Dicen
que C.S. Lewis y J.R.R.
Tolkien no sólo fueron contemporáneos
sino también amigos y colaboradores.
Quién sabe si alguna lluviosa tarde
de otoño se sentaron juntos al abrigo
de una taza de té (o de una pinta
de cerveza) a intercambiar personajes y
entremezclar el Mundo Medio con el mundo
de Narnia, quizá incluso en el mismo
pub al que años después acudiría
también J.K. Rowling en
busca de inspiración.
Y es que no hay duda de que las semejanzas
entre ambos mundos son más que casuales.
Sin embargo, aunque así hubiese sido,
estaríamos hablando de literatura,
de dos sagas que pese a sus claros denominadores
comunes terminaron diferenciándose
una de la otra tanto en estilo como en destino,
es decir, el tipo de público al cual
iban dirigidas. Ahora bien, en su traducción
al lenguaje cinematográfico, esas
diferencias empiezan a perderse, debido
sobre todo a que en este caso la imaginación
del espectador no es tan determinante como
la del lector, no siendo posible acogerse
a la objetividad del público para
justificar unos parecidos nada razonables.
Y es que se puede asegurar categóricamente
que la versión de Andrew
Adamson de Las
Crónicas de Narnia: el León,
la Bruja y el Armario no es más
que una versión tontorrona e infantiloide
de la trilogía de El
Señor de los Anillos de Peter
Jackson, eso sí, convenientemente
aderezada con toques harrypotterianos, pues
todo vale para conquistar la taquilla navideña.
Comencemos por el principio. Tras la escena
introductoria, el cuarteto protagonista
(niños, como no) viaja en un tren
que recuerda ligeramente al expreso de Hogwarts
hasta una estación donde va a recogerlos
un ama de llaves que podría ser hermana
de la profesora McGonnagall en
un carromato idéntico al empleado
por Gandalf al principio de La
Comunidad del Anillo (2001) para conducirlos
hasta una enorme casa, repleta de pasillos,
escaleras, puertas, armaduras y cuadros
al más puro estilo Hogwarts donde
los espera un anciano aparentemente serio
y temible pero en el fondo un buenazo pleno
de sabiduría cuyo apellido no es
Dumbledore pero podría serlo
y en la que hallarán, en una habitación
solitaria, un armario protegido por una
sábana con propiedades mágicas,
tal y como se encuentra el espejo de Oesed
también mágico que Harry
Potter encuentra en La
Piedra Filosofal. Y esto sólo
de entrada.
Una vez en Narnia conoceremos a un fauno
cuya morada bien podría pertenecer
a la Comarca, a una reina/ bruja interpretada
por Tilda Swinton pero
con el mismo asesor de imagen que Cate
Blanchett en La
Comunidad del Anillo y contemplaremos
estupefactos como Papá Noel (¿¿??)
entrega a los niños unos regalos
en forma de armas y poción milagrosa
que más adelante les resultarán
indispensables, como los presentes que Galadriel
hace a los miembros de la Comunidad del
Anillo. Y eso por no mencionar la (aparente)
muerte y posterior resurrección de
un Gandalf que aquí tiene
apariencia de león y que, como su
homólogo en la trilogía de
Jackson, aparecerá
en la batalla portando refuerzos de última
hora para intentar derrotar a un ejército
del mal que hemos visto constituirse e una
escena que parece extraída de las
mismísimas minas de Gondor.
Y así hasta la saciedad.
Puestos a fantasear, podríamos albergar
la posibilidad de que Lewis
y Tolkien jugasen precisamente
a eso, a construir dos historias semejantes
pero destinadas a generaciones diferentes.
Dos mundos paralelos de historias paralelas,
uno dispuesto para atraer a adultos ávidos
de emociones fuertes y otro para seducir
a los pequeños que aún no
ha perdido la inocencia. Sin embargo, tal
excusa tampoco sería aceptable a
la hora de ser transformada en película
cinematográfica, en primer lugar
porque Las Crónicas
de Narnia: el León, la Bruja y el
Armario, tanto por presupuesto como
por pretensiones, no merece ser considerada
tan sólo como una película
infantil y segundo porque su director, Andrew
Adamson, es el primero que no parece
decidirse por el público al que quiere
dirigirse.
