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Se podría decir que dentro del género de terror existe el subgénero concreto de los zombis, muertos devueltos a la vida sin que apenas importe la causa con un improbable pero insaciable apetito de carne humana pese a que sus estómagos carezcan de la virtud de digerir.
Y el culpable, por no decir el creador, de ello no es otro que George A. Romero, autor de la magistral (y todavía no superada) La noche de los muertos vivientes (1968). Desde entonces, ha habido burdas imitaciones (Nueva York bajo el terror de los zombies, 1979; 28 días después, 2002), parodias banales (La divertida noche de los muertos vivientes, 1987), remakes (La noche de los muertos vivientes, 1990; El amanecer de los muertos, 2004) e incluso videojuegos con sus correspondientes adaptaciones cinematográficas de mayor (Resident Evil, 2002) o menor acierto (House of the dead, 2003).
Sin embargo, sólo el propio Romero ha sabido mantenerse fiel al estilo que él mismo creo gracias a las secuelas de su obra magna, en las que poco a poco ha ido describiendo ese mundo terrorífico y desesperanzador en el que se ha convertido nuestro planeta.
La Tierra de los muertos vivientes es la cuarta película de la saga y en ella los muertos son más aterradores que nunca por la simple razón de que se muestran cada vez más humanos. Tal y como ya se apuntaba en Zombi (1978) y se reafirmaba en El día de los muertos (1985) los muertos vivientes pueden recordar detalles de cuando estaban vivos, siendo capaces, incluso, de volver a tener sentimientos, tales como dolor, rencor o incluso compasión, sentimientos que –no por casualidad- empiezan a menguar entre los humanos supervivientes.
La base argumental no aparenta ser nada del otro mundo (zombis por doquier organizándose y aprovechándose de sus recuerdos para ser más mortales, sustos a mansalva y mucha sangre), pero a medida que avanza la película se descubre que hay más de lo que parece a simple vista. Por eso, uno de los pilares claves en el cine de Romero, el desmesurado abuso de escenas sádicas, completamente gores, que sin duda hará las delicias de sus más fieles seguidores, se convierte aquí en una pesada losa, pues tanta hemoglobina condena a la película a ser un producto de serie B pese a su gran presupuesto cuando merecería aspirar a mucho más.
Y es que ahora los zombis, supuestos malos de la historia, no lo son tanto. Porque acaso, ¿no son también víctimas de lo ocurrido? ¿Les dejaron la libertad de elegir lo que querían ser? La lucha inicial por la supervivencia pronto se desvela como una cruel matanza indiscriminada, en ocasiones por pura diversión. Los zombis son considerados una raza subdesarrollada, a los que se tortura y humilla en una sociedad en la que las clases sociales están exageradamente diferenciadas y en la que el poder absoluto reside en un solo hombre, cual si fuese el presidente del país más poderoso del mundo (en un momento dado recita la frase: “yo no negocio con terroristas” en clara alusión a la política del gobierno americano).
La escena en que los zombis cruzan el río (frontera entre su territorio y el de los humanos) guiados por su particular versión de líder revolucionario parece una metáfora con los inmigrantes ilegales que arriesgan sus vidas por cruzar el río Bravo en busca del sueño americano, un sueño representado en forma de ciudad inmersa en su propia guerra civil. Al final de la película, con la llegada en el último momento de la caballería (tarde, pero más vale tarde que nunca, ya saben), la historia ha dejado de ser de terror para convertirse casi en un drama bélico, con moraleja esperanzadora incluida. Los humanos malos mueren. Los buenos se salvan, pero deben huir de la ciudad a pie, portando con ellos sus escasas pertenencias, como desamparados exiliados en una guerra mientras los muertos tratan de encontrar tras su victoria un nuevo hogar.
Cabe de todo en esta brillante revisión del genero, en esta inmensa coctelera en la que Romero mezcla con maestría humor negro, acción, sangre y drama, teniendo el bonito detalle, incluso, de homenajear en una escena una de las mejores películas de zombis de la última década (que, por cierto, no le pertenece pero a la que ha manifestado públicamente su admiración) como es Zombies Party (Edgar Wright, 2004). Y es que no sólo de Romero viven los zombis, pero casi.
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