La
saga de Destino
final nace en 2000 con una película
inteligente y trepidante, cargada de intriga
y angustia que con un presupuesto reducido
y sin ningún nombre importante en
su reparto logró cosechar un gran
éxito de público y crítica.
Esta que nos llega es la segunda secuela
realizada hasta la fecha (la primera data
de 2003, Destino
final 2), en la que además repite
el director de la misma, aunque quizá
habría que decir mejor remake que
secuela, ya que el argumento de ambas continuaciones
no es más que un calco de la original.
A saber: unos jóvenes escapan de
una muerte segura en un accidente mortal
gracias a una premonición de uno
de ellos y a partir de entonces todos comienzan
a morir siguiendo el mismo orden en el que
deberían haber fallecido en el accidente.
En la primera película fue en un
accidente aéreo. En la segunda, uno
de tráfico. Y ahora le llega el turno
a uno en una montaña rusa
A partir de ahí los guionistas
han tratado de introducir algún elemento
novedoso como para tratar de justificar
su sueldo, tales como convertir en posible
asesino a una de las víctimas o el
uso de unas fotografías digitales
tomadas la noche del accidente como pistas
sobre cómo se producirán las
futuras muertes (¿una intervención
divina para tratar de proteger a los protagonistas
u otra vuelta de tuerca del macabro juego
de la Muerte? Juzguen ustedes mismos).
Una vez dicho esto, permítanme
aclararles que la película me gustó
mucho. Pese al exceso de sangre, Destino
final 3 es un film de terror psicológico
capaz de mantenernos en vilo pese a que
sepamos de antemano lo que va a suceder.
El cúmulo de casualidades que provoca
los accidentes (desesperada búsqueda
de originalidad) logra crear una atmósfera
de angustia que rara vez consiguen crear
otras películas similares más
propensas a caer en el recurso fácil
de los sustos repentinos en medio de la
más absoluta oscuridad. Y es que
esa es una de las principales virtudes de
Destino final 3,
la iluminación. Todas las muertes,
sea en interior o exterior, de día
o de noche, se nos muestran con todo lujo
de detalles, sin tratar de engañar
al espectador con cosas que no son en absoluto
lo que parecen.
Cierto es que se pierde el factor sorpresa
(en secuencias como la de la montaña
rusa o el autoservicio del restaurante se
sabe de sobras lo que va a suceder), pero
es que por una vez, lo importante aquí
no es el qué, sino el cómo.
Y por eso, ese rizar el rizo en la cadena
de acontecimientos, aderezado con un humor
tremendamente negro que hace que dudemos
si los accidentes nos deben hacer reír
o temblar, convierte a Destino
final 3 en una película sumamente
entretenida, por más que los tópicos
juveniles sean los de siempre (chicas con
mucha más “pechonalidad”
que personalidad, protagonista que sabe
lo que está ocurriendo sin que nadie
la crea hasta que ya es tarde, chicos más
calientes que el palo de un churrero...),
por más que ya sepamos lo que va
a pasar de antemano (salvo alguna agradable
excepción), por más que los
actores no superen el aprobado justo y por
más que los intentos aislados de
ponerse serios (la conversación sobre
la muerte en el cementerio, la relación
truncada entre Kevin y su novia)
no terminen de convencer. Por más
que no sea, en el fondo, otra película
de terror adolescente más.
En resumen, sírvanse un barril
de coca cola bien fría, un contenedor
repleto de palomitas... y a disfrutar.
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