Antes
que nada, habría que recordar que
Terror en la niebla
es un remake del clásico de 1980
de John Carpenter, siguiendo
la moda de revisar piezas de serie B como
Amityville,
La matanza de Texas,
etc. Así pues, tras este apunte,
parece lógico que la pregunta obligada
sea: ¿era necesario?
De acuerdo en que el presupuesto de aquella
primera película era casi irrisorio,
de acuerdo que la única cara reconocible
en el reparto era una jovencísima
Jamie Lee Curtis sumergida
en una carrera caracterizada por sus poderosas
cuerdas vocales (recuerden también
sus gritos en Halloween,
de nuevo de Carpenter),
y de acuerdo también que la película
de marras, aterradora en su época,
ha soportado muy mal el paso de los años.
Hoy en día, La
Niebla (que es el título de
la versión clásica) resulta
más cómica que terrorífica,
anticuada y poco sorprendente.
Así pues, parece claro que era
el momento de hacer una versión,
una adaptación a los tiempos que
corren, con un "bollycao" en el
casting para atraer al público femenino
y unos buenos sustos para atraer al masculino.
Sin embargo, una vez superadas las trabas
teóricas para aprobar esta película,
nos encontramos de bruces con la cruda realidad.
Terror en la niebla
es, sin ningún tipo de duda, un bodrio
infumable. Tom Welling
parece no saber que ya no está en
el set de Smallville,
pues se limita a repetir los gestos y muecas
que luce en la exitosa serie de TV, sin
asustarse, luchar o reflejar en ningún
momento la aterradora situación que
lo rodea. Las protagonistas femeninas son,
sencillamente, tontas del bote, abusando
de la clásica licencia de películas
de terror adolescentes de actuar siempre
de la forma más ilógica. Nada
de lo que hacen es coherente, igual que
carece de coherencia el ataque fantasmal,
que ni se entiende porqué viene ni
se explica porqué se va.
Si en películas de estas características
nada es lo que parece hasta llegar a la
conclusión del film, aquí
tampoco sabemos de que va la historia una
vez finalizados los títulos de crédito,
como si el director de hubiese dado cuenta
de repente de la duración del metraje
y hubiese decidido terminar de cualquier
manera.
La película, por tanto, no despierta
terror, ni siquiera intriga, y ninguno de
los personajes despiertan en el espectador
el más mínimo atisbo de simpatía.
Hay que reconocer, no obstante, que pese
a que la aparición de los fantasmas
no es nada del otro mundo (y recuerda sospechosamente
a los villanos de Piratas
el Caribe), las escenas en las que la
niebla comienza a acercarse a la costa son
espectaculares, como si lo único
verdaderamente trabajado en la película
fuese la fotografía. Nathan
Hope hace aquí un trabajo
excelente, haciéndonos creer, por
momentos, que estamos ante un buen trabajo
cinematográfico.
Pero mucho me temo que ello no es suficiente
para evitar que todos los responsables de
esta película sean atrapados por
su propia niebla y no se les vuelva a ver
por Hollywood en bastante tiempo.
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