo de chispa, pues no
hay nada más preocupante que sentir
indiferencia ante tan surrealista producto.
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