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Estreno en Estados Unidos 09-12-2005 Estreno en España  07-12-2005
LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL LEÓN, LA BRUJA Y EL ARMARIO /
THE CHRONICLES OF NARNIA: THE LION, THE WITCH AND THE WARDROBE
Género: Fantasía / Aventura
País: Estados Unidos
Año: 2005
Duración: 140 mins.
Ficha técnica

Dirección - Andrew Adamson
Guión - Ann Peacock, Andrew Adamson, Christopher Markus y Stephen McFeely
Producción - Mark Johnson y Philip Steuer
Fotografía - Donald McAlpine
Música - Harry Gregson-Williams

Ficha artística

Georgie Henley - Lucy Pevensie
Skandar Keynes - Edmund Pevensie
William Moseley - Peter Pevensie
Anna Popplewell - Susan Pevensie
Tilda Swinton - Bruja Blanca
James McAvoy - Mr. Tumnus, el fauno
Jim Broadbent - Profesor Kirke

Comentarios

Dicen que C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien no sólo fueron contemporáneos sino también amigos y colaboradores. Quién sabe si alguna lluviosa tarde de otoño se sentaron juntos al abrigo de una taza de té (o de una pinta de cerveza) a intercambiar personajes y entremezclar el Mundo Medio con el mundo de Narnia, quizá incluso en el mismo pub al que años después acudiría también J.K. Rowling en busca de inspiración.

Y es que no hay duda de que las semejanzas entre ambos mundos son más que casuales. Sin embargo, aunque así hubiese sido, estaríamos hablando de literatura, de dos sagas que pese a sus claros denominadores comunes terminaron diferenciándose una de la otra tanto en estilo como en destino, es decir, el tipo de público al cual iban dirigidas. Ahora bien, en su traducción al lenguaje cinematográfico, esas diferencias empiezan a perderse, debido sobre todo a que en este caso la imaginación del espectador no es tan determinante como la del lector, no siendo posible acogerse a la objetividad del público para justificar unos parecidos nada razonables. Y es que se puede asegurar categóricamente que la versión de Andrew Adamson de Las Crónicas de Narnia: el León, la Bruja y el Armario no es más que una versión tontorrona e infantiloide de la trilogía de El Señor de los Anillos de Peter Jackson, eso sí, convenientemente aderezada con toques harrypotterianos, pues todo vale para conquistar la taquilla navideña.

Comencemos por el principio. Tras la escena introductoria, el cuarteto protagonista (niños, como no) viaja en un tren que recuerda ligeramente al expreso de Hogwarts hasta una estación donde va a recogerlos un ama de llaves que podría ser hermana de la profesora McGonnagall en un carromato idéntico al empleado por Gandalf al principio de La Comunidad del Anillo (2001) para conducirlos hasta una enorme casa, repleta de pasillos, escaleras, puertas, armaduras y cuadros al más puro estilo Hogwarts donde los espera un anciano aparentemente serio y temible pero en el fondo un buenazo pleno de sabiduría cuyo apellido no es Dumbledore pero podría serlo y en la que hallarán, en una habitación solitaria, un armario protegido por una sábana con propiedades mágicas, tal y como se encuentra el espejo de Oesed también mágico que Harry Potter encuentra en La Piedra Filosofal. Y esto sólo de entrada.

Una vez en Narnia conoceremos a un fauno cuya morada bien podría pertenecer a la Comarca, a una reina/ bruja interpretada por Tilda Swinton pero con el mismo asesor de imagen que Cate Blanchett en La Comunidad del Anillo y contemplaremos estupefactos como Papá Noel (¿¿??) entrega a los niños unos regalos en forma de armas y poción milagrosa que más adelante les resultarán indispensables, como los presentes que Galadriel hace a los miembros de la Comunidad del Anillo. Y eso por no mencionar la (aparente) muerte y posterior resurrección de un Gandalf que aquí tiene apariencia de león y que, como su homólogo en la trilogía de Jackson, aparecerá en la batalla portando refuerzos de última hora para intentar derrotar a un ejército del mal que hemos visto constituirse e una escena que parece extraída de las mismísimas minas de Gondor.

Y así hasta la saciedad.

Puestos a fantasear, podríamos albergar la posibilidad de que Lewis y Tolkien jugasen precisamente a eso, a construir dos historias semejantes pero destinadas a generaciones diferentes. Dos mundos paralelos de historias paralelas, uno dispuesto para atraer a adultos ávidos de emociones fuertes y otro para seducir a los pequeños que aún no ha perdido la inocencia. Sin embargo, tal excusa tampoco sería aceptable a la hora de ser transformada en película cinematográfica, en primer lugar porque Las Crónicas de Narnia: el León, la Bruja y el Armario, tanto por presupuesto como por pretensiones, no merece ser considerada tan sólo como una película infantil y segundo porque su director, Andrew Adamson, es el primero que no parece decidirse por el público al que quiere dirigirse.