Y es que como fábula infantil,
la película está repleta de
violencia y muerte y encierra unas moralejas
muy poco convenientes (aunque la presentación
de las mismas, de la mano de Disney, sea
mucho más amable que las tan criticadas
producciones Manga) como que la guerra es
la única forma de que el bien venza
al mal, sin importar que quien empuñen
las espadas y arcos sean sólo unos
niños, que la traición es
fácilmente perdonable, con lo cual
no pasa nada por ser malos de vez en cuando
(incluso seremos recompensados con delicias
turcas) y que el amor por los padres (que
en la primera escena parece un valor incuestionable)
es fácilmente olvidable.
Sin embargo, como película para
adultos (obviando esas semejanzas anillosas
que hemos ido detallando), la puesta en
escena es lenta y torpe, la Reina Blanca
no consigue inspirar temor alguno (la simple
presencia de los niños en Narnia
basta para menguar su poder) y la batalla
final (único punto de interés
de la película) es torpe y de escaso
valor dramático.
Resulta ridículo que en un mundo
tan aparentemente fantástico como
es Narnia los verdaderos protagonistas no
sean los faunos, los centauros o los minotauros
(por nombrar algún ejemplo) sino
simples animales comunes (un león,
castores, lobos) que hablan y actúan
como humanos, cual una simple cinta de dibujos
animados de escasa imaginación. Además,
Narnia se presenta como un lugar tan exageradamente
fantástico, un sitio dónde
realmente puede pasar de todo, que el ansia
de descubrimientos inicial se diluye ante
la falta de emoción, ya que cuando
incluso la muerte es reversible, ¿qué
se puede temer? Tanto es así, que
a media película se pierde el interés
por los personajes, da igual lo que suceda
o deje de suceder y lo único que
nos mantiene atentos a la pantalla es la
curiosidad por ver hasta donde pueden llegar
los millones gastados en efectos especiales
que, estos sí, están a la
altura de lo esperado. Tanto es así
que ni siquiera se nos permite ver una simple
gota de sangre en una película que,
en el fondo, narra una guerra entre dos
ejércitos (como si la falta de sangre
la convirtiera en algo positivo a ojos de
un niño).
Lo más decepcionante, quizá,
es que no toda la película es así.
El arranque (sobre todo el prólogo
de Londres bombardeado) es prometedor y
dramático, y las primeras apariciones
de los pequeños (sobre los que destaca
Georgie Henley con esos
ojos hinópticos) amenazan con cautivarnos,
ayudados por las estudiadas y bien diferenciada
personalidades de cada uno de ellos –Peter
encarna el peso de la responsabilidad, Susan
a la prudencia, Lucy es la inocencia
en estado puro y Edmund la traición-
que parece augurar una tragedia que nunca
llega. Pero a medida que pasan los minutos,
tanto la historia como las interpretaciones
(quizá por culpa de la completa difuminación
de estas personalidades) se diluyen hasta
ser un simple borrón, casi una sucesión
de bostezos en espera al ansiado fin. Una
vez en el meollo, los niños son totalmente
simplones (Skandar Keynes está
infinitamente mejor como cobarde y mezquino
que una vez redimido) y los actores parecen
estar de acampada, escapándose incluso
alguna sonrisilla en los momentos supuestamente
más dramáticos.
No todo es despreciable en la película,
por supuesto, pues el dinero que ha costado
bien tenía que ir a parar a algún
sitio. La fotografía es espectacular
y los efectos especiales sencillamente perfectos
(incluso se habrían asegurado el
Oscar cualquier año que no hubiesen
tenido que competir con King
Kong), pero eso es poco relleno para
una historia que sobrepasa las dos horas
y en la que aún estamos buscando
al héroe al que admirar (Aragorn,
¿dónde te hallas?), una dama
a la que enamorar o un malvado al que derrotar.
Carente de la posibilidad de emocionar
(ni siquiera el saber qué pasará
ayuda a mantener el interés, pues
los resultados de la batalla se pueden ver
desde hace tiempo en las diversas imágenes
promocionales, lo que demuestra que ni siquiera
productores o distribuidores se han tomado
en serio la película), Las
Crónicas de Narnia: el León,
la Bruja y el Armario sólo
puede agradar a espectadores cuyos niveles
de exigencia sean realmente bajos. Demasiado
poco para la parafernalia que rodea la película
y que tiene su punto culminante en la escena
final, en la que el profesor Kinke
insinúa a Lucy (con otras
palabras, claro está) que la secuela
llegará en cuanto se confirmen los
esperados resultados en taquilla.
Sólo nos queda el consuelo de saber
lo que se habrá reído Peter
Jackson si ha podido colarse en
alguna sala de cine en medio de la promoción
de su King Kong
y piense lo que habría sucedido si
la obra de Tolkien hubiese
caído en manos de Andrew
Adamson y Disney.
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