Adaptar
un juego de ordenador al cine, que antaño
parecía un recurso desesperado ante
la escasez de buenos guiones (recuerden
la ridícula SuperMario
Bros, con Bob Hoskins
y John Leguizamo o la infumable
Street Fighter con
un Van Damme en plena decadencia)
se ha convertido hoy en día en una
peligrosa moda. No hay temporada de estrenos
que no disponga de un título de dicho
género (¡imagínense,
lo estoy considerando ya como un género
propio!) y por lo que parece, esto no ha
hecho más que empezar.
El problema es que salvo escasas excepciones
(la aceptable Resident
Evil y su secuela o la saga Tomb
Raider que, independientemente de
su calidad al menos resulta más cercana
al lenguaje cinematográfico que al
del videojuego), todo lo visto hasta la
fecha no son más que soberanas memeces,
como demuestra el estreno reciente de Doom.
La tontería que nos ocupa hoy nace
del empeño de un director, Uwe
Boll, en demostrar su pasión
por los videojuegos, a los que ya hizo un
flaco favor en la espantosa House
of the dead, con la que consigue sin
demasiada dificultad que esta Alone
in the dark parezca, por comparación
con aquella, una película de verdad.
¡Si hasta tiene actores conocidos!,
dirán algunos.
Lo más triste de todo es que la
película no empieza mal. La historia
(eso sí, muy pillada por los pelos)
tiene su gracia e incluso llega a enganchar
(Christian Slater interpreta
a un investigador paranormal con tintes
de Indiana Jones y ex miembro de
una agencia secreta gubernamental la cual
resulta estar detrás del meollo de
la historia y novio, además, de una
arqueóloga que trabaja sin saberlo
para el malo malísimo de la función).
Sin embargo, una vez presentados los personajes,
cuando se ponen todas las cartas sobre la
mesa, Boll pierde por completo
el control de la película. Los acontecimientos
se precipitan a partir de entonces sin orden
ni concierto, olvidándose por completo
de la coherencia y regalándonos un
cúmulo de imágenes confusas
y precipitadas que a lo único que
aspiran es ha hacernos perder el escaso
interés que tuviésemos por
el argumento.
No pienso desvelar aquí el final,
aunque tampoco hay nada que valga la pena
desvelar, pero les aseguro que me encantaría
que el guionista me invitase una noche a
cenar para detallarle una a una las infinitas
incoherencias y fallos argumentales que
existen en la historia. Y es que lo que
en principio era la mejor baza del film
(una historia más allá de
simples humanos matando bichos) se convierte
en una pesada losa cuando las situaciones
no se saben resolver con acierto y la trama
se pretende complicar tanto que nadie sabe
al final de que va. Y, para colmo, la escena
final invita descaradamente (Dios no lo
permita) a una próxima secuela.
Sálvese quien pueda.
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