Y es que como fábula infantil, la película está repleta de violencia y muerte y encierra unas moralejas muy poco convenientes (aunque la presentación de las mismas, de la mano de Disney, sea mucho más amable que las tan criticadas producciones Manga) como que la guerra es la única forma de que el bien venza al mal, sin importar que quien empuñen las espadas y arcos sean sólo unos niños, que la traición es fácilmente perdonable, con lo cual no pasa nada por ser malos de vez en cuando (incluso seremos recompensados con delicias turcas) y que el amor por los padres (que en la primera escena parece un valor incuestionable) es fácilmente olvidable.

Sin embargo, como película para adultos (obviando esas semejanzas anillosas que hemos ido detallando), la puesta en escena es lenta y torpe, la Reina Blanca no consigue inspirar temor alguno (la simple presencia de los niños en Narnia basta para menguar su poder) y la batalla final (único punto de interés de la película) es torpe y de escaso valor dramático.

Resulta ridículo que en un mundo tan aparentemente fantástico como es Narnia los verdaderos protagonistas no sean los faunos, los centauros o los minotauros (por nombrar algún ejemplo) sino simples animales comunes (un león, castores, lobos) que hablan y actúan como humanos, cual una simple cinta de dibujos animados de escasa imaginación. Además, Narnia se presenta como un lugar tan exageradamente fantástico, un sitio dónde realmente puede pasar de todo, que el ansia de descubrimientos inicial se diluye ante la falta de emoción, ya que cuando incluso la muerte es reversible, ¿qué se puede temer? Tanto es así, que a media película se pierde el interés por los personajes, da igual lo que suceda o deje de suceder y lo único que nos mantiene atentos a la pantalla es la curiosidad por ver hasta donde pueden llegar los millones gastados en efectos especiales que, estos sí, están a la altura de lo esperado. Tanto es así que ni siquiera se nos permite ver una simple gota de sangre en una película que, en el fondo, narra una guerra entre dos ejércitos (como si la falta de sangre la convirtiera en algo positivo a ojos de un niño).

Lo más decepcionante, quizá, es que no toda la película es así. El arranque (sobre todo el prólogo de Londres bombardeado) es prometedor y dramático, y las primeras apariciones de los pequeños (sobre los que destaca Georgie Henley con esos ojos hinópticos) amenazan con cautivarnos, ayudados por las estudiadas y bien diferenciada personalidades de cada uno de ellos –Peter encarna el peso de la responsabilidad, Susan a la prudencia, Lucy es la inocencia en estado puro y Edmund la traición- que parece augurar una tragedia que nunca llega. Pero a medida que pasan los minutos, tanto la historia como las interpretaciones (quizá por culpa de la completa difuminación de estas personalidades) se diluyen hasta ser un simple borrón, casi una sucesión de bostezos en espera al ansiado fin. Una vez en el meollo, los niños son totalmente simplones (Skandar Keynes está infinitamente mejor como cobarde y mezquino que una vez redimido) y los actores parecen estar de acampada, escapándose incluso alguna sonrisilla en los momentos supuestamente más dramáticos.

No todo es despreciable en la película, por supuesto, pues el dinero que ha costado bien tenía que ir a parar a algún sitio. La fotografía es espectacular y los efectos especiales sencillamente perfectos (incluso se habrían asegurado el Oscar cualquier año que no hubiesen tenido que competir con King Kong), pero eso es poco relleno para una historia que sobrepasa las dos horas y en la que aún estamos buscando al héroe al que admirar (Aragorn, ¿dónde te hallas?), una dama a la que enamorar o un malvado al que derrotar.

Carente de la posibilidad de emocionar (ni siquiera el saber qué pasará ayuda a mantener el interés, pues los resultados de la batalla se pueden ver desde hace tiempo en las diversas imágenes promocionales, lo que demuestra que ni siquiera productores o distribuidores se han tomado en serio la película), Las Crónicas de Narnia: el León, la Bruja y el Armario sólo puede agradar a espectadores cuyos niveles de exigencia sean realmente bajos. Demasiado poco para la parafernalia que rodea la película y que tiene su punto culminante en la escena final, en la que el profesor Kinke insinúa a Lucy (con otras palabras, claro está) que la secuela llegará en cuanto se confirmen los esperados resultados en taquilla.

Sólo nos queda el consuelo de saber lo que se habrá reído Peter Jackson si ha podido colarse en alguna sala de cine en medio de la promoción de su King Kong y piense lo que habría sucedido si la obra de Tolkien hubiese caído en manos de Andrew Adamson y Disney.

David Medina

 Web oficial  Tráiler en quedetrailers.com
Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario

La aclamada obra maestra cobra vida.

 

 

 

 

 




Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario

La malvada Bruja blanca interpretada por la actriz británica Tilda Swinton.


 

 

 

 

 

 



Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario

El rey de la selva ruge desde lo alto de una cima ¿a qué nos recuerda esta escena?

 

 

 

 

 

Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario

Varios miembros del elenco infantil protagonista.

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