Antes
de comenzar, esta película se presenta
ya con un inconveniente aparentemente difícil
de superar: a diferencia de otros films
supuestamente similares como podría
ser El
Exorcista y sus secuelas, en El
Exorcismo de Emily Rose la historia
debe comenzar por el final, de manera que
en la primera escena nos enteramos de que
la joven protagonista termina muriendo.
Esto, como digo, debería ser un
inconveniente, ya que en el idioma cinematográfico
supone romper todo el esquema de la película
y destrozar por completo el suspense. Sin
embargo, los responsables de la misma han
sabido sortear el obstáculo con habilidad,
traspasando el papel de protagonistas al
sacerdote que realiza el exorcismo y su
ambiciosa abogada, de manera que las repercusiones
que el mismo tiene sobre la vida de ambos
y el poder presenciar la realización
del exorcismo (que no por conocer los resultados
deja de resultar impactante) son el verdadero
interés de la película.
Tanto es así, que pese a algunas
escenas escalofriantes (de las que no se
abusa demasiado, cosa que la narración
agradece) y varios sustos de rigor, nos
encontramos más que ante un film
de terror ante una película de juicios,
al más puro estilo John Grisham.
Por si fuera poco, en El
Exorcismo de Emily Rose no se plantea
la eterna lucha entre el bien y el mal,
en esta ocasión algo secundario.
Son dos foros de debates diferentes los
que el director Scott Derrickson
plantea. Por un lado, se trata
del antiguo pulso entre ciencia y religión,
dos eternos antagonistas representados por
la fiscalía del estado y la defensa
particular del padre Moore (irónicamente
la ciencia es representada por un fiscal
creyente y la religión por una abogada
agnóstica).
Y es en este debate donde la película
se marca uno de sus mayores aciertos, pues
si bien el combate es constantemente anunciado
durante la duración del juicio no
hay un claro vencedor (el veredicto del
jurado, por otro lado forzado al hecho de
tratarse de una historia real, es prácticamente
irrelevante) de manera que cada espectador
pueda regresar a sus hogares convencido
de que el triunfador ha sido uno u otro.
Cierto es que la visión del director
parece ligeramente favorable a la religión
(no deja de ser una historia de demonios,
para la que los sucesos paranormales como
los que presencia la abogada Erin Bruner
son casi obligatorios) pero casi todos ellos
pueden ser rebatidos con explicaciones más
o menos razonables: los estigmas de Emily
pueden ser producidos por la alambrada,
su posesión es epilepsia psicótica
y los fenómenos paranormales que
sufre Erin simples alteraciones
de su percepción de la realidad producidas
por la mella que el caso puede hacer en
su imaginación (como cualquier espectador
que, tras ver la película, regrese
a su casa en la soledad de la noche y descubra
que están a punto de dar las tres
de la madrugada; y no olvidemos el hecho,
además, de que la abogada parece
tener una cierta simpatía por los
martinis).
¿Qué fue lo que realmente
le sucedió a Emily? Esa
es la gran pregunta que formula la película,
y sólo el propio espectador podrá
hallar su respuesta. Y lo mejor de todo
es que, sea la que sea, será la correcta.
Por otro lado, el segundo debate que se
plantea (ya en un plano más espiritual)
es el de creer o no en Dios. Porque aunque
pueda parecer que el tema se menciona casi
de pasado, como quien no quiere la cosa
(la aparición de la Virgen y los
estigmas no se nombran hasta casi terminada
la película), existe una metáfora
oculta entre líneas que define la
sociedad en la que vivimos. No es ya tanto
el creer o no, sino el porqué creer.
Antiguamente un milagro, una aparición,
un profeta podrían bastar para creer
en Dios. Hoy en día, para poder aceptar
su existencia es más sencillo que
lo que se nos muestre sea, contrariamente,
la existencia del Diablo. Esa es la misión
de Emily y ese es, aparentemente,
su gran logro.
Sin embargo, a fin de cuentas, y por mucho
que nos recuerden que se trata de hechos
reales, no estamos más que ante una
película de cine. Quien quiera debatir
entre ciencia y religión encontrará
en ella apasionantes argumentos. Quien sea
creyente, podrá extraer profundas
reflexiones. Y quien tan solo quiera disfrutar
de dos horas de entretenimiento no debemos
dejar de destacar a unos excelentes actores
y una oficiosa dirección que, huyendo
del mal gusto y la sangre a borbotones logra
crear un clima de suspense que engancha
desde el primer minuto.
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