Lo
primero que el espectador advierte al ver
el trailer de la película o su carátula
en el cine es el nombre de Quentin
Tarantino. Pero, por el contrario
de lo que pueda parecer, Hostel
no es una película de Tarantino.
No lo es igual que Joe
contra el volcán (John Patrick
Shanley, 1990) o Nuestros
maravillosos aliados (Matthew Robbins,
1987) no eran películas de Spielberg,
no lo es como Rapa-Nui
(Kevin Reynolds, 1994) no era una película
de Kevin Costner y no lo
es como Don Juan
de Marco (Jeremy Leven, 1995) no
es una película de Coppola.
Y es que asociar una película con
el productor (generalmente mentor o padrino
del director) es, en muchas ocasiones, una
forma segura de garantizarse un éxito
imposible de otro modo. El problema surge
cuando el verdadero responsable de la función
(Eli Roth en este caso)
no está ni a la altura de los zapatos
del reclamo publicitario. Decididamente,
Roth no dirige como Tarantino,
pero tampoco crea historias, dibuja personajes
ni escribe diálogos como él.
Y lo peor de todo, no sabe lo más
mínimo sobre cómo llevar el
ritmo de la película.
La base argumental es buena. Dos jóvenes
americanos y un islandés recorren
Europa mochila en mano a la aventura (¿recuerdan
Un hombre lobo americano
en Londres?) tentados por los cantos
de sirena del sexo barato para sumergirse
sin poder evitarlo en un mundo de terror
y violencia que sólo puede desencadenar
en muerte. La cosa promete, y eso sin duda
debió ser lo que pensó Tarantino
cuando le engañaron para poner su
nombre y su dinero en el proyecto. Además,
en la campaña publicitaria y demás
actos promocionales se hablaba de escenas
de violencia nunca vistas hasta ahora, rozando
el gore, litro y litros de sangre y se avanzaban
escasas pero contundentes escenas oscuras
y hemofílicas que recordaban inevitablemente
a Saw
(James Wan, 2004). Pero nada más
lejos de la realidad.
El principal error de Roth
ha sido dividir el film es dos partes bien
diferenciadas. La primera pretende ser un
recorrido por la cara más sucia y
pervertida de la Europa central, describiéndola
como el paraíso de la droga y el
sexo pero limitándose a ofrecer escenas
de sexo absurdas y fuera de contexto en
lugar de aprovechar la excelente oportunidad
para hacer una denuncia en contra del turismo
sexual. Durante esta parte de la película
se supone que quedan presentados los personajes
protagonistas, tres jóvenes de dudosa
moralidad que difícilmente puedan
ganarse las simpatías del público
y mucho menos su identificación con
ellos. Además, no quedan definidos
en ningún momento (salvo los remordimientos
del protagonista por no haber salvado a
una niña que se ahogaba, detalle
que conocemos mediante una conversación
forzada que para nada venía a cuento).
La segunda parte, en la que el trío
ha desaparecido quedando sólo el
protagonista definitivo, contiene más
o menos lo que en verdad se esperaba de
la película, acción, suspense
y sangre, pero la escasa convicción
con que está narrada impide que todo
el realismo que se muestra en las escenas
de torturas no sean suficientes para dotar
de credibilidad al film.
Lo que sucede es que ambas partes están
demasiado diferenciadas ya que Roth
no ha intentado siquiera mezclarlas como
sucediera en Pulp
Fiction (Quentin Tarantino, 1994),
la mejor película de su mentor, o
en la primera Saw.
La parte más, digamos, sexual carece
totalmente de ritmo, es aburrida y desesperantemente
larga mientras que la parte final llega
demasiado tarde, es demasiado simplona y
no está a la altura de lo prometido.
Y es que un par de escenas de sadismo y
muchos litros de sangre no son suficientes
para sostener una de la películas
más aburridas y poco imaginativas
de los últimos años.
Lo curioso es que desde el punto de vista
visual los aciertos son totalmente inversos.
Está mucho más lograda la
primera parte en la que se nos muestra un
Ámsterdam gris y sucio perfectamente
acorde con la historia que la segunda, en
la que el abuso de la oscuridad y el deseo
de crear confusión no hace más
que emborronar la poca tensión que
se pudiese haber logrado.
En fin, que ni Tarantino
ni nada. Otro ejemplo más de que
no es oro todo lo que reluce ni sangre todo
lo que chorrea. Lenta para los amantes de
la acción, ridícula para los
que disfrutan con el gore, ofensiva e insoportable
para los que aman, simplemente, el buen
cine.
|