Desde
siempre, el complicado arte de las relaciones
entre parejas ha debido superar barreras
infranqueables y un sin fin de prejuicios,
motivados por creencias varias, estéticas
decimonónicas o revoluciones tumultuosas.
Sin embargo, nadie estaba preparado para
el cambio radical que supondría la
llegada de la red de red, principal soporte
de las autopistas de la comunicación
(carreteras secundarias cuando se habla
de nuestro país).
De un plumazo, los engorrosos preámbulos
epistolares de épocas pasadas, dieron
paso a los misteriosos placeres de correo
electrónicos, los chats y el cibersexo,
prueba inequívoca de la llegada del
siglo XXI hasta nuestras sociedades.
Ahora, cada uno puede ser quien quiera
ser y a una velocidad impensable hace sólo
unos años. Si al hombre le gusta
disfrazarse y colocarse una y mil máscaras,
internet le aportó el mejor guardarropía,
de la mejor comedia del arte.
Claro que, como muy bien enseñan
en los círculos de poder, quien hace
la ley, hace la trampa y no es ninguna novedad
que, tras el deseo de muchos se esconden
las perversiones de unos pocos. Por ello,
son legión los que han encontrado
un terreno todavía virgen, como la
red, para propagar y explotar sus vicios
más oscuros y depravados, sabedores
de la impunidad que les ampara en la vasta
red de páginas web, foros y demás
que conforman el ciberespacio.
Y este es el punto de partida de la desasosegante
y, a ratos, turbadora Hard
Candy, película del director
David Slade, presentada
en la sección oficial Fantastic del
pasado festival
de Sitges 2005.
Slade parte de una práctica
bastante común en el Japón
actual; las citas entre jóvenes adolescentes
y maduros hombres de negocios, quienes utilizan
la red para dar salida a sus deseos, llegando
a concretarlos en tórridos encuentros
sexuales con verdaderas Lolitas del siglo
XXI.
Para la ocasión, la trama se desarrolla
en los EEUU y tiene como protagonistas al
atractivo fotógrafo de moda, Jeff,
ya inmerso en la década de los 30
y Harley una precoz, inteligente
y provocadora jovencita de catorce años.
Entre ambos ha surgido un sentimiento
de atracción mutua después
de largas sesiones virtuales intercambiando
ideas, anhelos, sueños y una complicidad
deseada en toda relación ideal. Así,
sin casi darse cuenta, los dos llegaron
a la conclusión de que tenían
que abandonar el anonimato y conocerse.
Una última conversación
virtual y, el gran día llegó.
Jeff era todo lo que Harley
buscaba en un chico, en especial por la
experiencia y madurez que demostraba tener
y Harley era un bombón demasiado
apetitoso como para dejarlo de lado.
Un café, un regalo y una invitación.
Había llegado la hora de conocer
el estudio de Jeff, una parte de
su propia casa. Harley estaba encantada,
sentía que era el centro de atención
de Jeff. Todo parecía ir
bien, demasiado bien hasta que, tras una
copa, Jeff sintió que el
mundo le daba vueltas y cayó en un
profundo sueño.
No sabemos lo que soñó pero,
al despertar, él y los espectadores
somos partícipes de la pesadilla
que Harley le hará vivir
al fotógrafo, ahora un ser atado
y postrado, a merced de los delirios de
una joven transmutada en una demente doctora,
la cual le comunica sus intenciones de reparar
el mal que sus perversiones como fotógrafo
han causado al mundo. Y, para ello, no se
le ocurre nada mejor que... castrarlo.
A partir de entonces, la película
enfrenta a los dos personajes en su mutuo
afán de socavar la inteligencia del
opuesto, recurriendo a la violencia psicológica,
la fuerza y la venganza como moneda de cambio
entre los dos.
Cada minuto que pasa en la pantalla, justifica
el todo vale cuando dos seres humanos pelean
por imponer sus criterios sobre el otro.
Por ello, de igual forma que la vida es
tramposa por las personas con las que nos
encontramos, Slade nunca
nos enseña el plano general de lo
que transcurre, sólo retazos para
que cada uno saque unas conclusiones, juzgue
y se decante por uno o por otro protagonista.
Jeff es el animal herido que
no dudará en forzar a Harley
para demoler sus intenciones. Ella dará
rienda suelta a las enseñanzas de
Maquiavelo y su fin justifica
los medios.
Cada cual forzará a su contrario,
como leones en una jaula (la casa de Jeff,
en este caso) buscando salir victorioso
del combate y dejándose una buena
parte de su humanidad en el transcurso de
la batalla.
Quedará uno, como en los duelos
de titanes, pero nunca sabremos cuáles
serán las verdaderas heridas del
vencedor. Quien odia hasta ese extremo debe
estar dispuesto a cavar una tumba para cuando
le llegue su hora.
Cinta tensa, agobiante, machacona y sin
ninguna concepción a la galería,
Hard Candy pone
sobre la mesa, los peligros de la red, no
por sí misma, sino por el mal uso
que los seres humanos le damos a la mejores
herramientas.
Slade no pretende moralizar
a nadie, la realidad es así, existen
sucesos como los que motivan a Harley
a buscar venganza. Sólo se trata
de que esos sucesos no se prodiguen en exceso.
El hombre siempre terminará por ser
más despiadado que cualquier animal
salvaje, dentro o fuera de la red.
Su acierto, además de la coherencia
de su director al contar la historia que
deseaba, es la actuación de sus dos
actores, Patrick Wilson
y la intensa y convincente Ellen
Page, joven actriz que da la réplica
perfecta a la fría, metódica
y, por momento, sádica adolescente
vengadora.
Su actuación, dejando a un lado
los problemas que a los miembros del sexo
masculino ocasiona (recordemos el desencadenante
de la acción) supuso todo un descubrimiento
para los espectadores, en medio de un festival
marcado por las féminas de talante
decidido e instintos vengadores (piensen
que el premio a la mejor actriz se concedió
a Lee Young-Ae, por su
papel en Sympathy
for Lady Vengeance).
De todas maneras, hasta el más
apetecible caramelo puede provocar una indigestión,
aunque el envoltorio tenga los angelicales
y provocativos rasgos de una actriz como
Ellen Page.
Ya saben, si conocen a una turbadora pareja,
no importa el sexo, pregunten antes de conocerla.
Nunca se sabe lo que puede esconder, tras
su nombre virtual.
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