La
vida de tres expertos pilotos da un giro
con la llegada de un cuarto miembro al equipo,
un avión de combate pilotado por
inteligencia artificial. Se trata del arma
perfecta, pero claro, en el cine la perfección
siempre acaba torciéndose y aquí
no iba a ser menos. Cuando un rayo cae sobre
el avión de marras, EDI
(que así se denomina el aparatejo,
Hojalata para los amigos) empieza
a mostrar personalidad propia y evidentemente,
cuanto más humano se vuelve más
imperfecto resulta ser, llegando a aprender
a desobedecer órdenes, a escuchar
música heavy (pirateada de Internet)
y a matar si es necesario a sus propios
compañeros con tal de asegurarse
su supervivencia.
Con semejante argumento, es fácil
prever el cúmulo de escenas aéreas
y efectos especiales que se nos viene encima.
El maestro de ceremonias y culpable de ello
no es otro que Rob Cohen
(xXx, 2002),
que aunque todavía no ha conseguido
entrar en la lista de los grandes directores
del Hollywood actual ya demostró
en A todo gas
(2001) su capacidad para plasmar la velocidad
en la gran pantalla, sustituyendo para la
ocasión los coches de aquella por
los aviones de esta. Así, el director,
aún sin lograr una obra maestra,
consigue cumplir con creces con su cometido,
dotando a la película de un buen
ritmo (sobre todo a partir de la primera
media hora) y la necesaria espectacularidad,
logrando además, un difícil
merito como es el conseguir que el obligado
exceso de combates aéreos no llegue
a saturar al espectador (en este sentido
se agradece –a la par que sorprende-
que el clímax final suceda en tierra
firme).
Siendo así, el principal defecto
de la película se aprecia en los
momentos en los que pretende aspirar a más
de lo que en realidad es (una buena película
de consumo rápido a ritmo de palomitas).
Así, cuando pretende ser un film
“serio”, en realidad se vuelve
banal e incluso ridícula, y como
muestra, dos botones:
Por un lado, nos encontramos con un burdo
intento de dar consistencia a los personajes
sin conseguir evitar que caigan en los tópicos
de siempre y que las escenas en las que
se profundiza sobre sus personalidades y
relaciones sean los momentos más
aburridos de la función (tómese
por ejemplo las escenas de puro lucimiento
corporal de Tailandia).
Por otro lado, y como tantas otras películas
rodadas tras el 11 de septiembre, en Stealth,
la amenaza invisible se pretende
hacer cabida también a una sensibilidad
especial hacia las víctimas inocentes
de las guerras, llegando a dotar de una
moralidad tal a los protagonistas que no
dudan en desobedecer una orden directa si
se ven obligados a causar bajas civiles.
Pero este no es el fondo de la película
(lo que en realidad importa es el enfrentamiento
entre la Inteligencia Artificial y el trío
humano, lo demás no deja de ser paja
que pretende adornar sin conseguirlo), de
manera que todas las buenas intenciones
quedan en nada cuando se llega a los títulos
de crédito y descubrimos que la amenaza
de una nube radioactiva asolando Afganistán
o la más que probable declaración
de guerra a Corea del Norte no tiene consecuencias
alguna.
Además, la película no pretende
crear un debate sobre el uso de la Inteligencia
Artificial (EDI no logra alcanzar
en ningún momento la humanidad de
los replicantes con fecha de caducidad de
Blade Runner,
ni del joven protagonista de AI)
sino que es una mera excusa para el desarrollo
de la acción, sin que deba importar
la credibilidad del cacharro en su descenso
hacia la locura ni su injustificado intento
de redención como un T-800 cualquiera.
Stealth
no es, en el fondo, más que un enorme
regalo con un hermoso envoltorio, una caja
dentro de otra y dentro de otra, a cual
más bonita, pero que en realidad
no contiene nada verdaderamente valioso.
Puede parecer poco, pero si pensamos que
alguno de los embalajes son tan brillantes
como la escena en la que el avión
pilotado por Josh Lucas
está repostando en el aire, ya ha
valido la pena pagar el precio de la entrada.
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