Antes
de comenzar, quiero recalcar el hecho de
que la película me gustó mucho.
Es entretenida, espectacular y emocionante,
y cuenta con un plantel de actores que,
a medida que avanzan en edad, están
aprendiendo a desarrollar sus dotes interpretativas.
Sirva esta introducción para no caer
en equívocos, pues conocedor como
es uno de sus propios defectos, apuesto
a que a lo largo de las siguientes líneas
me veré tentado por el lado tenebroso
(aquella parte de nuestro cerebro controlada
por el que no debe ser nombrado) a destacar
más los aspectos negativos que positivos
de la película.
Entre los últimos, cabe destacar
la continuación de la línea
marcada por Alfonso Cuarón
en la tercera entrega de la saga, es decir,
la de ofrecer una línea más
oscura y adulta de la historia, lejos de
la memez que abrió la saga y su primera
secuela (¿quién decidió
que un incompetente como Chris Columbus
era capaz de llevar las riendas de una superproducción?).
Harry ha crecido. Ha aprendido
nuevos secretos de su mundo y nuevas amenazas
lo rodean. Y por ello, sus historias han
crecido en paralelo, se han vuelto más
adultas, más dramáticas. Ahora,
el quid de la cuestión no está
en saber transformar a un compañero
de clase en un sapo, sino en vencer en un
combate contra fuerzas superiores en el
que no todos sobrevivirán. Y es que,
efectivamente, hay drama y muerte en esta
saga cada vez menos infantil que, lejos
de acercarse a su fin, no es más
que el prólogo de lo que será
en realidad esta historia, un combate entre
el bien y el mal, entre Harry y
Lord Voldemort, entre la luz y
la oscuridad.
Si la película es adulta, emocionante
y bien interpretada (acompañada,
cómo no, de unos efectos especiales
de primera), ¿qué es lo que
rechina? ¿qué le impide llegar
a la denominación de peliculón?
¿por qué insisto en ponerle
“peros” si empiezo diciendo
que me gustó mucho?
La clave del asunto está en su
duración: 157 minutos ( a los que
hay que añadir el intermedio que
se realiza en algunas salas de cine), demasiado
para una película infantil pero escasos
para que el director Mike Newell
sea capaz de trasladar las 635
páginas del libro en su edición
española.
No es que exija a los realizadores del
film que trasladen hasta el último
pasaje del relato de J.K. Rowling,
ni mucho menos, pero sí es imperativo
saber de que escenas se puede prescindir
y de cuales no. No olvidemos que no todos
los espectadores deben ser fieles seguidores
del personaje, y por lo tanto, no todos
han leído obligatoriamente el libro.
Así, muchas subtramas están
mal dibujadas en la película, como
si contaran con que todo el mundo sabe de
que va y no fuesen necesarias más
explicaciones.
Entiendo que todas las adaptaciones de
obras literarias se encuentran con problemas
similares, y en El
Señor de los anillos encontramos
un ejemplo reciente, pero el gran acierto
de Peter Jackson fue el
emitir subtramas completas que sin duda
los mayores fans de la obra de Tolkien
echarían en falta pero no así
el resto de espectadores.
En el caso de Harry
Potter y el Cáliz de fuego
ya el principio es precipitado, con Harry
alojado no se sabe por qué en casa
de los Weasley y con la celebración
de un gran mundial de quidditch que no llegamos
a ver y cuyas consecuencias de lo que allí
suceden parecen olvidarse a poco que avanza
el metraje. Otro ejemplo está en
el concurso de los tres magos (cuatro en
esta ocasión), que si bien no es
más que una excusa (un macguffin,
que diría Hitchcock)
para llegar al escenario de la confrontación
final, está narrado con tanta precipitación,
con tan poco ritmo, que apenas nos enteramos
de lo que ocurre en él (en la primera
prueba sólo vemos la actuación
de Harry, mientras que en la segunda
la concursante Fleur Delacour es
derrotada sin que sepamos ni veamos el motivo.
Otro tanto habría que decir de
los personajes secundarios. La presencia
de la periodista Rita Skeeter es
simplemente testimonial, el profesor Snape
apenas tiene presencia (lo cual es más
de lo que se podría decir del resto
de profesores, parece como si este curso
no se estudiara nada aparte de un leve vistazo
a la clase de Ojoloco Moody), y
el odioso Draco Malfoy y su padre
Lucius aparecen tan poco que el secreto
que se descubre sobre Lucius apenas
impacta sobre el espectador.
Parece como si Newell
los hubiera hecho aparecer casi a la fuerza,
como mero recordatorio de su existencia,
dejando plantadas las semillitas de lo que
ocurrirá en la quinta entrega. Pero,
con tantas cosas por explicar, ya veremos
con qué calzador las meten en las
casi 900 páginas de Harry
Potter y la Orden del Félix
(a esta Rowling le va la
marcha) los nuevos realizadores.
Finalmente, está el tema personal.
La escritora tenía muy claro desde
el momento en que creo a Harry
que quería que éste, pese
a ser hijo de los mayores magos del mundo
y que una leyenda fantástica lo rodeara
a lo largo de su vida, fuese un chico normal.
Menos que normal, incluso. Más bien
tímido, acomplejado, inseguro (él
y Peter Parker podría competir
por ver quién es el mayor héroe
gafotas del mundo)... Por eso, era imprescindible
que a medida que pasaran los cursos no solo
creciera como mago, sino también
como persona.
Por eso, en esta entrega, Harry
y sus amigos comienzan a sentir los cosquilleos
del amor. Cho, una compañera
de Hogwarts, es la niña
de los ojos del joven mago, aunque ella
prefiere tontear con Cedric Digorry,
el representante oficial del colegio en
el concurso de los tres magos. Evidente
triangulo amoroso que, como en un melodrama
de Douglas Sirk, sólo
puede terminar en tragedia. Sin embargo,
estos sentimientos, a los que la película
dedica sus buenos minutos (para ello se
supone que sirve la extensa escena del baile),
están mal definidos, apenas esbozados,
como si una vez planteados Newell
decidiesen que no importan a nadie y los
dejase olvidados.
Se echa en falta una buena explicación
de la relación entre Hermione
y Ron, o una escena desgarradora
de Cho llorando por el destino
de Cedric, etc. Parece mentira
que el currículo de Newell
se nutra, precisamente, de comedias románticas
donde son los sentimientos (y no las sirenas
o dragones) los protagonistas.
Y para colmo, Patrick Doyle
ha sustituido en la música a John
Williams, lo cual se nota, y mucho.
En resumidas cuentas, una película
con grandes altibajos, emocionante pero
elíptica, con grandes interpretaciones
(sorprendente revelación descubrir
al actor que se oculta bajo el rostro de
Voldemort) y espantosas sobreactuaciones
(desagradable escena la de Myrtle la
llorona, mientras que se añora
el Dumbledore de Richard
Harris), nuevas revelaciones y
pocas aclaraciones...
osiblemente, más de lo que se podría
esperar pero menos de lo que se podría
haber conseguido. Espero, no obstante, impaciente
la nueva entrega.
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